El mandatario le recordó a los agentes que no solo enfrentarán el delito en sus distintas formas, sino la tentación del delito al tratar con los delincuentes,...
Pretender transformar o modificar el marco normativo de la educación panameña debe tener bien definido propósitos, rutas, objetivos y temas sensitivos que deban ser reformulados o anexados, quizás, a lo ya vigente. Es cierto que el sistema educativo nuestro requiere de cambios urgentes, que mejoren la calidad en el proceso enseñanza-aprendizaje, que contemple posible extensión en horas de clases, implementar nuevas e innovadoras estrategias pedagógicas y metodológicas que respondan a necesidades y formas de lidiar con esta generación; construcción de nuevos y mejores planteles, dotar de presupuesto sólido al Ministerio de Educación, priorizar la atención gubernamental al tema educativo, transformar la currícula, ajustándola al contexto siglo XXI, donde la tecnología, visión clara del mundo y un norte bien definido, determinan el desarrollo social.
No obstante, debemos recordar que los cambios más que conceptuales deben ser mentales, procedimentales, actitudinales y en esa dirección integrar a toda la sociedad, pues esto va dirigido a todos, a cada hogar panameño donde exista un joven con la obligatoriedad de recibir educación en centros escolares, a cada panameño que participa de nuestras actividades socioeconómicas y culturales. Es decir, además de que esta transformación conlleve un enfoque centrado en el estudiante debe presentar “pertinencia social y contextualidad”, toda vez que se busca formar ciudadanos “comprometidos con su comunidad y con el desarrollo sostenible”.
El rediseño curricular no debe perder de vista los fines de la educación panameña, derechos y deberes, compromiso social, responsabilidad gubernamental, flexibilidad en el currículo, de manera que haya diversas dinámicas formativas y se logren aprendizajes significativos.
Asimismo, no se debe obviar una filosofía, como pilar subjetivo, que despierte el dinamismo, criticidad y participación juvenil, pues la juventud es el cimiento social que proyecta y refleja el futuro de una sociedad. Por tanto, “la educación no debe ser un reflejo necesario de los intereses y aspiraciones de un sector”; por el contrario, debe darse en este proceso una integración social con la participación de todos los sectores, nada de un Yo con Yo, como, por intereses mezquinos y propósitos suspicaces, se suelen hacer las cosas en el país.
Lo ideal, en este contexto, sería enmarcarnos un poco en lo que requiere y urge en Panamá. Somos un país fundamentalmente inserto en una economía terciaria que limita y permea hacia un solo sector; debemos sentar las bases para lograr profesionales y prototipos de ciudadanos más creativos, más innovadores y en la transformación se pueden consignar lineamientos en esa dirección.
Desde la lógica del “paradigma sociocrítico”, donde “la realidad social es un proceso dinámico y en constante construcción”, no debemos alejarnos de la comunidad, ver allí los factores que, por ejemplo, propician deserción escolar, abulia académica, el desgano y la irrelevancia de educarse frente a atractivos paradigmáticos desvirtuadores de los objetivos y fines de la educación. Es decir, situar el enfoque en todo nuestro tejido social y así objetivamente augurar resultados fácticos en este complejo y sistemático proceso de transformación.
Esperemos que, en el marco de este llamado a cambios y transformación por parte del Ministerio de Educación, no exista un propósito avieso y solapado de lesionar conquistas, vulnerar la estabilidad docente, aplicar modos sutiles de castigo a “docentes rebeldes”, propiciar exclusivamente mano de obra práctica para suplir las necesidades laborales de los empresarios y manejo político de los cambios. Señalamos esto puesto que, en nuestro país, prima el interés de esta índole por encima de verdaderos, sanos y prístinos intereses del ciudadano común.