El concepto del buen morir no puede quedar relegado a una mera gestión médica en la esfera privada, porque es tanto un derecho humano como un valor democrático. Esta premisa de la filosofía práctica garantiza un final digno para todo ser humano. Aquí es imperativo distinguir este ejercicio de reflexión política de la tesis del pensador camerunés Achille Mbembe (Necropolítica, 2011). Mientras que Mbembe describe la soberanía como el poder de dictar quién vive y quién muere bajo regímenes de desigualdad y excepción, la reivindicación del buen morir propone lo opuesto; la soberanía del individuo sobre su propia finitud.

En la modernidad tardía emerge un conflicto entre la narrativa científica, abanderada por el transhumanismo; y la narrativa humana, que es intrínsecamente política y moral. El transhumanismo nos seduce con la ilusión de una superación tecnológica de lo mortal y promueve una denominada mirada algorítmica del cuerpo, una racionalidad aséptica que ve la muerte como un simple error de programación. Como critica Mark Coeckelbergh (Ética de la inteligencia artificial, 2021), “la biología humana necesita rediseñarse y, argumentan algunos transhumanistas, ¿por qué no deshacernos de todas las partes biológicas y diseñar seres inteligentes no orgánicos?”. Esta visión tecnocientificista no solo pretende externalizar las decisiones morales a procesos algorítmicos, sino que erradicaría la fragilidad constitutiva de lo humano; ergo, se eclipsa el espacio político vital.

Frente a esta deshumanización, en la perspectiva humanística es menester reevaluar el telos de las ciencias médicas. Vale recordar que la medicina es un medio y no un fin en sí mismo. No puede entenderse como una carrera armamentística contra la finitud, sino como un instrumento ético al servicio del bienestar integral. En esta mediación, la presencia emocional del buen médico tiene que prevalecer sobre el rigor estrictamente procedimental. El médico que honra su vocación comprende que el paciente es el fin último, y que la técnica solo cobra sentido cuando se humaniza. El buen médico cura cuando la ciencia lo permite, pero sobre todo cuida, escucha y acompaña y demuestra que la empatía es una cualidad humana irreemplazable por cualquier inteligencia artificial. Como bien señala Adela Cortina (¿Para qué sirve realmente la ética? 2013), “el bien interno de la sanidad es el bien del paciente, aunque tenga que explicitarse a través de las diversas metas de la sanidad, que consisten en prevenir la enfermedad, cuidar, curar y ayudar a morir en paz”.

El buen morir reivindica la solidaridad como recordatorio político de que todos los seres vivos tenemos finitud. Entonces, tanto el buen nacer como el buen morir tienen que estar garantizados como parte de la vida humana. Morir con dignidad implica la mitigación del sufrimiento para vivir con serenidad los últimos días, se rechaza tanto el encarnizamiento terapéutico como la delegación del adiós a la frialdad de las máquinas. Aquí, los cuidados paliativos no son solo una opción clínica, sino una expresión de sabiduría práctica y virtud cívica que ningún algoritmo puede replicar.

La bioética o ética aplicada a la medicina se erige como un baluarte contra la hipercuantificación del sujeto. Esta cuestiona sin descanso los límites de la intervención artificial: ¿hasta qué punto la tecnología deja de servir a la vida para empezar a violentar la dignidad humana? Las democracias tienen la obligación de construir un marco moral robusto que proteja al paciente frente a la estandarización técnica. Esta deliberación política es fundamental para evitar que el ciudadano se convierta en un simple dato en un sistema de salud algorítmico que no alivia el sufrimiento.

El ascenso de la inteligencia artificial sitúa a los humanos frente a un espejo que refleja nuestras ambiciones y temores más profundos. Uno de ellos es superar la muerte para la regularización de algunos placeres. Si claudicamos ante la quimera transhumanista de una existencia sin fin, corremos el riesgo de vaciar de sentido nuestra propia humanidad, que se define precisamente por su finitud. La vida y la muerte no son ecuaciones que deban ser resueltas por un procesador, sino experiencias liminales que exigen el bálsamo del cuidado y la presencia del calor humano. Recuperar la narrativa humana es central porque implica girar hacia la fragilidad, se celebra al médico que consuela y se garantiza que la justicia democrática alcance tanto el clamor del nacimiento como el silencio de la muerte. Solo a través de esta reconciliación con nuestra finitud, se puede renovar la esperanza en nuestras instituciones políticas.

Nos enfrentamos, pues, a un desafío que toca los cimientos mismos de la vida. ¿Existe espacio para pensar en valores democráticos que atiendan la muerte en estos tiempos de aceleración tecnológica? La dignidad y la solidaridad como fenómenos relativos al buen morir no pueden ser interpretadas meramente como sentimientos volátiles, sino como derechos exigibles y protegidos. El derecho al buen morir no es una concesión, sino la última y más alta expresión de ciudadanía democrática que se precie de ser humana. Entonces, las democracias tienen que deliberar sobre aquellos valores democráticos que atienden nuestra fragilidad humana como un gran reto del siglo XXI.

* El autor es filósofo y miembro del Grupo de Investigación de Filosofía Politai
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