• 15/08/2026 00:00

Restaurar las cuencas: una respuesta natural a la crisis del agua

La crisis del agua ya no se explica solamente por cuánto llueve. Esto depende en dónde cae esa lluvia, cómo se infiltra la misma, la calidad qué conserva y el tiempo que estará disponible. Esto se está desmejorando debido al cambio climático (intensificación de las sequías, la concentración de periodos cortos de lluvias y aumento del riesgo de inundaciones). Las áreas costeras se afectan producto de la erosión, así como por el aumento del nivel del mar y la intrusión salina, situaciones desmejoran las fuentes hídricas superficiales y subterráneas, produciendo la reducción el agua apta para consumo humano y la agricultura.

Ante este escenario, el restaurar las cuencas hidrográficas representa el recuperar el territorio que capta, almacena y conduce el agua desde las partes altas de la cuenta hasta los ríos, acuíferos, humedales y las costas. Esto no sólo se trata simplemente de plantar árboles. Implica recuperar suelos, proteger nacientes, rehabilitar riberas, conservar humedales y ordenar los usos del suelo para que la cuenca vuelva a regular el agua con mayor eficacia.

Los bosques de galería cumplen una función directa. Son las franjas de vegetación que acompañan ríos y quebradas. Sus raíces estabilizan las riberas y reducen la erosión; la vegetación ayuda a filtrar sedimentos y contaminantes antes de que lleguen al cauce; además, conecta hábitats y funciona como corredor biológico. La sombra que proyectan sobre el agua también ayuda a moderar su temperatura, condición relevante para muchas especies acuáticas.

Los llamados bosques esponja actúan de otra manera. Son áreas forestales con suelos capaces de captar y retener parte de la lluvia. Esa agua se infiltra, disminuye la velocidad del escurrimiento y puede liberarse gradualmente, favoreciendo caudales más estables y la recarga de acuíferos. Su capacidad tiene límites y no sustituye obras de protección frente a inundaciones extremas, pero mejora la regulación hídrica cuando el suelo y la cobertura vegetal se mantienen en buenas condiciones.

La experiencia internacional muestra varias rutas. México, mediante la Comisión Nacional Forestal, ha desarrollado proyectos multianuales de restauración en cuencas y regiones estratégicas. Japón mantiene bosques de protección destinados, entre otras funciones, a asegurar recursos hídricos y reducir la pérdida de suelo. Corea del Sur incorporó desde hace décadas el concepto de bosques para conservación del agua dentro de su gestión forestal.

China llevó una lógica semejante al espacio urbano mediante las “ciudades esponja”, que combinan áreas verdes, humedales, superficies permeables y almacenamiento de lluvia para reducir inundaciones y aprovechar mejor el agua. Singapur naturalizó tramos del río Kallang en Bishan-Ang Mo Kio Park, sustituyendo un canal de concreto por un cauce integrado al parque y utilizando bioingeniería. En Europa, proyectos en el Danubio y otras cuencas están reconectando ríos con llanuras de inundación y restaurando humedales para recuperar almacenamiento natural y reducir riesgos.

Estas experiencias comparten una idea sencilla: gestionar agua requiere gestionar territorio. Para los gobiernos, eso supone incorporar restauración de cuencas, protección de riberas y conservación de zonas de recarga en la planificación pública y en los presupuestos. Para propietarios, productores y comunidades, significa evitar la degradación de nacientes, mantener vegetación ribereña y participar en programas de restauración.

También requiere medir resultados: cobertura recuperada, calidad del agua, infiltración, erosión y continuidad de caudales. Restaurar sin seguimiento puede producir intervenciones aisladas; restaurar con información permite corregir prioridades y sostener inversiones públicas.

La seguridad hídrica comienza mucho antes de abrir un grifo. Empieza en el suelo que absorbe lluvia, en el bosque que protege una ladera, en la ribera que permanece vegetada y en el humedal que almacena agua. Restaurar esos sistemas no elimina la crisis climática, pero fortalece nuestra capacidad para convivir con sequías, lluvias intensas y un litoral cada vez más expuesto.

* La autora es geógrafa y exministra de Ambiente
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