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- 13/09/2026 00:00
El empleo que unos necesitan y otros no pueden dejar...
Un gran amigo me escribió después de leer nuestra columna de la semana pasada. Su comentario me hizo pensar que, detrás de las cifras con las que solemos analizar el mercado laboral, existe una realidad mucho más profunda que pocas veces discutimos. Me contó que actualmente debe aportar más de 300 balboas mensuales de su salario para ayudar a sus padres jubilados a cubrir sus gastos. Ambos reciben una jubilación, pero el dinero simplemente no les alcanza.
Entre alimentación, servicios, necesidades cotidianas y medicamentos que deben consumir de manera permanente, la jubilación dejó de ser suficiente para garantizarles una vida tranquila y cuando algunos de esos medicamentos no están disponibles en la Caja de Seguro Social, la alternativa es comprarlos en una farmacia comercial, con un costo que termina saliendo del bolsillo de la familia.
La historia de mi amigo no es una excepción, es la historia de muchos hogares panameños. Aquí aparece una de esas paradojas que deberían obligarnos a mirar con mayor seriedad el futuro del país, hay jubilados que permanecen o regresan al mercado laboral porque no pueden vivir dignamente con su jubilación, mientras existen jóvenes desesperados por conseguir el empleo que muchos de ellos hoy ocupan. Entonces comienza una discusión que fácilmente puede convertirse en una guerra entre generaciones.
El joven reclama que necesita una oportunidad, mientras el jubilado responde que necesita seguir trabajando para sobrevivir. Ambos tienen razón, precisamente por eso el problema no puede resolverse enfrentándolos.
El verdadero responsable de esta contradicción no es el joven que busca su primer empleo, ni el adulto mayor que se resiste a abandonar el mercado laboral. El problema es un Estado que durante años no ha sido capaz de construir una política integral que permita que una persona pueda llegar a la jubilación con la tranquilidad de que no tendrá que seguir trabajando para honrar sus compromisos, mientras al mismo tiempo se garantice que las nuevas generaciones tengan verdaderas oportunidades para incorporarse al mercado laboral.
Tampoco podemos caer en la simplificación de decir que los adultos mayores están “ocupando” los puestos que deberían corresponderles a los jóvenes. Un trabajador que continúa laborando porque necesita ingresos no está robándole el empleo a nadie. Está intentando sostener su vida.
El problema es que hemos construido un mercado laboral pequeño, tan insuficiente y con tan pocas oportunidades nuevas que terminamos peleándonos por los puestos que ya existen. Aquí está, quizás, el verdadero problema político de fondo.
Estamos discutiendo cómo repartir los pocos puestos laborales que hoy tenemos, cuando deberíamos estar discutiendo cómo hacer que existan mayores oportunidades para todos. Esa realidad nos hace continuar sin responder la pregunta fundamental: ¿cómo hacemos para que Panamá genere suficientes empleos formales, productivos y sostenibles para que ambas generaciones puedan vivir con dignidad? Ese debería ser el verdadero debate. Necesitamos una política de Estado para el empleo y el retiro.
La jubilación no puede convertirse en una condena económica. Una persona que trabajó durante décadas, cotizó al sistema y cumplió con sus obligaciones, debería poder llegar a esa etapa de la vida sabiendo que podrá pagar su alimentación, sus servicios y sus medicamentos sin tener que extender permanentemente la mano a sus hijos.
Eso es lo que debería significar una política pública eficiente, no enfrentar generaciones, sino permitir que una generación pueda abrirle espacio a la siguiente sin condenarse a sí misma. Panamá no necesita escoger entre sus jóvenes y jubilados. Necesita generar las condiciones para ambos. El empleo hará libres a nuestros ciudadanos y solo una acertada política de Estado permitirá que esa libertad alcance a todas las generaciones.