• 11/02/2026 00:00

El natalicio del emperador Naruhito, la tradición histórica japonesa y el Istmo de Panamá

El 25 de abril de 1860, el Istmo de Panamá fue el escenario de un encuentro que sacudió la cotidianidad de sus habitantes. En aquella ciudad de apenas 10,000 personas, concentradas entre San Felipe y el arrabal de Santa Ana, el ferrocarril ya otorgaba un valor estratégico como ruta interoceánica. Aun así, la vida seguía siendo la de una ciudad tranquila donde rara vez ocurrían eventos diplomáticos como el que se vivió con la llegada de la Embajada japonesa.

Desde el día anterior, la bahía de Panamá estaba engalanada. Barcos militares, mercantes y de pasajeros lucían banderas de Estados Unidos y Japón en señal de respeto a la comitiva que viajaba a bordo de la fragata USS Powhatan, en ruta hacia Washington D.C. Llegaban tras un largo viaje por el Pacífico, en una época en que cruzar esas distancias implicaba riesgos reales y semanas de navegación.

Esa mañana, apenas despuntaba el alba, los cañones de las naves estadounidenses rugieron con salvas de honor al momento del desembarco, lo que hizo que la ciudad vibrara ante la potencia de los disparos. Mientras el ferrocarril esperaba con sus chimeneas de vapor, los 71 miembros de la embajada japonesa, vestidos con seda tradicional, descendieron para iniciar el cruce del Istmo.

En el muelle los aguardaba una comitiva de las autoridades de la ciudad de Panamá, que en ese entonces todavía era un departamento de Colombia. Junto a ellas se encontraba el cuerpo diplomático y destacados miembros de la sociedad panameña, además de una multitud de curiosos. Los embajadores principales portaban con orgullo sus dos espadas samurái, el daishō, símbolo de una estructura social que había durado siglos. Eran los enviados del shogun Tokugawa Iemochi y formaban la primera embajada oficial de un Japón que entonces permanecía cerrado al mundo.

Era un tiempo en el que no existía una red telegráfica internacional y las noticias viajaban al ritmo de los barcos. Aun así, la escala en Panamá apareció en detalle en los principales periódicos del mundo. Esta historia dejó huellas que hoy nos permiten revivir ese momento. Aquel grupo traía una curiosidad inmensa y para ellos el Istmo era una ventana a la Revolución Industrial y a la conexión del Pacífico con el Atlántico en cuestión de horas. En sus diarios registraron los rugidos del tren y dibujaron la vegetación del camino hacia Aspinwall, que hoy es la ciudad de Colón.

Hoy Japón vive la era Reiwa, que significa Hermosa Armonía, y es liderada por el emperador Naruhito. En el mes de su natalicio, la fecha se celebra como una conmemoración de la continuidad institucional. En Japón, el tiempo no se cuenta solo con calendarios, sino a través de la vida de sus emperadores. Ellos representan un tramo de la historia que empezó hace mucho y continuará en el futuro. Por eso, su natalicio es un eslabón que une el presente con un pasado de más de 2,600 años. Celebrar esta fecha es celebrar que la esencia del país sigue viva y conectada con sus raíces.

En ese espíritu, conviene leer la relación entre Panamá y Japón como una historia larga y no como una suma de fechas aisladas. En esa mirada amplia encaja el perfil académico del emperador, historiador formado en la Universidad de Oxford y especializado en el estudio científico del transporte fluvial. A su lado, la emperatriz Masako aporta una visión global profunda como exdiplomática graduada de Harvard. En 1860, el Ferrocarril de Panamá era la tecnología de punta del mundo, y hoy el Canal sigue siendo el eje de esa relación. Ese hilo conductor, la tecnología aplicada al paso de los océanos, hace que la especialidad del emperador Naruhito sea tan simbólica para nosotros.

Ese primer contacto fue la semilla de una alianza crecida durante generaciones. Para Japón, sus barcos, con nombres acompañados de la palabra ‘Maru’ como símbolo de protección y afecto, son esenciales para la vida y el comercio. Cuando un buque japonés cruza el Canal, evoca la herencia de sus tradiciones milenarias y las une con la ingeniería del siglo XXI, lo que mantiene vivo el vínculo entre el Trono del Crisantemo, símbolo de la Casa Imperial, y el corazón del Istmo.

*El autor es ingeniero
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