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Siempre se repite la misma frase cuando alguien quiere comprar un seguro, sea de automóvil, de vida o de cualquier tipo: es mejor tenerlo y no utilizarlo, que necesitarlo y no tenerlo. Una idea basada en la premisa lógica de prever para el futuro.
A medida que transcurren los eventos en el Medio Oriente y la “acción defensiva contra una amenaza inminente” —como ha sido descrita esta hostilidad por parte de Mike Johnson, speaker de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos— contra el país de los ayatolás, surge una verdad inquietante: de una forma u otra, todos estamos sufriendo las esquirlas de un conflicto que acontece a 14,000 kilómetros de Panamá. La época en la que las consecuencias de una guerra a medio mundo de distancia eran imperceptibles ha quedado atrás. Hoy, en nuestro mundo globalizado —donde las fronteras y distancias son conceptos cada vez más difusos—, nos vemos obligados junto a los demás países no productores de crudo a pagar los platos rotos.
Y cuando se utiliza la palabra “pagar”, la metáfora se vuelve dolorosamente literal. En esta era del petróleo, donde cada aspecto de nuestra cotidianidad está ligado a este recurso, cualquier acción que afecte la producción de este líquido oscuro y viscoso nos impacta directamente, ya sea en nuestra estructura social, política o en la todopoderosa economía. El aumento del precio del crudo Brent desde el inicio de las hostilidades abiertas ha superado el 50%, lo que ha significado para Panamá un incremento por litro de más de 35 centavos en el caso del diésel, encareciéndolo todo a su paso.
Ya los transportistas han puesto el grito en el cielo y han amenazado con paros y aumentos; al final, sabemos que será el ciudadano común —como siempre— quien tenga que hacer frente a estas realidades cada vez más complejas.
Es comprensible que nuestra economía se sacuda estrepitosamente ante este tipo de terremotos, debido a que no somos un país productor. Sin embargo, nuestro consumo de 7.3 millones de barriles mensuales —si agregamos el bunkering— hace que nuestra nación de 4.5 millones de habitantes tenga un consumo per cápita de 1.3 galones de petróleo por persona diariamente, una de las tasas más altas de la región. A pesar de la contundencia de estas cifras, la previsión ha sido la gran ausente en la agenda estatal.
Nuestra dependencia total del crudo no debe verse simplemente como una debilidad inevitable, sino como una realidad que exige estrategia e incluso oportunidades tanto por parte de los políticos como de la empresa privada. Pero las acciones de nuestros gobernantes a la hora de planear cómo enfrentar escenarios como el actual no han estado a la altura de esa realidad.
Países como Japón, referente en supervivencia energética, poseen una de las reservas más grandes del mundo (suficiente para 254 días); el uso de estas reservas les ha permitido estabilizar los precios internos y dar confianza a los mercados, un tema que el país nipón considera de seguridad nacional.
La ironía es evidente: Panamá tiene los tanques más grandes de la región, pero están vacíos de previsión. Contamos con la mayor capacidad de almacenamiento de Centroamérica y, aun así, no tenemos una sola gota de reserva estratégica ni planes para crearla. Resulta un despropósito que, pese a nuestro voraz consumo nacional, nuestra capacidad de procesamiento sea cero.
Al cerrar nuestra refinería en 2002, no solo perdimos una planta; perdimos la facultad de protegernos. Hoy enfrentamos las consecuencias de haber convertido lo que en su momento fue una de las infraestructuras de procesamiento más estratégicas de la región en un simple recuerdo histórico.
Sin embargo, ya no podemos llorar sobre la leche derramada. Hoy enfrentamos las consecuencias de la falta de previsión del pasado, de la falta de imaginación y liderazgo de políticos que han preferido resolver problemas sobre la marcha antes que considerar que el futuro no está garantizado para nadie. Lo que hoy funciona porque es lo más fácil no superará la prueba del tiempo cuando llegue la hora de la verdad.
Comprendo que la creación de infraestructuras de almacenamiento no es algo que se construya de la noche a la mañana. Es iluso exigir que se implemente una reserva estratégica panameña justamente en el epicentro de la crisis. Pero sería vital que, cuando hayamos superado esta situación —porque no tengo dudas de que lo haremos con ese idealismo irónico tan característico del panameño—, la seguridad energética se convierta en un tema central de la conversación política.
Un país que depende al 100% de decisiones y suministros extranjeros no puede considerarse plenamente soberano. Es imperativo encontrar la forma de enfrentar las próximas crisis sin tener que sentarnos simplemente a esperar la buena fe de algún líder extranjero.
*El autor es comunicador social y estudiante de derecho