• 07/08/2019 02:00

Escasez

‘Esta es una pobre tradición que requiere un proceso de transformación; una política de crecimiento próspero y planificación con metas verificables'

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Desde que tengo uso de razón y leo periódicos o escucho los noticieros radiofónicos (donde sobresalían aquellas voces del ‘Gordo' Fernández, Fonseca, Tuñón Herazo en RPC radio), me entero de los conflictos que surgen cuando llega la época de cosecha de varios productos agropecuarios como el arroz, papa, maíz y cebolla, o también la leche. Un círculo vicioso presente año tras año, sin solución.

Entonces, en esta etapa aparece la situación; alguna mano importa y hace circular la tesis que lo extraído de la tierra no alcanza para el consumo nacional. Surge repentinamente una escasez y cuando los compradores advierten que falta en las áreas expendedoras, claman para que aparezca. Es así que, por arte de birlibirloque aparecen doradas cebollas, enormes papas rosadas gringas o arroz blanquísimo con factura de calidad internacional.

Viene luego, la queja de productores que no alcanzaron a vender el esfuerzo de su trabajo en la tierra nacional. Comienza una contienda; discusión, siempre en desmedro de ellos porque deben vender sus quintales a un precio que no compite con lo que ya está en el mercado, importado a escondidas o con el supuesto argumento que la producción no satisfacía a los diferentes actores internos que deben hacerlo llegar a la ciudadanía.

Esto es un escenario muy deprimente para cualquiera que se ocupe de la tierra y quiera obtener de ella algún rubro necesario para la alimentación de la población. La agricultura panameña se comporta históricamente con unos modelos muy extraños. Siempre hay bajos saldos de determinados bienes agrícolas; por ejemplo, papas y cebollas, que hay en exceso en los países vecinos de Colombia y Costa Rica; pero las importamos de otros confines.

Veamos un Informe del Cierre del Año Agrícola del Ministerio de Desarrollo Agropecuario en el periodo 2013 al 2017. En el ciclo 2013-2014 la superficie cosechada de la actividad agrícola fue de 159,463 hectáreas; hubo un salto al cierre del siguiente año 2014-2015, cuando se llegó a 205,247 hectáreas. En 2015, 2016 bajó a 188,178 y en 2016-2017, 194,859.

Como se puede apreciar el alza del segundo momento fue de 128 % con relación al primero. Sin embargo, la tendencia no continuó porque al año siguiente hubo un decrecimiento de 28.7 %. Un año después, hubo un bajón de 8.31 %. Y en la última etapa, el aumento fue tan solo de 3.55 %. Si relacionamos las cifras de cada fase, no encontraremos una razón lógica que lo explique; tan solo la falta de planificación.

El arroz, maíz, papa y cebolla, al igual que la leche, ocupan un sitio central en la mesa y son base para otros procesos industriales. Comparemos la evolución de los cuatro primeros en los ciclos entre de 2010-2011 y 2016-2017. El arroz tuvo en los primeros años apuntados una producción de 6,063,159 quintales, de acuerdo a Estadísticas y Censo. En la segunda fecha, fue de 6,834,332, subió 12.7 % según el MIDA.

El maíz pasó de 1,297,614 quintales, a 1,975,956, el 52.2 %. La papa, de 333,138 a 463,818, el 39,2 % y la cebolla, de 207,876 quintales a 252,391, el 13.3%. Son indicadores que exponen un aumento apenas significativo en un lustro. En la evolución del conjunto de los rubros, percibimos en detalle el porqué del comportamiento del trabajo que se hace en el agro y donde no se aprecia en general tendencias hacia modificar los patrones.

Esta es una pobre tradición que requiere un proceso de transformación; una política de crecimiento próspero y planificación con metas verificables. Es un plan que va más allá de mecanizar el sector; que supone cambiar la mentalidad y crear nuevas competencias para dejar de hablar de los hombres de campo y convertirlos en actores agroindustriales. Requerimos este salto.

PERIODISTA

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