• 24/07/2026 15:29

Cuestionar los estigmas de la iglesia

Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.

Agrega La Estrella en Google ↗️

Va siendo tiempo de que la Iglesia Católica se sacuda ancestrales polillas, se comporte como un ente realmente moral, y tire por la borda algunos de sus más crasos errores y un número significativo de nefastos desatinos. Debe hacerlo a la luz de ciertas aberraciones históricas cometidas, tales como los miles de crímenes impunemente perpetrados en España y en América por la “Santa” Inquisición en tiempos medievales en nombre de la fe.

Los desmentidos que tanto la ciencia como el más elemental humanismo han hecho de algunos de sus dogmas más retrógrados es otra área gris en donde la Iglesia haría bien en permitir que entren la luz y un poco de aire puro. Me refiero no sólo a la anécdota del Jardín del Edén, en la que se basa toda la fábula creacionista, sino, más bien, a la supuesta “infalibilidad” del Papa: ¿Cuántas veces no se han equivocado, tanto en materia teológica –que a menudo no es más que una construcción humana– como en asuntos terrenales? Recordemos el tristemente célebre caso de Galileo, abjurando de su sabiduría por salvar la vida durante la Inquisición.

También son gravísimos desaciertos el impedimento de matrimonio para los sacerdotes; el estigma insostenible contra el divorcio, por más que éste se realice por causas ineludibles y por tanto justificables; y la prohibición a ultranza del aborto y la eutanasia. Los católicos del mundo ya estamos hartos de tanta irracionalidad e intolerancia que no miden consecuencias al observar con ojos miopes la inmensidad del bosque de la humanidad por estar contemplando la supuesta salvación del alma de algunos árboles venidos a menos.

Es preciso lavar en público los trapos sucios del autoritarismo recalcitrante, el encubrimiento y la hipocresía, poniendo finalmente a la sensatez en orden. Como sabemos, en el mundo hay gran cantidad de curas “célibes” que o son viciosamente pedófilos o afectos al dulce encanto de las faldas: y quienes no sólo no son castigados por las autoridades eclesiásticas por sus aberraciones, sino que para colmo suelen ser protegidos. El Vaticano lleva demasiado tiempo causando gran sufrimiento y angustia, inútilmente, a millones de buenos católicos por su pésimo manejo de estos temas vitales.

Cada vez son más los católicos que abandonan su religión: fieles creyentes que han venido luchando con dignidad por preservar su fe, pero doctrinalmente obstaculizados y acosados por sistemáticos empecinamientos rígidos y sometidos a ostracismos inmerecidos –se supone, por ejemplo, que los divorciados no pueden recibir la Comunión (muchos lo hacemos sin cargo de conciencia)–. Se trata de prohibiciones enervantes que, por supuesto, no vienen de Dios sino de caprichos inventados que pretenden hablar en Su nombre.

Si muchas de las historias narradas en el Nuevo Testamento años después de ocurridas, implican la más extraordinaria memoria y sapiencia de quienes fueron discípulos de Jesús o lo siguieron después sin haberlo conocido en persona (San Pablo, San Agustín), ¿qué duda cabe de que necesariamente tales hechos y enseñanzas son susceptibles de dudas razonables o, al menos, de interpretación?

Debemos, por tanto, tener esa libertad: la de pensar. Para eso nos dio Dios el intelecto. Cualquier persona inteligente sabe que muchas de las enseñanzas que de la Biblia se desprenden no dejan de ser formas alegóricas de proyectarlos moralmente en nuestra propia vida. Nada hay en ellos que sugiera las prohibiciones ridículas que la Iglesia nos impone. Aunque en la vida misma y en la religión la fe es la clave de esa enigmática facultad de ciegamente creer, nada nos impide razonar; incluso en asuntos de fe. Mucho más cuando los crímenes antiguos y los pecados recientes de la propia Iglesia se debaten más que nunca.

Piénsese –insisto– en tantos crímenes de lesa humanidad en nombre de la fe por la “Santa” Inquisición; en el comportamiento sexual aberrante de Alejandro VI – el Papa Borgia– (quien ejerció entre 1492 y 1503): cruel manipulador político y mujeriego a ultranza. Ambos estigmas resultado de momentos históricos de innegable sustrato sociopolítico y económico, cuyo eje fue la ambición del poder.

En cuanto a la absurda castidad exigida a los sacerdotes, no olvidemos que varios de los apóstoles eran casados y que sería muy difícil que el mismísimo Jesús no tuviera las tentaciones de rigor (Dios creó la naturaleza humana). Probablemente mantuvo una hermosa relación monógama con María Magdalena, la más fiel de sus discípulos; y, por qué no, hasta pudieron haber procreado. Junto con su naturaleza divina –que otras religiones cuestionan– Jesús era también un ser humano. ¿O acaso sólo en materia sexual no lo era? El obligado celibato de los curas no viene de Dios: fue instituido por el Vaticano en el siglo XVI en el Concilio de Trento.

Una Iglesia a menudo esclerótica, archimillonaria, huérfana de humanismo en los temas mencionados, no es lo que queremos hoy los verdaderos católicos. ¿Para qué una institución renuente al cambio, que poco tiene del espíritu de sacrificio de ese Jesús que no sólo abominó de los mercaderes en el templo, sino que terminó dando la vida por nosotros?

* El autor es escritor, profesor jubilado, promotor cultural y editor
Lo Nuevo