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- 29/06/2026 00:00
Estados Unidos de América: 250 años de historia por la libertad
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Agrega La Estrella en Google ↗️Cuando el próximo 4 de julio, los estadounidenses celebren el día de la independencia, conviene recordar que esa fecha conmemora más que el acto fundacional de los Estados Unidos de América. Ese día se celebra una experiencia colectiva que, alimentada por aventura, migración e iniciativa privada, construyó un modelo de prosperidad y libertad cuya eficacia ha sido probada a lo largo de dos siglos y medio.
La epopeya estadounidense nació en la incertidumbre y en la exploración: de los peregrinos que buscaron asilo religioso, de los comerciantes y expedicionarios que cartografiaron la Luisiana, de familias enteras que cruzaron praderas y desiertos en la conquista del Oeste. Es la historia de hombres y mujeres que llegaron sin nada y protegieron su derecho a la propiedad, al contrato y a la iniciativa. Esos principios económicos y jurídicos, -lejos de ser abstracciones-, fueron el cemento que permitió florecer los sueños de generaciones.
Decir que el capitalismo tuvo un papel central en esa trayectoria es reconocer la evidencia: la libertad económica, junto con reglas claras y competencia abierta, creó incentivos para que la creatividad se transformara en invención útil. La electricidad que iluminó ciudades, la telefonía que unió mercados, la aviación que acortó distancias, la informática que redefinió la economía y los avances biomédicos que salvaron vidas, surgieron en un ecosistema donde el capital privado, el riesgo empresarial y el apoyo a la ciencia convergieron. Ese dinamismo no solo elevó niveles de vida dentro de Estados Unidos, sino que proyectó beneficios globales y creó cadenas de valor que hoy sostienen industrias en todo el mundo.
El ¨sueño americano¨ fue la promesa de movilidad que atrajo olas migratorias diversas: europeos de múltiples orígenes, asiáticos, africanos esclavos y, en etapas posteriores, millones de hispanoamericanos. Ese crisol de razas no borró tensiones ni injusticias, pero desarrolló la fortaleza de comunidades que, con el paso del tiempo, fundaron ciudades, crearon empresas, escuelas y centros culturales. La contribución afrodescendiente, por ejemplo, se convirtió en pilar de la identidad nacional, -especialmente tras la abolición de la esclavitud-, y su influjo en la música, la ciencia y la política es innegable.
En lo económico, el motor del emprendimiento privado funcionó acompañado por una cultura filantrópica y por instituciones académicas que reinvirtieron el conocimiento. Universidades, laboratorios y fondos de inversión se convirtieron en semilleros de innovación; la conjunción de capital, mercado y talento demostró que la libertad, para intentar y fracasar, es la mejor incubadora del progreso sostenido.
En el escenario internacional, el liderazgo estadounidense fue decisivo en momentos clave. Su participación en las guerras mundiales y su iniciativa con el Plan Marshall, derrotaron totalitarismos y posibilitaron la reconstrucción europea tras el fin de la II Guerra Mundial. Hoy es razonable recordarle a Europa que gran parte de su libertad y prosperidad posterior, descansan en aquel impulso estadounidense.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos actuó como muro de contención frente al comunismo y frente a variantes colectivistas que, en muchos países, degeneraron en autoritarismo y miseria. En América Latina la experiencia es aleccionadora: donde el colectivismo y el populismo de extrema izquierda se impusieron sin contrapeso, las sociedades registraron retrocesos institucionales y económicos. Episodios oscuros como la persistente dictadura en Cuba, las guerras civiles en Centroamérica, o la violencia ligada a insurgencias en la región andina, ilustran el precio de clausurar libertades y mercados. Más recientemente, experiencias políticas de corte populista en Argentina, Ecuador o Nicaragua, y episodios de polarización en otros países, muestran que los riesgos persisten si no se consolidan instituciones democráticas liberales fuertes.
Hoy, el mundo también enfrenta la amenaza de regímenes autoritarios que cuestionan el orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial: el ascenso del régimen comunista chino, como potencia tecnológica y coercitiva, y la renovada agresividad del régimen ruso, -junto a otros regímenes antidemocráticos y organizaciones radicalizadas-, ponen en entredicho normas que han garantizado décadas de prosperidad y paz relativa. En ese escenario, la influencia estadounidense como garante del orden liberal, con aliados abiertos al mercado y la democracia, sigue siendo indispensable para frenar ambiciones que buscan desmantelar el sistema de libertades.
No se puede negar que Estados Unidos también cometió errores en su acción exterior, que exigen autocrítica y corrección. Sin embargo, la lección de estos 250 años es clara: la sociedad estadounidense ha prosperado promoviendo la iniciativa privada, protegiendo derechos y manteniendo frenos democráticos ante el colectivismo y el populismo demagógico.
Para Panamá, la relación con Estados Unidos ha sido rica, intensa y transformadora. Mucho antes de 1903, la presencia estadounidense en el istmo se manifestó en el ferrocarril interoceánico, en las rutas del ¨Gold Rush¨ o en la actividad comercial del Pacífico. En 1903, la influencia estadounidense fue un factor para la consolidación de nuestra independencia; luego, los tratados sobre el Canal, en los años setenta del siglo XX, que permitieron su reversión en 1999, y el apoyo a la restauración democrática en 1989, son hitos que ayudaron a moldear nuestro presente.
Cuando el próximo 4 de julio felicitemos a nuestros amigos estadounidenses, hagámoslo desde un nacionalismo constructivo y maduro que valora esa relación, -sin complejos-, con la voluntad de aprender de la historia, defender la democracia, promover la libertad individual y democrática, fortalecer la educación, el emprendimiento y las instituciones, para así cultivar, orientar y renovar esa alianza que ha aportado tanta estabilidad y progreso.