• 18/02/2015 01:00

Carnestolendas y espíritu festivo

‘La vida sigue su curso y lo que haya pasado queda en el recuerdo, ya sea grato o desagradable...’

La celebración de las festividades de carnaval tiene una particular forma de expresión en cada individuo. Es un sentimiento colectivo de participación que implica las más diversas maneras de motivación para el traslado, permanencia y presencia en sus diferentes lugares de manifestación. Cada quien le imprime su propia iniciativa y solos o grupalmente dan rienda suelta a cuatro días de juerga irrefrenable.

Y para el cumplimiento de estos propósitos, el panameño se sumerge en una cultura con un antes, durante y después de las fechas; todo depende de cómo el interesado enfrente la disposición que pone a su merced el mercado, adaptado a estas fiestas del desenfreno, el jolgorio y la pasión, según la preferencia de cada uno.

El comercio local, después de guardar los residuos del período navideño, abarrota anaqueles y vitrinas con toda la vestimenta y accesorios alusivos a la soleada temporada veraniega y a las jornadas de culecos. Los celebrantes se entusiasman y las finanzas, que aún no salen de la deflagración monetaria pascual, empiezan el ritmo de los gastos nuevos.

Para esto, las casas de empeño, las financieras y los comedidos prestamistas hindúes empiezan a hacer su agosto adelantado. Electrodomésticos, tabletas, prendas, y todo lo que acepten las fauces de los ‘Monte de Piedad’, como le llaman en México a este negocio de dejar en garantía un bien a cambio de dinero que se devolverá con ‘intereses’, a la brevedad, entra para garantizar el goce.

Ahora, ha surgido la práctica de vender sangre y los futuros oficiantes de Baco, se acercan a los bancos respectivos a buscar quien necesite para alguna operación o tratamiento y ofrecen por lo menos una pinta. Hay quien se sube a un bus, echa un cuento y saca dinero de los pasajeros u ofrece una canción acompañada con un instrumento o se dedica a vender caramelos o bombones.

También están quienes tienen la iniciativa de ocuparse de algunos oficios remunerados para ahorrar y contar con fondos que puedan sufragar la diversión. En ciertos restaurantes y tiendas, los jóvenes que trabajan por la paga de un par de meses, juntan unos dólares, renuncian en la víspera de los carnavales y viajan con amigos o a casa de familiares en provincia.

Alguien me contó que en Nueva York, se encuentran familias que dedican parte de sus salarios del año para hacer el traslado a Panamá en estas fechas. Hacen el recorrido y se van al festival afroantillano, igual que sus padres se instalaban en los alrededores del edificio La Magnolia en el barrio de San Miguel con toda la efervescencia de la comunidad negra residente en Estados Unidos de América.

Ese lugar es actualmente escenario de enfrentamientos violentos de bandas. Es mejor evitar los riesgos y el calipso, mambo, limbo y otras modalidades como el guaguancó o el ‘electric train’, deben mudarse a otros sitios más modernos, seguros, pero sin el ‘feeling’ (sentimiento) del barrio de Calidonia.

Cuando niño, en casa me pintaban con carbón unas patillas largas, cual pirata; un sombrero adecuado y los diablo fuertes con bastillas dobladas y era suficiente. A pocos se les ocurría aplicarse peróxido en el cabello para ‘agringarse’ y lucir como extranjeros. El éxito actual de los futbolistas ha entusiasmado a muchos a teñirse con todo tipo de colorines. Abundan además los ‘resbalosos’, gente que se disfraza de congos y baila y asusta para recoger dinero.

Cada quien arma su agenda, prolonga la diversión y trata de subsistir hasta hoy miércoles, cuando busca la expiación, a través de la señal en la frente y entonces cambia totalmente el panorama. La vida sigue su curso y lo que haya pasado queda en el recuerdo, ya sea grato o desagradable, según las experiencias vividas.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.

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