- 02/03/2026 00:00
Golpe a Irán, mensaje a América Latina y oportunidad para Panamá
Las recientes operaciones de Estados Unidos e Israel contra el tiránico régimen iraní, no representan una distracción geopolítica ni una desviación de prioridades hemisféricas. Estoy convencido que estas acciones están profundamente conectadas con la realidad latinoamericana y pueden generar efectos positivos y duraderos en nuestra región. Digo esto porque creo que lo que ocurre en Medio Oriente repercute también en América Latina. Se trata de frentes interconectados de una misma disputa global entre democracias y regímenes autoritarios. Cuando Estados Unidos actúa contra Irán, no está desviando su atención del continente americano, -clave en la política exterior de la administración Trump-; está atacando una de las fuentes financieras y logísticas que permiten la supervivencia de actores desestabilizadores en nuestra región.
Para entenderlo, hay que reconocer que el régimen iraní no opera de manera aislada. Su estructura de alianzas, redes de financiamiento y métodos de desestabilización atraviesan fronteras y han encontrado en Latinoamérica un terreno fértil gracias a la complicidad de gobiernos autoritarios, la debilidad institucional y la presencia histórica de redes de narcotráfico y contrabando. Por ejemplo, la influencia iraní en Venezuela, - hoy prácticamente eliminada-, así como su cooperación con las dictaduras de Cuba y Nicaragua, son elementos clave de su expansión geopolítica. Terminar con el andamiaje que sustenta al régimen en Teherán significaría debilitar a esas dictaduras que aún funcionan como nodos estratégicos en el hemisferio occidental.
Otro ejemplo evidente ha sido la presencia de células del Hezbollah en países como Venezuela, Bolivia y la triple frontera entre Brasil, Paraguay y Argentina. Estas redes, alimentadas por millones de dólares provenientes del narcotráfico, la trata de personas y el contrabando, han supuesto una amenaza directa para la seguridad hemisférica. El desmantelamiento del régimen en Irán golpearía también a estas estructuras que dependen de Teherán para entrenamiento, financiamiento y cobertura diplomática.
La llamada “flota fantasma” iraní, utilizada para eludir sanciones internacionales y transportar petróleo de manera clandestina, opera con apoyo logístico en puertos y territorios controlados o influenciados por gobiernos latinoamericanos aliados del régimen. El desmantelamiento de esta red clandestina no solo afecta las finanzas iraníes, sino que reduce la capacidad de maniobra de quienes, en nuestra región, se han enriquecido, por años, mediante negocios ilegales que socavan la estabilidad económica y política.
El impacto va aún más allá. Debilitar al régimen iraní significa también debilitar indirectamente a otros regímenes totalitarios, como el de Corea del Norte, aliado estratégico de Teherán en el intercambio de tecnología militar, misiles y programas nucleares. Cualquier retroceso en esa alianza envía un mensaje, contundente, a las dictaduras rusa y china: Estados Unidos está dispuesto a actuar, donde sea necesario, y no tolerará la expansión de regímenes que buscan erosionar el orden internacional. Sabemos que China, y en menor medida Rusia, han incrementado su presencia política, económica y militar en América Latina, aprovechando vacíos de poder y crisis internas. Una acción decisiva contra Irán puede frenar ese avance y reafirmar la importancia estratégica del continente dentro de la gran competencia global entre potencias.
Por otro lado, la inacción europea y la incapacidad de la ONU para responder de manera coherente a la amenaza iraní refuerzan, aún más, el papel de Estados Unidos como garante global. En ausencia de liderazgo multilateral genuino, Washington tiene mayor responsabilidad, - y también mayor motivación -, para sostener alianzas sólidas en América Latina y evitar que el autoritarismo avance sin consecuencias. Es aquí es donde Panamá debe mirarse con honestidad y visión estratégica.
Panamá no es un país cualquiera en el tablero mundial. Es el eje del comercio marítimo global, hogar del Canal que conecta dos océanos y dos hemisferios, sede de la flota mercante más grande del mundo bajo su pabellón y miembro no permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en 2026. Su lema nacional lo dice con precisión admirable: “Pro Mundi Beneficio”. Panamá existe, literalmente, para el beneficio del mundo.
Precisamente por eso, Panamá no puede darse el lujo de la ambigüedad. En un contexto donde las flotas fantasma evaden sanciones usando registros marítimos de países con marcos regulatorios débiles, donde el lavado de dinero de regímenes autoritarios circula por sistemas financieros regionales y donde la estabilidad del comercio global depende de que las rutas marítimas permanezcan libres y seguras, la neutralidad entendida como tibieza estratégica, no protege a nadie. Al contrario, expone.
Estados Unidos e Israel son aliados históricos de Panamá. Sus acciones actuales en defensa de la libertad, la democracia y la estabilidad internacional no son ajenas a los intereses panameños: son, en muchos sentidos, una defensa indirecta del modelo de país que Panamá representa y aspira a consolidar. Por ello, estas circunstancias deben ser una señal clara para que Panamá afiance, decididamente, su política exterior y de seguridad en torno a una relación estratégica más profunda con Washington y con Jerusalén, no solo en el plano bilateral, sino en cada foro multilateral donde tenga voz y voto.
En este nuevo contexto mundial, las neutralidades ambiguas no otorgan seguridad, no generan alianzas sólidas y no protegen los intereses vitales de un país cuya prosperidad depende del orden, la apertura y la estabilidad global. Panamá debe estar, con claridad, en el bando de la democracia y la libertad, porque ese es el único bando compatible con su vocación universal y con su papel, irreemplazable, en el mundo.