• 24/12/2013 01:00

Humanismo, humildad y grandeza

Un 28 de septiembre falleció el Lcdo. Guillermo Endara G., ex presidente de la República, que asumiera la Presidencia el 20 de Diciembre...

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Un 28 de septiembre falleció el Lcdo. Guillermo Endara G., ex presidente de la República, que asumiera la Presidencia el 20 de Diciembre de 1989 después de, y gracias a, la invasión de los E.U.A a Panamá, ejecutada para deponer del gobierno a una dictadura militar que los desafiaba, sojuzgaba al pueblo invadido e impedía que el Lcdo. Endara G. tomara posesión del cargo para el que había sido electo en las últimas elecciones celebradas antes de la invasión. La magnitud de los acontecimientos, y el grado de riesgo y sacrificio del presidente Endara en su lucha por la democracia, conduce siempre a reflexiones acerca de su perfil. Estas apreciaciones intentan abarcar sus virtudes, patriotismo, humanismo y las bondades de su actuación como conductor político y presidente constitucional de la nación panameña.

Dentro de este contexto muchos recuerdan, —además de su esmerada gestión de gobierno coordinada con excelentes colaboradores, y que fue una revelación— el salto cualitativo que dio, desde miembro de un partido político a candidato de una alianza contra el poder avasallante de la dictadura, y de candidato a presidente.

Los contemporáneos que lo trataron —cuando muchacho— nunca se imaginaron que aquel joven bonachón, complaciente, ingenuo y servicial llegaría a ser, además, un conductor de masas valiente; de acerado temple; clara inteligencia; con vocación de aplicar el bien por el bien mismo, y a convertirse en el símbolo de la lucha de la mayoría del pueblo panameño por rescatar la libertad, justicia y democracia conculcados por una dictadura instaurada en 1968 que duraba veintiún años cuando fue aniquilada.

Pero no solo se jugó el pellejo cuando se enfrentó al régimen dictatorial que negaba el triunfo electoral de su terna presidencial, sino que, como presidente, se empinó por sobre sus debilidades y carencias y se constituyó en estadista, al no solo enrumbar al país por la senda de la recuperación económica, sino también por las de la social, moral, política e institucional, para recuperar las bases de la democracia y para restañar y cicatrizar heridas. Eso solo lo hace gente de gran estatura moral que, siguiendo las enseñanzas de Cristo y los ejemplos del Mahatma Gandhi —como lo señalara uno de los expositores de su labor, durante el panegírico en el funeral de Estado—, perdonan a quienes le hacen daño y, a cambio, retribuyen los maltratos recibidos con bienestar espiritual, sin otro propósito que hacer el bien y que éste se difunda.

Sobre el particular es probable que, tal vez, para muchos de sus seguidores, compañeros, aliados y colaboradores, tal magnanimidad resultara incomprensible —porque los vejámenes sufridos por él y por las víctimas ameritaban una reparación, además de sanción y pena para los culpables— pero, para ‘Cuchungo Endara, el Pichulo’, con alma superior, era más imperioso: perdonar los agravios; solo castigar los delitos comunes; reconciliar un país; mejorar la calidad moral de sus coterráneos, y; establecer un horizonte común, aunque por ello fuera incomprendido. Con semejantes rasgos de nobleza, idealismo, estadismo y radiante humildad, alcanzó el umbral de la grandeza. Su mandato terminó en 1994, cuando empezó en Sudáfrica el de Mandela, prohombre de la humanidad.

Honrar, a quien se lo merece, honra. Su pueblo le rindió honores: asistiendo a la misa fúnebre —llamada de la Esperanza—, o al recorrido de la carroza del funeral bajo sol, lluvia, y sin almorzar; o atendiendo las transmisiones radiales y de televisión; o acompañando a la viuda y al nieto desde la Catedral Metropolitana hasta el sitio de cremación... paralizándose todo el país. Hay gestos que no se olvidan; tanto los que prodigó ese insigne patriota, como los que por sus merecimientos y valores se le reconozcan como preclaro motivador.

INGENIERO CIVIL Y EX SUBDIRECTOR DE LA AUTORIDAD PORTUARIA.

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