Las afectaciones, provocadas por lluvias inusuales y fuertes vientos que impactaron principalmente el norte y el centro del país, han dejado daños considerables...
La palabra indexar (de índice), de la cual proviene el título del presente artículo, se refiere a la práctica de establecer una relación dinámica y paralela entre las pensiones de jubilación y el índice del costo de la vida.
Una persona que se jubila aspira a que el acceso a ese derecho le permita preservar los logros alcanzados durante toda su vida laboral y, a partir de su retiro, transitar por un proceso de adaptación digno frente al creciente costo de la vida, y no experimentar un descenso dantesco hacia las profundidades de la pobreza. Para ese fin, las sociedades modernas, -aquellas que ofrecen justicia distributiva- acuden al expediente de establecer un índice de corrección paralelo entre la jubilación alcanzada y el costo siempre ascendente de la vida.
Los mecanismos son siempre escabrosos en una sociedad acostumbrada a negar derechos. Se trata de establecer periodos de revisión y recibir estadísticas confiables; pero es la dinámica de la vida y la lucha.
¿Es conveniente a una sociedad mantener el nivel de consumo de sus jubilados? Lógicamente en sociedades más desarrolladas que la nuestra como Japón, China o Escandinavia, los jubilados copan los viajes de turismo, las mesas de restaurantes y otras recreaciones, además de ser retaguardia efectiva de una juventud que no encuentra brechas para penetrar en el progreso personal necesario.
¿Sabrán las jóvenes generaciones que la presente ley del Seguro introduce un ahorro perverso? Este no genera incrementos en el patrimonio personal ahorrado y al alcanzar el retiro se establece un fondo de descuento de retiro progresivo de la cuenta personal, el cual al consumirse terminará mandando al pensionado a la calle, ya que los que tenía se consumen si el pensionado incurre en el “error” de vivir más allá de lo calculado por los actuarios.
Se trata de un plan de exterminio progresivo de determinadas capas sociales, formulado modernamente según el concepto actual de guerra genocida, en el cual no se extermina a la población sobrante mediante balas sino mediante pauperismo. Es tan macabro como una guerra con efusiones sanguíneas y traumas, pero lo es más porque es una muerte silente sin sangre. No obstante, la nueva forma de exterminio poblacional es tan merecedora de penalidades imprescriptibles como toda forma de genocidio, ya sea descarada o disimulada como la presente que se está generando en nuestra institución de Seguro Social. Los autores de este desaguisado no deberán escapar a la vindicta pública.