• 23/01/2026 00:00

La deshumanización silenciosa de la justicia

Se habla con frecuencia de la “parte humana de la justicia”, como si esta fuera un atributo accesorio o un valor agregado que puede incorporarse -o no- al momento de decidir una controversia judicial. Piero Calamandrei advertía en su Elogio de los jueces que el sentido de la justicia no es una destreza técnica, sino una virtud humana; una intuición que permite comprender los hechos y percibir dónde está la razón, del mismo modo que el oído permite sentir la música sin necesidad de dominar la técnica musical.

Pero, tras años de tránsito por los tribunales de justicia, tengo la sensación de que juzgar se ha ido convirtiendo en un ejercicio mecánico, un razonamiento más cercano al cálculo que a la comprensión, más procesal que sustancial, más atento a la corrección formal que a la justicia material, una frialdad comparable a la del médico que comunica al paciente una enfermedad mortal.

Para Robert Alexy, el discurso jurídico es solo un caso especial del discurso práctico general. Ello implica que la decisión judicial no puede reducirse a una simple operación lógica ni a la aplicación automática de reglas, sino que exige justificar racionalmente por qué, en un caso concreto, una determinada solución es correcta frente a las demás alternativas posibles. Y cuando esa justificación se reduce a la aplicación automática de la ley, se cumple la advertencia de Gustav Radbruch, quien, en el momento más crítico del derecho positivo, expresó que la aplicación lisa y llana de la ley puede constituir la más grande de las injusticias.

La decisión de un juez puede contener una operación lógica impecable, donde cada premisa encaja y cada conclusión se sigue con pulcritud matemática. Pero esa nitidez formal suele tener un costo alto, cuando se expulsa lo humano del razonamiento judicial. Conviene aclarar que no me refiero aquí al aspecto subjetivo del juzgador, ni siquiera a una falla argumentativa, sino de algo más grave, la falta de proyección práctica de la decisión en el conflicto humano que pretende resolver, justamente, a la dimensión a la que Robert Alexy alude cuando concibe el derecho como una forma de razón práctica.

El problema surge cuando la legalidad se absolutiza y la razón práctica desaparece y aunque el caso se despersonalice y la sentencia sea, desde el punto de la lógica formal, correcta, se vuelve distante, formalmente irreprochable, pero éticamente hueca. Así, la justicia pierde su rostro humano y con ello, también pierde su capacidad de reparar y de pacificar.

Ahora bien, soy del criterio que el dedo acusador no debe dirigirse hacia los jueces como individuos, sino hacia la inoperatividad del sistema. Los jueces suelen trabajar bajo la presión de las estadísticas y auditorías, la sobrecarga de causas, multiplicidad de audiencias, el miedo a apartarse de las formas consagradas y la comodidad del precedente aplicado sin contexto que terminan empujándolos a decidir en automático, a la defensiva y, en definitiva, de forma deshumanizada.

En ese contexto, la deshumanización del juzgar no necesariamente es el resultado de una falta de sensibilidad individual del juez, sino la consecuencia previsible de un sistema que prioriza lo cuantitativo por encima de la calidad de la decisión y su aptitud real para resolver el conflicto humano subyacente.

Mi opinión es que la eficiencia del sistema no debería medirse únicamente por la cantidad y velocidad de las decisiones de los jueces. Las estadísticas, si bien son importantes como herramientas de gestión, no pueden convertirse en el parámetro central de valoración del trabajo de un juzgador. Hay que recordar que el juzgador no solo tiene que cumplir con metas numéricas, sino también hacer justicia a las partes, una función que, por decir lo menos, resulta extraordinariamente compleja.

Humanizar la justicia, de ninguna manera, significa debilitar la ley ni sustituir la razón por la emoción. Significa, por el contrario, recuperar la razón práctica del derecho y asumir que toda decisión judicial es una elección que debe ser explicada, justificada y asumida. Mientras juzgar se reduzca a la mecánica de aplicar normas o reproducir precedentes, la justicia seguirá siendo formalmente correcta, pero humanamente insuficiente.

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