Los altos niveles de inteligencia y de talentos fuera de la media, han producido condiciones materiales e inmateriales que han transformado la historia. Suponemos que aquel o aquella que manipuló con éxito el fuego ocupó por jerarquía un lugar preferencial en la tribu. Conoció y dio a conocer el poder de forma clara y simple. Hubo asombro, miedo y desafío a lo incomprensible. De alguna manera después de largos y tortuosos ensayos y errores el fuego fue dominado y transmitido como lo fue la agricultura y la escritura. Nos adaptamos y vivimos para contarlo. No fue un hombre o mujer aislado al que le cayó la idea y el resto pues se dedicó a aplaudirla. Siempre crecimos en tribus, clanes o colectivos. Esas inteligencias privilegiadas fueron desarrolladas en esos contextos sociales. Mientras afuera crecía el mundo y se hacía más complejo, el cerebro maduraba, ganaba eficacia y eficiencia frente a la adversidad, la conformidad o la supervivencia. La interacción siempre fue la misma, lo que cambiaban eran los contextos geográficos, sociales y económicos (entre otros).

Esa interacción permite fundamentar en gran medida, porqué el ser humano es social por naturaleza, su núcleo familiar por intermedio de la madre hace posible que su fragilidad no sea una vulnerabilidad tal que le impida madurar el cerebro y operar inteligentemente en el mundo. A modo de ampliación: El homo sapiens no nace solo ni sobrevive solo. No hay forma de escribir, leer, hablar, pensar, protegerse ni sobrevivir solo. Se necesita interacción social así sea en su mínima expresión (donde estén dos o tres...) para aprender a aprender, madurar como sujeto, desarrollar el lenguaje o simplemente ser y estar en sociedad, que no es poca cosa. El caso extremo del niño lobo de Francia (Víctor de Aveyron) encontrado en el sur de Francia aproximadamente a finales del siglo XVIII ilustra de forma dramática las posibilidades de crecer silvestremente en la naturaleza. Posteriormente surgió la hipótesis de que el niño pudo haber sido un niño autista o con discapacidad intelectual abandonado por su familia debido a su condición. Hay que destacar que se le intervino terapéuticamente y mejoró en habilidades de auto cuidado y normas sociales básicas, pero nunca desarrolló un lenguaje hablado fluido y por simple deducción, suponemos que tampoco un comportamiento inteligente en referencia a la normativa contextual.

De un cerebro individual pasamos al colectivo. Aunque cada cual tenga el suyo encima de sus hombros y por ontogenia le corresponde su desarrollo individual como organismo, el resto de su presencia en el mundo para bien o para mal con sus matices incluidos, le pertenece a la filogenia o historia evolutiva de la especie humana. Afirmación apretada que nos indica que debemos ser más modestos cuando nos auto referimos como hechos solos y contra el mundo. El mito del héroe o del que se hace solo es un auto engaño, traducible en algunos contextos como la falacia o sesgo del superviviente. Mas que voluntarismo o individualismos somos negacionistas. Negamos el azar, contextos, narrativas culturales e ideológicas que inoculan lo que somos o lo que pretendemos ser. Somos biología sí, pero niños o personas en formación capaces de flexibilidad, auto conciencia y somos también el resto de lo mencionado, seres capaces de construir nuestra inteligencia en la interacción social que nos toca vivir.

Es paradójico y contradictorio que siendo la inteligencia un transversal y vector de utilidad suprema de forma individual y colectiva en toda la evolución de la humanidad, esta se vea reprimida, cancelada y discriminada cuando sobrepasa con creces la media. Como colectivo tememos a lo extraordinario, lo atípico, lo incomprensible, lo misterioso...

Sócrates, Giordano Bruno, Galileo Galilei, Alan Turing y Gandhi pensaron no solo de forma distinta, adelantados a su época o de manera incómoda para su entorno. Fueron demasiados inteligentes para no ser sospechosos de desafiar dogmas, jerarquías o costumbres y lo pagaron con cicuta, la hoguera, arresto domiciliario, exclusión social, y cárcel respectivamente.

Pero la sospecha persiste. La “cultura de la cancelación” —otro tema que he explorado— amplifica el sesgo. Exaltar la excelencia, en no pocos contextos (escuelas incluidas) se ve como discriminación. Algunos padres temen que un diagnóstico de superdotación se convierta en una etiqueta para sus hijos, por lo cual es comprensible que teman que su hijo(a) sea rechazado(a) socialmente. La miopía de algunas autoridades educativas/administrativas es tal, que no observan que la verdadera desigualdad es no atender al potencial desigual. Esos miopes ven la superdotación o las Altas Capacidades como un lujo de su poseedor(a) que no merece ser atendido(a) y que, en todo caso, para evitar mayores conflictos o incomodidades, mejor que se desarrolle silvestremente como el niño lobo de Francia (guardadas las distancias).

Es hora de rehabilitar la inteligencia de alta gama, limpiarla de toda sospecha de transgresiones por su sola presencia. Exigimos evaluaciones objetivas, intervenciones personalizadas y una verdadera educación inclusiva que acelere a los rápidos, profundos e incómodos, sin frenar a los demás. Panamá, con su historia de superación, puede liderar. Dejemos de sospechar de las mentes brillantes y empecemos a cultivarlas. El futuro nos lo agradecerá.

*El autor es magister altas capacidades y educación inclusiva
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