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Agrega La Estrella en Google ↗️A las seis de la mañana, el barrio despertó como cualquier otro día. Los primeros en levantarse fueron los pájaros, que en esta ciudad siempre cantan antes de que salga el sol. La señora que va a su trabajo camina por la acera recién saliendo de su casa, un taxi pasa a su lado con un toque de corneta, por si quiere montarse y que la lleve a su destino, en la otra acera un conductor revisa su vehículo antes de iniciar la jornada.
Los niños, aún con sueño, se preparaban para otro día de escuela. Uniformes planchados, mochilas listas y desayunos apresurados. Todo parecía normal, hasta que dejó de serlo.
La noticia llegó primero en forma de rumor en algunas cuentas de Instagram. Luego, una llamada de algunos vecinos a sus más cercanos. Más tarde, como un titular imposible de ignorar. Una niña no había llegado a clases. Lo que comenzó como una mañana cualquiera terminó convirtiéndose en uno de esos días que quedan grabados para siempre en la memoria de una comunidad, de una ciudad y de todo un país.
El barrio entero sintió un silencio extraño.
No porque faltaran los carros o las conversaciones. No porque las calles estuvieran vacías. El silencio venía de otro lugar. Era el peso de una pregunta que nadie quería formular, ¿cómo llegamos hasta aquí?
Las escuelas están hechas para enseñar matemáticas, historia y ciencias. Están hechas para hacer realidad los sueños, para las amistades y para los recreos. Ningún niño debería convertirse en noticia cuando su único destino era un salón de clases.
Sin embargo, cada vez que la violencia se abre paso entre nosotros, rompe algo más que la tranquilidad de una calle o una comunidad. Rompe la sensación de seguridad que sostiene a una sociedad, la confianza de los padres y la inocencia de quienes todavía creen que el mundo puede ser un lugar justo.
Lo más peligroso ocurre cuando dejamos de sorprendernos. Cuando las tragedias se vuelven parte del paisaje, las cifras sustituyen los nombres y una noticia desplaza a la otra y continuamos como si nada hubiera pasado. Porque la verdadera derrota de una sociedad no ocurre cuando aparece la violencia. Ocurre cuando la violencia deja de indignarnos, la justificamos e inclusive la normalizamos.
Hoy, hay un pupitre vacío. Hay compañeros que preguntan por qué su compañera no llegó a clases. Maestros buscando las palabras correctas para explicar lo inexplicable. Hay familias intentando comprender una ausencia que jamás debió existir. Y hay un país entero que debería detenerse un momento. No para buscar culpables en redes sociales, ni para convertir el dolor en espectáculo. No para discutir quién tiene la razón y menos señalar algún error. Sino para recordar algo esencial, cuando una niña no llega a clases por causa de la violencia, no fracasa solamente una familia. Fracasamos todos, por trillada que parezca la frase.
Porque el futuro de una nación no se mide únicamente por sus edificios o sus cifras económicas. También se mide por su capacidad de proteger a sus niños y cuando ellos dejan de estar seguros, ninguna sociedad puede decir que está verdaderamente en paz. Espero, con profundo dolor y tristeza, que sea la última vez que una niña deje de ir al colegio...