• 27/07/2026 01:50

La operación más sostenible es la que se conoce a sí misma

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Mientras muchas empresas compiten por anunciar primero su meta de cero emisiones o por instalar el panel solar más visible, la pregunta que de verdad define una operación eficiente en energía es más incómoda y mucho menos vistosa: ¿Sabemos realmente dónde y por qué consumimos lo que consumimos?

En Panamá esa pregunta no es teórica. Nuestra matriz depende fuertemente de la generación hídrica, y fenómenos como El Niño y La Niña convierten la energía en una variable estratégica, no en una línea más del presupuesto.

En un país tropical —y más aún en la producción de alimentos— el calor, el frío y sobre todo la humedad no son detalles ambientales: determinan la estabilidad del proceso y la calidad del producto. La energía es continuidad operativa, y en un clima cada vez más volátil, es también la base concreta de cualquier promesa de sostenibilidad.

Por eso, cuando pienso en eficiencia, no empiezo por la tecnología. Los paneles, los equipos nuevos y las auditorías suman, pero vienen después. Primero está conocer el proceso: entender dónde se consume energía, qué variables mueven ese consumo y qué decisiones lo cambian. Suena básico, pero sostener esa forma de trabajar exige disciplina.

En mi caso, la disciplina tiene raíces profundas. La aprendí de mi padre, Don Arturo Melo Sarasqueta (q.e.p.d.), quien repetía una idea sencilla y a la vez exigente: “si no mides lo que haces, nunca vas a saber si eres eficiente”.

Para él, hacer empresa en Panamá exigía método, rigor y visión de largo plazo. De ahí salen tres verbos que todavía guían nuestras operaciones: medir, mejorar y multiplicar. Internamente, los resumimos en las 3M.

Esa lógica se probó cuando las condiciones no estaban dadas. En los años setenta, una de nuestras operaciones no tenía suministro eléctrico continuo. Generar nuestra propia energía dejó de ser opción y se volvió necesidad: construimos una hidroeléctrica de pasada, nuestro primer gran hito energético.

Para hacerlo, trajimos a Larry Laune, un ingeniero estadounidense que había trabajado en Hoover Dam. No fue una apuesta tecnológica, fue una decisión de control sobre una variable crítica que entendíamos bien.

Esa misma lógica también guió decisiones más cotidianas. En plantas con alta demanda de refrigeración, la eficiencia no depende solo de alcanzar una temperatura, sino de controlar con precisión la humedad y el calor que obligan a los equipos a trabajar más. Por eso empezamos a mirar el aislamiento más allá de los cuartos fríos: si funcionaba allí, también podía aportar en techos y estructuras.

Al aplicarlo en nuestro edificio de oficinas, logramos ahorros alrededor de $30,000 en la factura eléctrica durante el primer año. No hubo una tecnología nueva detrás, sino la disposición de probar, medir y validar el resultado.

La eficiencia se logra en la operación diaria: cuando alguien detecta dónde se pierde energía, dónde un equipo trabaja de más o dónde un recurso se desperdicia. Cuando esas observaciones se escuchan y se premian, la mejora deja de ser una iniciativa aislada y se vuelve cultura.

Las tecnologías seguirán avanzando, y algunas nuevas formas de almacenamiento o transmisión más eficiente, cambiarán cómo producimos y distribuimos energía. Bienvenidas. Sin embargo, ninguna sustituye lo esencial y todas rinden más en manos de quien ya entiende su operación. La tecnología amplifica el criterio, no lo reemplaza.

Por eso desconfío de la idea de que la empresa más avanzada es la que adopta primero la última innovación. La diferencia real —la que sostiene la competitividad y también la sostenibilidad en un país como el nuestro— está en otro lado: la operación más eficiente y la más resiliente frente al clima no es la que tiene más tecnología, sino la que mejor se conoce a sí misma.

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