• 11/04/2026 00:00

La reinvención de lo humano

Las respuestas a la pregunta por la naturaleza humana han sido siempre esquivas, cuando no sospechosas. No queda margen ya para dudar de que el ser humano es el resultado de una larga evolución de la especie de los homínidos, si bien no se sabe hoy por qué las variantes distintas al Homo sapiens se extinguieron. El intento de responder a la pregunta por el éxito de este mamífero bípedo sin plumas no puede reducirse a una exploración de la biología, o la genética. Sabemos que se trata de un animal con ciertas características únicas. La pregunta es qué hace de este animal un ser humano.

La filosofía ha tratado de responder a esta pregunta una y otra vez. Aristóteles lo definió como “animal político” (zoon politikon), lo que básicamente pone el acento en su pertenencia a una ciudad (la polis), entendida como una comunidad política organizada por medio de instituciones y jerarquías, que cristalizan en un lenguaje propio.

La ciudad tiene como propósito el sentido más alto del bien común, dice el Estagirita. Cuando el texto completo de su tratado La Política fue redescubierto en el siglo XIII y traducido al latín, la definición del ser humano perdió el matiz de su original helénico.

El ser humano fue definido entonces como “animal social” (animalis socialis), lo que Tomás de Aquino y todos los que le siguieron interpretaron como un ser gregario. La diferencia respecto de otros animales que andaban en manadas era la conciencia moral (la sindéresis), que era un don de Dios, y que hacía que el ser humano siguiera el bien y rechazara el mal. El ser humano era entonces la creatura que representaba la perfección en la naturaleza y estaba, por tanto, aparte de ella y por encima, y el planeta tierra, su morada, era el centro del universo.

La ciencia demolería bien pronto estas pretensiones, pues sus procedimientos demostraron que la tierra giraba alrededor del sol y no al revés (Galileo), y que el bípedo sin alas no había sido creado tal cual, sino que había evolucionado a lo largo de cientos de miles de años, a partir de homínidos que compartían muchas de sus características. La lectura de Darwin nos dijo que el ser humano es una de tantas especies del mundo animal y que su supervivencia depende de su capacidad de adaptación, exactamente igual que el resto de las especies. Es un ser inteligente en la medida en que puede resolver problemas que su existencia le plantea.

Con frecuencia encontramos un movimiento pendular que, o construye el ser humano como el portador de la dignidad (Pico Della Mirandola), o bien lo describe como un ser mezquino y traicionero (Maquiavelo); a veces es el ser bueno y cooperador con sus pares (John Locke), y otras es el mayor depredador de los seres humanos (Hobbes: Homo lupus homini est). Esta dicotomía no es insuperable, pues podemos encontrar un fundamento común a estos extremos.

En este contexto, Spinoza ofrece algunas orientaciones básicas, que en nuestro presente adquieren una relevancia extraordinaria. Spinoza enseñó que el ser humano está siempre dentro de la naturaleza (o Dios, como solía decir en la Ética); que su libertad es un resultado, tan raro como difícil, cuando el pensamiento no aísla el alma del cuerpo, sino que la sitúa dentro de él; y que el uso de la razón no debe ser sobrevalorado, pues una amplia gama emociones que su cuerpo experimenta dominan sus acciones.

Tras una época de invenciones y descubrimientos gracias al avance de la ciencia, la historia de las ideas registra la obsesión de comparar el cuerpo humano con las máquinas, de entenderlo como una máquina. De ahí surge la reciente tendencia de pensar en la tecnología, no como una mera herramienta, sino como una manera de elevar y mejorar nuestras capacidades humanas, lo que incluye no solo nuestros cuerpos, sino también nuestras mentes.

En el siglo XXI se ha generado un movimiento científico y filosófico, llamado transhumanismo, que postula el deber de los seres humanos de usar todo dispositivo tecnológico que “mejore” las capacidades humanas. Desde esa perspectiva, la Inteligencia Artificial tiene un valor moral, pues su diseño y empleo está gobernado por valores y reglas morales.

No obstante, hay otra manera de concebir la relación entre humanos y dispositivos tecnocientíficos. Dada la enorme capacidad de estos aparatos de manejar volúmenes de información más allá de las capacidades humanas; dada la increíble velocidad con la que operan estos procesadores de información (música e imágenes incluidas); y dados los tiempos tan cortos en que se desarrollan y perfeccionan y se esperan obtener resultados más avanzados aún en 3 o 5 años, ha surgido la genuina preocupación de que no estamos ya frente a una herramienta al servicio de los seres humanos, sino de un “agente” no humano que tiene la capacidad de tomar decisiones propias y podría poner en peligro la sobrevivencia de los seres humanos en el planeta (Harari, Nexus 2024). Esto es el posthumanismo, un movimiento filosófico actualmente en plena efervescencia.

Las humanidades y las ciencias sociales están convocadas a hacer un frente común en defensa de lo humano y a incidir en la humanización de la tecnología. Se trata tanto de recuperar un sentido humanista frente a los excesos del tecnocapitalismo rampante, como de reinventar lo humano como una guía frente a transformaciones históricas que amenazan su porvenir.

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