La propuesta del Tribunal Electoral elimina el voto en plancha y permite el voto cruzado en circuitos plurinominales, abriendo el debate entre partidos...
Hubo un tiempo, no tan lejano en términos históricos, en el que la democracia parecía tener la inercia a favor. El Telón de Acero se corrió, el club democrático sumó miembros con una confianza casi triunfal y hasta el libre comercio recuperó su aura de herramienta civilizatoria. Kant, con su tesis de la paz democrática, volvió a sonar como profecía razonable. Incluso en los países que no lograron consolidar instituciones libres, el deseo de entrar en “Occidente” operó como brújula. Ucrania, Georgia y Kirguistán lo mostraron en la calle, a fuerza de protestas contra elecciones amañadas y élites depredadoras.
Esa etapa alimentó otra certeza cómoda, la idea de que la promoción occidental de la democracia, aunque torpe, era una presión constante, casi geológica, sobre los autoritarismos. Los gritos cada vez más estridentes sobre “revoluciones de colores” parecían delatar miedo. La Primavera Árabe, con todos sus resultados dispares, confirmó la intuición de que la sociedad podía romper el molde. Y en el inventario de esperanzas, aparecieron también China, Irán y Rusia. Se creyó que Xi Jinping podía ser un reformista; se imaginó que la protesta iraní de 2009 era un preludio; se interpretó el retorno de Putin al Kremlin como una decisión discutible, pero no como un cierre total del sistema.
La historia, sin embargo, se aceleró en sentido contrario. Los autoritarismos aprendieron, corrigieron y contraatacaron. El poder ya no solo se defendió, se volvió ofensivo. El repertorio se modernizó con una mezcla de leyes, burocracia y tecnología. Las ONG con financiamiento externo pasaron a ser “agentes extranjeros”, una etiqueta diseñada para convertir el disenso en traición. Las inspecciones fiscales y los tecnicismos administrativos se transformaron en armas selectivas para sacar de carrera a opositores, mientras el control de medios seguía siendo la columna vertebral del relato único. El autoritarismo panameño del paso firme solo replicó de quienes le compran la inteligencia para controlar las protestas sociales internas.
El golpe más inquietante llegó cuando los regímenes cerrados entendieron que podían usar las innovaciones de las sociedades libres para intervenir en ellas. La democracia, que antes irradiaba influencia, empezó a recibirla en forma de interferencia, desinformación y captura de élites. Y entonces apareció el espectáculo más cínico de esta época, líderes electos como Bukele o Traoré que elogian e imitan a autócratas después de endeudarse con préstamos millonarios del Partido Comunista Chino. No hay ironía más cruda que ver a un sistema que se legitima por el voto actuar como alumno aplicado de quienes desprecian el control ciudadano.
Pero desconfiar de la moda intelectual también es una obligación. Tan peligroso como haber proclamado “la era de la democracia” es decretar ahora “la era de la autocracia” como si fuera un destino. Los autoritarismos exhiben músculo, pero están atravesados por fragilidades. Pueden movilizar recursos para megaproyectos y al mismo tiempo pudrirse por corrupción, amiguismo y desmesura. Pueden durar más de lo esperado y, aun así, sufrir corridas repentinas en su propio banco político. La imagen de solidez es parte de la técnica: parecer invulnerables para que nadie intente empujarlos.
En este punto conviene detenerse en la pregunta incómoda, la que suele darse por obvia: qué es el autoritarismo. La respuesta simple empieza por un dato institucional: límites débiles o casi inexistentes al poder ejecutivo. El autoritarismo contemporáneo, además, aprendió a disfrazarse. Ya no gobierna sin pudor en nombre de unos pocos, sino con elecciones de utilería, parlamentos dóciles, constituciones con derechos nominales y oposiciones domesticadas. Es el gobierno de pocos en nombre de muchos, y ese “en nombre de” es el campo de batalla central.
No es de extrañar que el gobierno del paso firme se declaró abiertamente pro empresarial, pero continua asignando dinero a una descentralización paralela clientelista en selectos circuitos de Panamá.
Cuando se invoca a Amos Perlmutter y su definición del autoritarismo moderno, debemos analizar como se ha infiltrado la Cámara de Comercio en la actual gobernanza y está ejecutando sin un contrapeso democrático, un rescate macroeconómico en nombre de recuperar un grado de inversión que nuncó llegó. No es una equivalencia mecánica con un régimen policial, pero sí una advertencia sobre la captura del lenguaje público. El autoritarismo no siempre entra con botas; a veces entra con planillas Excel de las consultoras de gestíon, urgencias fabricadas y un consenso de élites que pide obediencia sin rendición de cuentas.
La dificultad de Juan José Linz para fijar una línea clara entre autoritarismo y totalitarismo también sigue siendo útil. Franco no era Hitler ni Stalin. Y sin embargo era una dictadura. Linz propuso una definición por contraste: sin una ideología total, sin movilización masiva constante, sin un centro único absolutamente concentrado. Lo definió por su “pluralismo limitado”. Ese concepto, incómodo y elástico, sirve para entender por qué tantos regímenes actuales parecen híbridos. Conservan espacios, pero solo los necesarios; permiten competencia, pero solo la controlable; toleran crítica, pero solo la irrelevante como está pasando actualmente en Panamá.
La pregunta que queda es que ¿si estos sistemas son tan eficaces, cómo se les empuja a la defensiva? La pista no está en una tipología perfecta, sino en identificar componentes, dimensiones, engranajes. En lo que hacen, en cómo se financian, en qué historias cuentan, en cómo controlan la vida cotidiana, y en qué mundo internacional los alimenta. Continuará