• 26/09/2026 00:00

Los ojos con los que vuelvo a mirar

Hay libros que uno lee una vez y hay libros que, muchos años después, vuelven a encontrarnos.

Cuando era niña, mi profesora de Literatura pidió a toda la clase que leyéramos El Principito. Recuerdo aquel libro entre mis manos: era delgado, de pocas páginas, con ilustraciones sencillas. Allí aparecían un niño, un aviador, un planeta, un cordero, un sombrero y una rosa. Lo leí rápidamente, como suelen leerse las historias cuando todavía no sabemos que algunas de ellas nos acompañarán siempre.

Al día siguiente, la profesora preguntó cuál era el tema principal de la obra y qué significaban sus símbolos. Mis compañeras respondieron o guardaron silencio, pero yo levanté la mano.

—Profesora, no entiendo de qué símbolos habla.

Para mí, el planeta era un planeta. El cordero un cordero. El aviador un aviador. La rosa una rosa. Entonces ella me hizo una invitación que, sin saberlo, llevaría conmigo durante décadas: —Vuelve a leerlo. Pero esta vez, léelo con los ojos del corazón.

Hoy, he vuelto a El Principito. Esta vez no pude recorrer sus páginas con los mismos ojos de aquella niña; lo escuché en un audiolibro, porque mi condición visual hace que la lectura convencional sea un poco difícil. Y ocurrió algo maravilloso: comprendí aquello que entonces no podía comprender. El libro no había cambiado. Había cambiado yo.

Aquellos símbolos que alguna vez me parecieron simplemente elementos de una historia comenzaron a hablarme de la vida, de los vínculos, de la responsabilidad, de la soledad, del amor, de la amistad y, sobre todo, de esa capacidad tan necesaria de mirar más allá de lo evidente.

Quizás por eso, cuando en mi trabajo surgió la oportunidad de acompañar a un compañero en un proceso para fortalecer algunas competencias, pensé en El Principito. Podría haber escogido Don Quijote, El diario de Ana Frank, El Alquimista o cualquiera de tantas obras que he leído. Pero escogí esta. No porque sea un libro infantil, sino precisamente porque parece infantil pero no lo es.

Hay libros que los niños pueden ver para entender, pero que los adultos necesitamos entender para ver.

Mi intención al proponerlo no es imponer una forma de aprender ni convertir una lectura en una obligación. Es ofrecer una oportunidad para detenernos, observarnos, descubrirnos, y quizá encontrar algo más profundo en ese recorrido.

Porque mientras pensaba que estaba buscando una herramienta para guiar a otra persona, comprendí que también estaba retomando mi propio camino.

A veces creemos que enseñar significa colocarnos delante de alguien para mostrarle una dirección. Sin embargo, hay ocasiones en las que, al acompañar a otro, terminamos encontrándonos nuevamente con nosotros mismos.

La propuesta de volver a El Principito abrió una puerta hacia una parte de mí que quizá había permanecido en silencio durante mucho tiempo: aquella niña que no entendía los símbolos, pero que ya tenía la inquietud de preguntar; aquella niña que necesitó que alguien le enseñara a mirar de otra manera.

Hoy entiendo que aprender no es solamente acumular conocimientos. Es transformar la manera en que observamos lo que ya conocemos.

La vida también funciona así. Volvemos a los mismos lugares, escuchamos las mismas palabras, encontramos personas parecidas y enfrentamos situaciones conocidas. Pero nosotros ya no somos los mismos. Y entonces descubrimos significados que antes no podíamos ver.

Tal vez ese sea uno de los aprendizajes más hermosos que me deja esta nueva escucha de El Principito: no siempre necesitamos algo nuevo para aprender; a veces necesitamos volver a mirar lo conocido con nuevos ojos.

Y así, mientras me preparo para guiar a alguien en su propio proceso de aprendizaje, descubro que también estoy recorriendo nuevamente el mío.

La profesora de Literatura tenía razón. Aquella niña necesitaba leer con los ojos del corazón. Y la mujer que soy hoy todavía está aprendiendo a hacerlo.

El 21 de septiembre el mundo celebra el Día Internacional de la Paz. Uno de los primeros peldaños para construirla es la empatía: la capacidad de ver el mundo con los ojos del corazón, comprendiendo las realidades, necesidades y sentimientos de quienes nos rodean. Cuando aprendemos a mirar más allá de nosotros mismos y reconocemos la dignidad de cada persona, sembramos las bases de una convivencia más respetuosa y solidaria. La paz se fortalece con cada acción, por pequeña que parezca, que contribuye a hacer de nuestro entorno un lugar mejor.

Con esta reflexión, pretendo aportar mi granito de arena a ese ideal compartido de convivencia, respeto y esperanza.

* La autora es abogada
Lo Nuevo