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Difícil agrupar en unos cuantos párrafos un homenaje, por sencillo que sea, a quien deja como legado una vida llena de virtudes, tanto en el ámbito personal como público.
En el caso de don Lucho Moreno el acervo de ejemplos es largo y polifacético. Destaco, especialmente, una vida plena sustentada en la educación, la honestidad y el compromiso.
Su ejemplo de superación, basado en la educación como pilar fundamental, lo condujo desde un hogar sencillo hasta los logros y éxitos más insospechados. Semejante devoción por la formación, asimilada desde muy temprano de fuente materna —doña Celinda Tejeira de Moreno, educadora consagrada— le acompañó durante toda su vida.
Otra columna esencial en su vida fue la honestidad, no solo como norte sino como práctica cotidiana, expresando esa coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace, constantemente. La sinceridad en su trato era sello distintivo de su personalidad.
Resalto otra de sus virtudes. Es común en nuestra sociedad que las mejores intenciones tengan vida de “llamada de capullo”, alta intensidad al principio y luego se consumen rápido. En su caso, cuando asumía un reto lo hacía con compromiso, le dedicaba empeño y fortaleza, más que una obligación era un llamado del deber, en su más elevado sentido.
Conocí a don Lucho en Penonomé durante mi temprana juventud, cuando mis padres me llevaban a las actividades de verano. Allí, solía estrechar la mano de aquel señor, amigo muy querido de los hermanos Quirós Guardia. Ataviado con un elegante montuno, destacaba siempre en el Tambor del Club de las Damas Unidas Penonomeñas, cargando una de las andas en las procesiones de Semana Santa o visitando la casa de las tías Julia y Cristina Quirós. No podía imaginar que, a lo largo de mi vida, me correspondería el honor de interactuar con él en distintas facetas, incluso con su hermano Rodrigo, caballero de la misma estirpe.
Muchos podrán ponderar sus aportes al sistema bancario panameño en diversos ámbitos; deseo recalcar su decidido apoyo al sector agropecuario. Sus raíces arraigadas en el interior del país y su conocimiento genuino del campo lo convirtieron en un promotor de ese sector, ya fuese desde la banca privada en el Chase Manhattan Bank o como gerente general del Banco Nacional de Panamá.
El carácter comprometido de Luis H. Moreno, al terminar su mandato como presidente de la Apede, lo llevó a darle vida a la Fundación Panameña de Ética y Civismo, para promover estos valores y formar conciencia ciudadana tanto en el sector público como en el privado. En este proyecto, que ha impactado positivamente a nuestro país en distintas etapas durante los últimos 27 años, lo acompañaron panameños como Ricardo Arias Calderón, Rosa María Britton, Fernando Manfredo, Eduardo Valdés Escoffery, R.P. Néstor Jaén, Roberto Motta A., Rolando de León, Enrique Illueca, Virginia Núñez de Alvarado y Raúl Orillac, entre otros.
En una ocasión leí de la pluma del profesor Dulio Arroyo Camacho, quien fue 12 años decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá, que aquellos que habían cumplido un servicio público debían dejar constancia escrita de los hechos que le correspondió vivir y de la labor realizada, así las presentes y futuras generaciones podrán beneficiarse de las experiencias relatadas.
El libro “De Macaracas a New York (memorias)”, escrito por Jorge Iván Mora, constituye un ejemplo extraordinario del cumplimiento de ese deber. En esta obra, el autor desdobla la vida de Luis Horacio Moreno Tejeira con un cuidado exquisito, fruto del acucioso archivo que don Lucho conservó. El texto no es solo es un recorrido biográfico, sino también un paseo por nuestra historia nacional, por nuestra geografía, por diversas culturas, por hitos relevantes del acontecer mundial y, al mismo tiempo, un catálogo de ejemplos de vida atesorados a lo largo de los años.
Fue el presidente de la República, Ramón Maximiliano Valdés (1916), quien dijo una frase a la que, ante la partida de don Lucho, podemos recurrir, “cuando mueren los panameños ilustres, la patria tiene un solo corazón para llorarlos”.