• 13/10/2026 00:00

Marcos Gregorio McGrath: un héroe olvidado

Vivimos en un país en donde convertimos en héroes a quienes no lo son, ignorando a otros que, por su humildad, nunca hicieron nada para que los reconocieran así. Ese el caso de Marcos Gregorio McGrath, quien llegó a ser arzobispo de Panamá, luego de ser obispo auxiliar de Panamá y primer obispo de Veraguas. Recuerdo a monseñor al llegar a Panamá. Dio en 1962 un sermón a los estudiantes graduados de La Salle. Nos llamó la atención que, por haber vivido tanto tiempo en Estados Unidos, tenía desafíos para expresarse con fluidez en español.

Siendo el primer obispo de Veraguas, McGrath impulsó un cristianismo más vinculado con el pueblo. Trajo a Panamá, ordenándolo aquí, al cura colombiano Héctor Gallego, cuya desaparición en manos de militares causó serios problemas al régimen de excepción que vivíamos. McGrath creó la Radio Veraguas, con la cual hizo que el mensaje de Cristo de justicia social se irradiara en toda la provincia a los más pobres y campesinos.

Le tocó vivir todo el periodo de la dictadura, en momentos en que los militares, para tratar de dividir a una Iglesia que cuestionaba sus métodos anti democráticos, propició a punta de prebendas a “curas torrijistas” que resentidamente se enfrentaban a la jerarquía eclesiástica. Esa división nunca prosperó, al igual no funcionó en Venezuela con Chávez.

Tras el golpe de Estado de 1968, diversos factores forzaron la renuncia del primer arzobispo nacido en Panamá, monseñor Tomás Alberto Clavel Méndez, motivando el ascenso de McGrath. El nuevo prelado supo dirigir el barco de la iglesia con dignidad y equilibrio, aunque algunos, como yo, quizás por no entender ese difícil rol, le exigíamos más dureza frente al régimen militar.

En 1971, McGrath tuvo una prueba de fuego con el asesinato del padre Gallego. Para investigar ese crimen, inicialmente el general Torrijos autorizó a su amigo el obispo de Veraguas, monseñor Legarra, para que la iglesia pudiera traer dos investigadores para determinar lo ocurrido con Gallego. Pero, al decidir el Estado Mayor que ello no convenía al régimen, Torrijos dejó en ascuas a su supuesto amigo Legarra. Los enfrentamientos generados por la muerte de Gallego hicieron mucho daño al proceso militar, ya que Torrijos pagó toda su vida por haber sido el encubridor de un crimen perpetrado por su propia gente. A ello se unieron las tensiones que se produjeron con los curas de la Arquidiócesis de Chicago que educaron política y socialmente a las parroquias creadas por ellos en lo que se convirtió el nuevo distrito de San Miguelito. A mediados de 1970, el régimen militar decidió no permitir la entrada de más sacerdotes gringos para San Miguelito. Les temían muchísimo. McGrath lideró en un tiempo con muchos peligros, que terminaría con la intervención norteamericana en diciembre de 1989. Estuvo trabajando hasta que una grave enfermedad lo llevó al retiro en 1994. Falleció a los 76 años en agosto de 2000.

A pesar del desprecio que la cúpula militar sentía contra quienes dirigían el clero panameño, McGrath jugó un papel destacado en la aprobación de los tratados sobre el Canal, labor que nunca ha sido debidamente reconocida en un país donde todo lo del Canal pareciera circunscribirse alrededor del general Torrijos. Debido a las tantas relaciones que tenía dentro de la jerarquía católica en Estados Unidos, MacGrath inició allá una peregrinación pidiéndole a sus colegas obispos que intentaran convencer a sus senadores de la justicia que se haría a Panamá al abrogar el tratado de 1903. Inclusive, dirigió una carta personal a cada uno de los senadores.

La hombría de bien y el sentido de justicia social de McGrath quedó demostrado al dar la homilía durante el funeral del general Torrijos en agosto de 1981, a pesar de que algunos de sus seguidores se oponían. McGrath, le reconoció al general Torrijos los valores de su gestión de 13 años al frente del Estado Panameño y el avance que se dio en el país con el ascenso de los más necesitados para una mejor educación, salud igual para todos y mejores viviendas al acceso de todos, así como el fortalecimiento de la clase media. Eso no implicó que todo lo hecho tuvo un precio muy alto, al impedir el desarrollo democrático del país que se vio estancado durante su autoritaria gestión.

Haría bien el gobierno nacional reconocer, a 26 años de su fallecimiento, el legado de este Siervo de Dios, que no solo le dio lustre a la Iglesia Panameña, sino también a la iglesia latinoamericana y mundial.

* El autor es analista político
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