Uno de los puntos clave mencionados fue la interacción de la APA con otras carteras del Estado para garantizar que los procedimientos se realicen en regla...
- 04/08/2014 02:00
A los 100 años de mi padre
Este 7 de agosto Guillermo Alberto Cochez Humbert hubiese llegado al centenario. Nació en Panamá; su madre Susana Humbert, de Cartagena, hija de suizo con colombiana, vivió parte de su vida allá, donde conoció a Teófilo Víctor Cochez, descendiente de franceses, contador de profesión; trabajó en la construcción del Canal. Se trasladaron a Panamá con su madre Asunción Victoria de Humbert y sus hermanos menores Federico y Margarita, después de Richa.
Willie, como le llamaban todos, acudió a la Escuela Secundaria de Balboa. Carecía de ese privilegio, pero una pariente casada con norteamericano sirvió de acudiente y le ayudó. El inglés se convirtió en su principal arma de trabajo, ya que solo llegó al III año de secundaria, trabajando toda su vida en bancos. Como cajero en el Royal Bank of Canadá; en el Chase Manhattan Bank, por 33 años, llegando a ser gerente de todas sus sucursales importantes. A su retiro de allí fue gerente general del Continental y del Transatlántico. Enchapado a la antigua; nunca usó calculadora para hacer sus operaciones matemáticas; como tampoco pedir nada a un cliente a cambio de ayudarlo.
Era un ferviente músico y su pasión por la música lo llevó a los 13 años a ser primer violín de la Sinfónica de Ricardo Sozaya. Mi abuela detestaba el instrumento, porque Willie se perdía en las fiestas donde lo requerían mucho, además por ser muy buen mozo. Fueron muchas las veladas que amenizó, llegando a tocar con los grupos musicales de Salvador Muñoz y Lucho Azcárraga. En Nochebuena, nosotros niños, junto con sus compadres Toño y Sofía Molino, recientemente fallecida, y mi hermano Ricardo, en sus pininos con el acordeón, tocaban y cantábamos villancicos a los enfermos del Santo Tomás y otros sitios, culminando en la Misa de Gallo de la Iglesia del Carmen.
Su vida fue dar siempre la mano a los demás. Amigo de los amigos y gran esposo, hijo y padre, Willie fue miembro del Club de Leones de Panamá, al que llegó a presidir, tocándole iniciar el Centro Vocacional de Chapala, una de las obras cumbres de ese club. Fue presidente de la Asociación Cristiana de Jóvenes de Panamá (YMCA) por siete años, colaboró muy estrechamente con la Asociación de Scouts de Panamá; fue tesorero de la Cruz Roja Nacional. Fue un propulsor de las buenas relaciones panameño-norteamericanas. Fanático de los Yankees.
Aunque no le atraía la política, siempre estuvo pendiente de mis andanzas. En 1965, cuando fui detenido junto con otros 24 demócratas cristianos por protestar contra el gobierno liberal de Marco Robles que perseguía a la dirigencia del PDC, fue al juicio que a las tres de la madrugada nos hicieron en el Juzgado Nocturno de Policía, al lado del Cuartel Central. Doce horas antes nos habían detenido. Al pasar los presos por las verjas que separaban el patio y el juzgado, me encontré un padre que solo preguntó: ‘¿Estás de acuerdo con lo que hiciste?’. Le dije que sí. Respondiéndome: ‘Entonces te apoyaré siempre’.
Murió en 1987, en la lucha final contra la dictadura, y muy afectado por todo lo que yo hacía. Dos días antes de su muerte, 9 de agosto, había presenciado por televisión el debate que realicé con Rigoberto Paredes (q.e.p.d) en la Iglesia San Gregorio en Brooklyn y eso lo afectó bastante, según me contó mi madre.
Willie era una persona campechana, pero muy directo. Humilde pero firme. Detestaba la corrupción y la trampa; eso lo heredamos sus hijos. Era muy trabajador, al igual que mi madre Doris Farrugia, con quien vivió 47 años de matrimonio y a quien conquistó con su violín, tocándole la clásica pieza del mexicano Manuel Ponce, Estrellita. Tanto en su funeral como en el de ella, 14 años después, la Estrellita volvió a alumbrar en su despedida. Como cuando la vio por primera vez, creyéndose un don Juan, y le dijo: ‘No me conoces, pero me voy a casar contigo’.
En su centenario levantamos nuestro sombrero y junto a mis hermanos Luis Ricardo, Raúl Federico y Doris María, damos las gracias a Dios por los tremendos padres que nos concedió; ejemplos perennes de nuestras vidas. Que ambos estén en la Gloria del Señor.
*UN HIJO AGRADECIDO.