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- 04/02/2015 01:01
Establecimientos de la muerte
El 70 aniversario de la entrada de las tropas soviéticas al campo de concentración de Auschwitz fue celebrado el miércoles 27 de enero. Este complejo fue instalado por el ejército alemán para el exterminio de la población judía y de contrarios al Gobierno nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En este planificado averno se dejó sin vida a un millón 300 mil personas, según las cifras recabadas por las fuerzas militares aliadas.
Tal deshumanizado establecimiento, construido en 1940 y cerrado en 1945, practicó múltiples y sistemáticas formas de aniquilamiento, en un principio solo ciudadanos de Polonia luego de su caída; pero varió el objeto de su desgarradora función hacia los enemigos del régimen germano. Primero, fueron internados aquí miembros de la resistencia e intelectuales; posteriormente, prisioneros de guerra, antisociales y homosexuales .
En 1973, durante la celebración de un festival de la juventud en la República Democrática de Alemania (RDA), tuve la oportunidad de visitar otro centro de internamiento situado en Oranienburgo, cercano a la ciudad capital de dicho país socialista, Berlín. Se trata de Sachsenhausen, convertido en museo para dar a conocer la realidad sobre el desenvolvimiento de estos lugares y el alcance de sus políticas contra la población interna.
Es impresionante desde la llegada. Se mira el obelisco de la entrada y surge la reflexión sobre el destino de los prisioneros que afectó todos los sentidos. Según los testimonios, el olor a carne humana quemada era la atmósfera que impregnaba desde la piel hasta las nubes sobre el perímetro de la instalación. Adentro, entre sus paredes, pasillos, subterráneos, se experimentaba todo tipo de actividades para prolongar el sufrimiento de las víctimas.
En cierta habitación se exhibe el cerro de dentaduras postizas y extraídas a la fuerza de las mandíbulas de sus moribundos dueños para aprovechar el oro. En otro sitio, las mesas, muestran lámparas con pantallas confeccionadas de piel humana; de los huesos de los difuntos, se hacían botones para las camisas.
La población se convirtió allí, además de fuerza bruta para el trabajo forzado gratuito, en conejillos de Indias para el pingüe negociado con los experimentos.
A pesar de que aquí la matanza encontró su escenario cotidiano con una tasa de muertes cercana a los 30 000 decesos, este ámbito tuvo diferencias con Auschwitz, que fue campo especializado en el exterminio. Mientras, en Sachsenhausen, se extraían conocimientos, materiales y bienes de los despojos en que se convirtieron sus huéspedes. Hubo también una relación entre ambos lugares, orientada a un industrioso proceso de falsificación de dinero.
De diferentes sitios análogos fueron escogidos prisioneros especializados en el diseño gráfico, la ilustración e impresión y se les destinó a Sachsenhausen. Allí se dedicaron con milimétrica exactitud a producir billetes de libras esterlinas que posteriormente fueron introducidos en el mercado con éxito y también dólares, que no se lograron distribuir y terminaron sumergidos en varios lagos y ríos.
La Operación Krüger produjo cerca de nueve millones de billetes por un valor de 650 millones en dólares de la época. Los obreros de tales faenas pudieron alargar su vida y al final, salvaron el ‘pellejo’ por la intervención de los ejércitos triunfadores de la guerra.
El panorama a siete décadas de la barbarie, parece no haber tomado lecciones de tamaña indolencia. Sucesos cruentos han revivido el holocausto con diferentes guerras civiles africanas, en las luchas del islamismo extremista; en los vuelos de la operación el Cóndor con gobiernos militares en América del Sur y recientemente con la carnicería en Ayotzinapa, México.
El humanismo debe afincar sus conceptos y bases ideológicas para que países, sociedades y grupos comprendan las infinitas posibilidades del valor de los individuos y la capacidad de construir un destino común, pero diferenciado, donde todos tengan su lugar tranquilo.
PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.