El público está acostumbrado a sentir el temblor que se esparce por las paredes de la Terminal Nacional del Transporte cuando llega un autobús procedente de provincias o de Centroamérica al estacionamiento situado en lo alto del inmueble. Por esa razón, quienes estaban en el lugar el pasado viernes a mediodía no encontraron raro cierto estremecimiento en el área, pero lo extraño fue que se hizo largo y empezó a sentirse más allá del edificio.

Algunos se miraron extrañados y comentaron que el movimiento se prolongaba en la acera y que aún en la calle se sentía, por lo que podría ser un sismo y habría que alejarse de la terminal. El rumor se expandía y el movimiento no cesaba en el suelo. Quienes esperaban el transporte y aquellos que caminaban en el área empezaron a alejarse hacia la vía. Ya había la convicción de que se trataba de un movimiento telúrico porque empezaron a sentirse ruidos de estructuras que chirriaban y golpes en las paredes. No era un temblor; del Centro Comercial Albrook empezaron a salir individuos despavoridos, tanto empleados de las tiendas, como clientes y turistas y se fueron uniendo a los que ya estaban en la calle entre las edificaciones. Algunas mujeres lloraban, otras daban gritos y el pánico fue agarrando a los miles de personas que no sabían qué hacer ante la situación presentada.

Algunos solo llamaban por celular y daban instrucciones de que los niños no salieran de casa; “que no vaya a la escuela y que se quede allí”, se escuchó. En un autobús, una señora invitó a los pasajeros a rezar y a dar gracias que todos allí estaban con vida: “Cerremos los ojos y demos gracias a Dios, porque todos estamos bien”. Los que estaban en el vehículo la escucharon, no todos le pusieron atención, mientras afuera seguía la conmoción.

En ciertas zonas, algunas entidades ya habían tomado decisiones. En la Ciudad del Saber, los colaboradores ya habían salido de las instalaciones y se encontraban en los jardines, igual sucedía en la Secretaría Nacional de Ciencias, Tecnología e Innovación (Senacyt). Ya habían empezado las réplicas (alcanzaron más de cien en 24 horas), de diferentes niveles de intensidad. Por otro lado, en los colegios se dieron instrucciones a los alumnos de desalojar los centros educativos.

Como todo el mundo procedió a movilizarse hacia sus casas y el servicio de metro se interrumpió, comenzaron a producirse tumultos, tranques en ciertas arterias y el flujo del tránsito se hizo pesado, lento y agotador. La distancia entre la Ciudad del Saber y la Terminal de Transporte en Albrook, que puede tomar unos veinte minutos en auto, le tardó a un autobús de la línea MiBus desde las 3:30 de la tarde hasta las 7:30 de la noche.

Ya, desde temprano se habían recogido las estadísticas y se hacía énfasis en la posibilidad de heridos y fallecidos, sobre todo por la intensidad del terremoto que había llegado a marcar 7.7 según el Servicio Geológico de los Estados Unidos y 7.2, de acuerdo al Instituto de Geociencias de Panamá. El epicentro se situó en la comunidad de La Pitaloza, cercana a
Tonosí en la provincia de Los Santos.

Se documentaron daños en 58 de los 82 distritos y se destacan unos 10 colapsos y más de 400 daños de edificaciones desde leves hasta severos en múltiples ciudades del país. Pero lo realmente extraordinario fue que no hubo durante las primeras 24 horas fallecidos, aunque sí se presentaron una treintena de heridos de diferente naturaleza.

A pesar de la información que circula y de los ejercicios contra siniestros en escuelas, empresas e instituciones −una enfermera comentaba que justo estaba en un entrenamiento con el Ministerio de Salud, cuando empezó el hecho telúrico−, mucha gente no conoce los protocolos ciudadanos que deben seguirse ante este tipo de circunstancia. En este caso, muchos atestaron las calles e impidieron que los servicios de emergencia (ambulancias, entre otros) trabajaran. Es necesario utilizar todas las variantes mediáticas para que la población conozca cómo se debe actuar ante emergencias iguales o semejantes y así mantener la estadística de cero muertes.

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