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- 13/09/2026 00:00
Pobreza infantil en Panamá: el país que estamos construyendo
Hay cifras que no podemos desconocer, porque detrás de ellas hay vidas, oportunidades perdidas y futuros que estamos dejando de construir. Un reciente reporte del Banco Mundial y UNICEF, elaborado con el Ministerio de Desarrollo Social, revela una realidad que Panamá no puede ignorar: uno de cada tres niños, niñas y adolescentes vive en pobreza monetaria: más de 482 mil menores de edad. Uno de cada seis vive en pobreza extrema.
Más que preguntarnos qué está fallando en las políticas sociales, debemos mirar hacia el futuro y preguntarnos: ¿qué significa para Panamá que uno de cada tres niños crezca hoy en pobreza? La respuesta nos obliga a mirar más allá del ingreso familiar.
Uno de los mayores aportes del estudio es que permite observar la pobreza infantil con un nivel de detalle territorial que hasta ahora no teníamos: provincias, distritos y corregimientos. Y al hacerlo aparece un Panamá profundamente desigual.
Mientras en provincias como Panamá Oeste y Los Santos la pobreza infantil es inferior al 20 %, en las comarcas indígenas supera el 80 %. En Ngäbe-Buglé, más del 90 % de la niñez vive en pobreza. Incluso dentro de una misma provincia las diferencias son enormes: en Veraguas, por ejemplo, la incidencia supera el 16 % en Santiago, mientras alcanza el 79 % en Santa Fe.
Estos datos deberían cambiar nuestra manera de entender el problema. No todos los niños panameños tienen las mismas oportunidades de escapar de la pobreza.
El lugar donde un niño nace y crece puede determinar sus posibilidades de acceder a una buena alimentación, agua potable, saneamiento, educación de calidad, servicios de salud, estimulación temprana, conectividad, transporte y, posteriormente, a un empleo digno. Por eso, hablar de pobreza infantil es hablar también de desigualdad de oportunidades.
El informe muestra que la pobreza infantil está estrechamente relacionada con las oportunidades educativas y laborales de los hogares. Seis de cada diez jefes de hogares pobres con niños alcanzan como máximo la educación primaria y tres de cada diez no participan del mercado laboral.
Estas condiciones dificultan garantizar alimentación, atención de salud, educación inicial y un entorno adecuado para el desarrollo. Los niños llegan a la escuela con desventajas que, si no son compensadas, pueden traducirse en menor aprendizaje, abandono escolar y menores oportunidades laborales en la adultez. Así, la pobreza de una generación puede reproducirse en la siguiente, comprometiendo el capital humano que Panamá necesitará mañana.
La pobreza infantil es frecuente en los hogares numerosos y durante la primera infancia, desde el nacimiento hasta los seis años. En los primeros años se construyen capacidades fundamentales para aprender, relacionarse, desarrollarse y participar de manera productiva en la sociedad.
Por eso, invertir en la primera infancia no debe considerarse solamente una política social, sino una política de desarrollo nacional. Garantizar alimentación y nutrición, controles de salud, vacunación, estimulación temprana, educación inicial, agua segura, saneamiento y protección frente a la violencia y otras vulnerabilidades son condiciones esenciales para que cada niño tenga una oportunidad de desarrollar plenamente su potencial.
El reporte plantea cuatro líneas de acción que merecen ser tomadas muy en serio: mejorar la eficiencia y el impacto de las transferencias sociales; concentrar inversiones en los territorios con mayor pobreza infantil; promover la inclusión económica de los hogares; y ampliar los servicios de desarrollo infantil temprano.
Panamá necesita dejar de aplicar soluciones iguales a realidades profundamente diferentes. Cuando la pobreza infantil supera el 80% en las comarcas indígenas, no podemos pretender resolverla con la misma combinación de programas utilizada en un corregimiento urbano. Las enormes diferencias territoriales exigen políticas diferenciadas según las necesidades de cada población.
Además, estas políticas deben ser integrales: un niño pobre necesita mucho más que una transferencia monetaria; requiere alimentación, salud, educación, agua, saneamiento, vivienda digna, protección y una familia con oportunidades reales de generar ingresos. Por ello, combatir la pobreza infantil debe convertirse en una prioridad nacional y política de Estado.
El país que estamos construyendo
Panamá ha experimentado crecimiento económico y mejoras en las condiciones de vida. Sin embargo, ese progreso no ha llegado de la misma manera a los territorios ni hogares, y la pobreza infantil continúa siendo un desafío desigual.
Un país no se mide solamente por el tamaño de su economía, sus megaproyectos o sus indicadores macroeconómicos. También se mide por las oportunidades que ofrece a cada niño. Si ese niño puede crecer sano, aprender, desarrollar sus capacidades y aspirar a un trabajo digno, Panamá estará construyendo futuro. Si, por el contrario, su lugar de nacimiento condiciona sus oportunidades y aumenta el riesgo de reproducir la pobreza, estaremos heredando una desigualdad que terminará afectándonos a todos.
El reporte del Banco Mundial y UNICEF nos entrega los datos. Corresponde a Panamá convertirlos en decisiones. Reducir la pobreza infantil no es ayudar a los pobres de hoy: es evitar que fabriquemos los pobres de mañana.