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La visión de la universidad de hoy es muy diferente a la del S. XX, por semejantes que sean algunas de sus estructuras y normas. Ya no debe entenderse como la universidad transmisora del conocimiento. Debe ser pensada como una institución que produce, cuestiona, difunde, aplica y reorganiza el pensamiento científico y tecnológico al servicio de nuestras sociedades. Es decir, es un paradigma disruptivo que se interesa por su entorno, la ética, la inclusión y el rigor científico de los saberes.
Los rápidos cambios experimentados por el conocimiento, las tecnologías y las innovaciones hacen que las universidades se propongan cambios sistémicos en su organización y funcionamiento, que permitan acoplarlas a la realidad existente en sus entornos. Nuevas expectativas y desafíos se ciernen sobre las instituciones universitarias ante el cambiante mundo de la tecnología digital y la innovación, particularmente, la Inteligencia Artificial (IA). Esa misma situación convierte a las universidades, en general, en el epicentro de fuertes cuestionamientos por parte de intelectuales, políticos, investigadores y los profesionales, frente al reconocido rezago de estas organizaciones.
Estos desafíos se suman a la superación de los efectos negativos de la pandemia COVID-19, la desigualdad socioeconómica de los países de ALC y la urgencia de incrementar la productividad en toda la región. Por ello, las universidades hacia el futuro deberán trabajar en una estrategia integral que articule la calidad, la pertinencia, la utilización intensiva de las tecnologías digitales en los sistemas educativos, las alianzas estratégicas con las empresas, las agencias que promueven la investigación y la innovación, creando un triángulo virtuoso de la educación como motor del crecimiento, la competitividad económica, el desarrollo humano sostenible y el apoyo al sistema de I+D+I.
Aún quedan temas importantes pendientes, que los países deben abordar que representan retos para las universidades del S. XXI, como son: la limitada inversión nacional en materia de ciencia, tecnología e innovación; la insuficiente relación entre universidad, empresa y responsabilidad social; las profundas brechas socio económicas territoriales; las limitaciones de convertir los resultados de la investigación y la innovación en políticas públicas sostenibles; sistemas universitarios que no se actualizan, evalúan y acreditan para la mejora continua.
De ahí que las universidades tienen tareas urgentes por realizar, como son: nuevas modalidades de carreras y programas académicos híbridos; internacionalización, microcredenciales; educación continua, formación basada en competencias, evaluación por resultados, acreditación transnacional, empleabilidad, innovación, integración de la IA, gobernanza digital y estratégica, uso de un lenguaje común frente a la heterogeneidad institucional y una gestión eficaz.
De ese modo, las prioridades universitarias se orientan hacia: mejorar la calidad de la formación, reducir las barreras de acceso e inclusión de los grupos vulnerables; colaborar con los ministerios de educación para impulsar la transformación digital de los sistemas educativos; velar por la formación inicial y continua del personal docente; actualizar las ofertas educativas, así como los planes y programas de estudio en periodos menores de 5 años; mejorar las modalidades de evaluación de los aprendizajes por competencias; plantearles a los estudiantes desafíos importantes en sus estudios que les obliguen a reflexionar, utilizar el pensamiento crítico, el trabajo grupal, la capacidad de razonar frente a fenómenos imprevistos.
La mejora de la calidad de las universidades, de sus egresados, de sus investigaciones e innovaciones, la vinculación social, la gestión institucional y de sus docentes, es impostergable. Sobre todo, cuando se comenta que muchas de estas instituciones funcionan de espaldas a la realidad social, económica, política y cultural de sus países. Asimismo, cuando tienen ofertas académicas y estrategias didácticas para un mundo que ya no existe, y cuando poco les interesa el acceso a los estudios universitarios de la población con dificultades en los aprendizajes y en condición de discapacidad.
Otro cuestionamiento gira alrededor del financiamiento de las universidades, consideradas por algunos sectores organizaciones burocráticas, sin un liderazgo eficaz, una gerencia financiera inapropiada y carentes de normas que permitan generar recursos que puedan ser reinvertidos en la mejora continua.
La gobernabilidad es otro factor sometido a críticas: ¿cómo se toman las decisiones importantes?, ¿quién las toma?, ¿cómo se consultan a los actores internos y externos de la sociedad civil y empresarial? La universidad es un producto de la sociedad y es de suponer que sus esfuerzos en las diversas dimensiones deberían retribuir a la población a la que se debe.
Conviene preguntarse entonces ¿cómo puede empoderarse un liderazgo democrático y constructivo, capaz de emprender, crear, ser resiliente y con visión? ¿Cómo hacer de la prospectiva una herramienta que contribuya a identificar las necesidades y demandas económicas, científicas, tecnológicas y sociales que no existen en el presente, pero que serán indispensables satisfacerlas hacia el futuro?
¿Pueden participar las universidades de la región centroamericana y caribeña en ofrecer microcredenciales, co-creadas conjuntamente con las empresas, para atender aquellas competencias que consideren insuficientes o inexistentes hacia la competitividad, con el valor agregado necesario? ¿qué papel podría jugar el Consejo Centroamericano de Acreditación de la Educación Universitaria (CCA), en este proceso innovador?
Todo lo anterior puede resumirse en tres vías importantes para transitar: las universidades más eficaces de talla mundial, tienden a tener un cuerpo docente bien formado para cumplir con sus agendas de formación, investigación y vinculación con la sociedad; poseen recursos y la flexibilidad de manejarlos correctamente con el liderazgo responsable; están enfocados en la calidad de sus graduados y la reputación de su institución.