• 13/08/2014 02:01

La ruta entre los mares

Apreciar esta semana, la ampliación de la gran infraestructura canalera, genera un doble panorama

La idea en firme de construir un Canal llegó al país quince días después de firmada el acta que separaba a Panamá de Colombia. Se consolidó un tratado entre Estados Unidos y la nación ístmica, luego que negociaciones y acuerdos con Bogotá fracasaran y una década después de terminar el infructuoso intento de Francia por abrir una brecha, semejante a Suez, que uniera el Caribe con el Pacífico a través de este territorio.

El esfuerzo tecnológico que constituyó la gran obra lograda en diez años, fue un reto para la ingeniería militar estadounidense. Aquí se emplearon técnicas nunca antes utilizadas en la construcción y debió combinarse en el proyecto aspectos que transformaron el paisaje no solo en la ruta de la vía, sino a su alrededor. El trayecto del río Chagres se cambió, surgieron lagos inmensos y se mudaron pueblos.

La extraordinaria iniciativa también implicó una alteración en lo social, al constituir a las ciudades terminales Panamá y Colón en núcleos de trabajo, que estimularon a la gente en el sector rural a experimentar la migración hacia las urbes. Además, los inmensos y sacrificados compromisos motivaron una oleada de jornaleros procedentes de las islas antillanas y de todo el mundo, que en su mayoría se sumaron a la población local.

No obstante estas condiciones, el Canal de Panamá ocasionó uno de los más significativos ejemplos de desigualdad socioeconómica, al fijar una política salarial que estableció dos categorías de trabajadores según el color de la piel. ‘Gold Roll’, los norteamericanos que ejercían funciones ejecutivas y el ‘Silver Roll’, el personal local o negros caribeños encargados de las tareas de menor categoría.

Además de dividir el territorio panameño con una frontera en su centro, la gestión administrativa trajo como consecuencia el emplazamiento de un enclave que creó una especie de colonia interna, en cuyo seno se generaron condiciones diferentes al resto del país con autoridades extranjeras, reglas y otras normativas hasta crear la absurda realidad de un país dentro de otro.

A pesar de la política de ‘buen vecino’, todavía recuerdo cuando cruzaba a buscar mangos en los árboles que estaban en terrenos baldíos, aparecía con su ulular característico el ‘cop’ que, con un tolete en mano o el arma, disuadía cualquier intento de cosecha y había que correr a saltar la cerca que separaba ambas nociones de vida cotidiana. La normalidad de la ruta transoceánica llegaba hasta limpiar las calles ‘zoneítas’ de estas contingencias.

Esta gran franja en el centro del país, era como un sitio extraño que se atravesaba para visitar la provincia o cuando los visitantes rurales se encaminaban a la capital. Estas condiciones crearon en los panameños una conciencia que poco a poco y muy lentamente llenó los espíritus de los ciudadanos. Otros hicieron fortunas gracias a servicios que brindaron al emporio civil-militar encargado de la gestión.

Las negociaciones para devolver el territorio a la jurisdicción nacional y entregar obras y administración del Canal de Panamá al país, fueron esfuerzos que sumaron importantes y significativas iniciativas durante el siglo XX. Paradójicamente, una vez acordados los términos del nuevo pacto geopolítico, múltiples sectores de la población negaron su apoyo a la formalización de los acuerdos.

Apreciar esta semana la ampliación de la gran infraestructura canalera, genera un doble panorama; hacia el pasado para recrear la historia de lucha, forja de una conciencia, suma de gestas, acciones y recuperación sistemática de hechos caracterizados por la inequidad, que han consolidado una nacionalidad fortalecida. Por otro lado, las perspectivas que se esperan con la integración de beneficios al Tesoro Nacional.

Cien años consolidan al Canal, división física de la cintura del territorio panameño, que sustenta la vigencia de la ruta entre los mares para unir el planeta.

*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.

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