Uno de los puntos clave mencionados fue la interacción de la APA con otras carteras del Estado para garantizar que los procedimientos se realicen en regla...
- 09/12/2010 01:00
Gobiernos sin secretos
Existe una morbosa fascinación por leer la correspondencia ajena. En el caso de los más de 250,000 cables difundidos por WikiLeaks, ese océano de material en bruto, ha permitido saber con certeza lo que hay debajo de las sábanas. Se ha abierto un agujero a través del cual puede verse lo que Washington hace distinto a lo que dice.
Ha quedado al desnudo la hipocresía de una potencia que corteja a líderes de otros países para que tengan doble cara, que sostiene a personajes cuyos valores no comparte Washington, pero los usa para sus intereses estratégicos.
El terremoto producido por WikiLeaks ha pulverizado los códigos y demolido la confianza que siempre existió en el intercambio confidencial de información. Ahora resulta que la diplomacia estadounidense ha espiado a medio mundo en todos los continentes.
El ejercicio de extender su poderío en un planeta que se resiste cada vez más a aceptarlo, pone en evidencia un analfabetismo político. Estados Unidos no comprende que cada pueblo experimenta el mundo desde su propia perspectiva y que solo le profesan lealtades los sectores poderosos ávidos de congraciarse y hacer negocios con Washington.
El Cablegate también demuestra que los funcionarios estadounidenses racionalizan el realismo cínico como una alternativa moral al servicio de la causa superior que defienden. Los analistas ven en todo esto la manifestación de una lucha cada vez más intensa que libra Estados Unidos consigo mismo acerca de la naturaleza de su sociedad. Esa batalla se produce en los tipos de visión acerca del reparto interior del poder y la riqueza, que incide en su política exterior, y que debe interpretarse a través de las referencias internas y externas.
Hay quienes concluyen, con cierta exageración, que WikiLeaks está al servicio de factores de poder en Washington que filtran información sensible para negociar con el presidente Barack Obama, castigar a la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y poner al descubierto el poder de fuego que tiene Estados Unidos sobre sus díscolos aliados en América latina, Asia y Europa.
Eso queda sin sustento ante la satisfacción expresada por el jefe del Pentágono, el republicano Robert Gates, tras la detención de Assange luego de presentarse el martes voluntariamente a la policía en Londres. Washington presiona a empresas alrededor del mundo para que desconecten WikiLeaks de los servicios de Internet y, en una maniobra política, logró que Suecia emitiera una orden de detención contra Assange por supuestos delitos sexuales.
Pero nada impedirá que de ahora en más Estados Unidos vea disminuida su capacidad para la recolección y procesamiento de datos. Reconstruir un sistema operativo sobre bases seguras —como el Secret Internet Protocol Router Network, creado después de los ataques del 11 de septiembre del 2001 y clausurado a raíz de la avalancha de cables de WikiLeaks— tomará un buen tiempo.
La megafiltración de WikiLeaks, no solo perforó la vasta red de la diplomacia estadounidense, también puso de rodillas al reino del secreto, esa práctica de compartir una información entre un grupo de personas, escondiéndola de otros. Una acción propia de las monarquías absolutas, que no comparten con nadie, ni con otros Estados, ni con sus propios súbditos, porque se adueñan de la información.
Eso terminó cuando la democracia puso fin a los monarcas absolutos. Ahora el pueblo y no el monarca es el soberano, y es el pueblo el que tiene la obligación de estar informado. Assange no violó la soberanía de un Estado al divulgar secretos que los gobernantes querían ocultar y que los pueblos del mundo ignoraban. WikiLeaks es un abanderado de la información libre, del poder ciudadano, por encima de los designios de los gobernantes.
Las democracias auténticas deben vivir informadas con la verdad y hacerla extensiva al pueblo para tomar decisiones consensuadas. Son las dictaduras las que bloquean la difusión de lo que pasa, porque temen que se conozca la verdad, que se desnuden sus atropellos, su rapiña por la riqueza del Estado.
La cultura del secretismo que ha impuesto el presidente Ricardo Martinelli, le ha permitido construir un antro de prácticas oscuras, exacciones indebidas, y un festival de contrataciones directas por parte de la mayoría de sus altos funcionarios. El martinellismo ha convertido el hermetismo en una estrategia para esconder su cuestionable conducta pública.
Es tan grave que se cometa una irregularidad como que no haya alarma alguna que permita detectarla y sancionarla. El secretismo solo contribuye a profundizar las sospechas, a minar la credibilidad y a descartar cualquier expectativa de un cambio de conducta, con su efecto envilecedor sobre el colectivo nacional.
*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.