Los integrantes del Grupo USAR Panamá relatan a ‘La Decana’ sobre las jornadas de búsqueda junto a sus canes en la zona cero del terremoto, las historias...
Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.
Agrega La Estrella en Google ↗️Es criterio mayoritariamente aceptado, que la unidad de las fuerzas políticas constituye condición importante para el desarrollo de las Naciones. Sin unidad no son posible los acuerdos, ni la consulta de los intereses que animan a las fuerzas que componen el foro, ni el consenso, ni los pactos a largo plazo. En tanto que concepto académico estructural, políticamente, la unidad puede ser el resultado de un avenimiento consensual, o una imposición de la fuerza hegemónica.
En ambos casos son manifestaciones del sistema democrático que rige en Panamá, tanto como quienes poseen todo el derecho a oponerse a lo que consideren. ¿Cómo se llama cuando, sin en lugar de la unidad en torno al gobierno, ocurre en torno a los adversarios? El problema sobreviene cuando, vencida tal o cual posición, esta última recurre a la difamación para descalificar las conductas que no le favorecen y las señalan como antidemocráticas.
El pasado siete de julio, el presidente José Raúl Mulino invitó a Palacio a fuerzas aliadas, aquellas que el día primero de este mes convergieron en la elección de Sherly Castañedas como presidenta de la Asamblea Nacional. No es ninguna novedad que resultados como ese son, por lo general, expresión de un acuerdo, reflejo de un pacto, manifestación de compromisos, sin que ello menoscabe la independencia de los órganos del Estado.
¿Por qué señalarlo entonces con matices de asombro, de articulaciones sospechosas, y desembocar en el morbo recurrente que termina donde nace la duda? Quizás porque esa conducta es manifestación consuetudinaria de quienes han hecho de la provocación y el sarcasmo instrumentos políticos, una constante para la discusión perpetua sin resultados eficaces, como si la Democracia viviera de la confrontación en lugar de los acuerdos, y no de una dinámica que pone a prueba a las distintas fuerzas ante el soberano que es el pueblo.
¿Por qué es democracia cuando viene de la oposición, y dictadura cuando la unidad la logra el gobierno? Panamá no puede seguir siendo el país de la confrontación eterna. Poseer opiniones diferentes no supone un constante altercado de fondo, que condena a la nación a escenarios improductivos. Una cosa es la dialéctica social y otra el choque político per se, que posterga el progreso de Nación, impide entendimientos entre panameños, enturbia toda buena relación, y hace de unos la tabla rasa que, a capricho y arrogancia, se jacta en calificar a unos de buenos y a otros de malos eternos. Es una narrativa en desuso, un sostenido virus de escuelas vencidas y expositores incapaces de admitir la unidad política y económica que demanda el país.
Como en el caso de la mina, donde, a criterio de los antimina, hay que oponerse porque hay que oponerse, aunque implique plazas de trabajo para un nueve por ciento de panameños que no ponen los tres golpes al día, o a mansalva de ambientalistas que por años dejaron de ver las contaminaciones de los ríos, la basura expuesta u otros males, y se concentran ahora, sospechosamente, en el yacimiento.
Por más de dos años, tanto como ocurrió con los dirigentes sindicales, en su momento, José Raúl Mulino optó inicialmente por la invitación y el diálogo, en busca de entendimiento respecto a los grandes desafíos que tiene el país. A ciencia y paciencia, durante dos años propuso y escuchó, admitió críticas e hizo concesiones, y hasta llegó a acuerdos que luego violaron, esas mismas fuerzas de la crítica eterna.
Si de atender los principales problemas del país se trata, unos de coyuntura y otros estructurales, Panamá no puede navegar entre las quimeras y lo peyorativo. Hay en los desafíos reales una jerarquía que no se puede omitir... y aún más, ante la cual el Gobierno y quien lo preside, no se pueden detener. Allá aquellos que tienen el tiempo para ese tipo de deporte, o los que solo aprendieron el discurso de la descalificación y la sorna, de la novena pata del gato (ya superaron la sexta, séptima y octava). Para esos no puede haber tiempo ni atención.