• 02/08/2017 02:00

Vida útil

Es entonces, una estrategia de mercado para asegurar ventas.

El puente metálico que une los lentes de mi anteojo se partió. Ante este contratiempo, hubo que recurrir a la empresa que lo confeccionó para tramitar la reparación. Los técnicos, luego de revisar el dañado instrumento, hicieron un diagnóstico sorprendente. No lo podemos solucionar; es imposible soldarlo y usted va a tener que adquirir un nuevo espejuelo. Me preguntó entonces con un interés que yo encontraba genuino, ¿hace cuánto tiempo lo tiene?

Le informé que lo utilizaba desde hacía dos años y en mi respuesta estaba escondida la posibilidad que me hablara de algo relacionado con el seguro. Movió la cabeza con gesto negativo y me respondió que era ocasión de sustituirlo; ‘ya ha pasado su tiempo de utilidad y debe cambiarlos; pero aquí no podemos hacer nada por ahora', afirmó taxativamente y para sorpresa mía.

Mientras buscaba un artesano que pudiera remediar el accesorio, cuya situación afectaba mi capacidad de lectura y por tanto empeoraría la defectuosa posibilidad de enfoque ocular, producto de los años, pensé en que ese tipo de frase terminante no era la primera vez que lo escuchaba. Me había ocurrido con un colchón y con un sinfín de productos desde las baterías, los bombillos y todo tipo de artefacto que tenían como los humanos, un término de vida.

Sobre este asunto, la revista mexicana Reporte índigo, publicó recientemente un artículo de Fabiola Zurita. Aquí afirma que ‘…muchos creen que algunos productos de la tecnología podrían fácilmente durar décadas, pero es más rentable introducir una ‘vida útil artificial' para que las compañías obtengan ventas repetidas'. Por esa razón, expone sobre el concepto de ‘obsolescencia programada', recurso para promover el dispendio indefinido.

¿En qué consiste esa planificación del tiempo en que funcionará un producto determinado? Según la autora, es ‘producir artículos que caducan rápidamente'. Es decir, que la empresa que los confecciona tiene una idea de cuánto tiempo han de trabajar con la finalidad que el cliente se vea obligado a desecharlo y volver a buscar otro para reemplazar la unidad o el mobiliario tirados. Es entonces, una estrategia de mercado para asegurar ventas.

El esquema financiero moderno hace obligatorio este recambio y hasta la justifica, según Zurita. Es necesario la compra para mantener los puestos de trabajo y haya un florecimiento de los engranajes; pues todo esto, implica ‘el enorme mecanismo que mantiene a flote el ritmo del crecimiento económico global.' La realidad actual ha convertido este paso ineludible en un soporte del estado de cosas y hasta orienta la vida de la gente.

Al comprar un aparato o diferentes enseres, empieza un proceso de añejamiento o desmejoramiento que ha sido calculado. La duración tiene principio, desarrollo y fin; quizá más rápido de lo que uno se imagina. Pensemos en las baterías de todo tipo. En televisores, tostadoras; desde los elementos más sencillos hasta los más complejos. Hay fábricas de muebles que elaboran piezas y la madera empleada guarda su respectiva fecha de deterioro.

Mi Prof. de Ciencias, Luis Suman Carrillo, explicaba en clases de secundaria, que se puede hacer baterías y bombillos eternos; pero si se confeccionaban, se iba a acabar el mercado. ¿Por qué aún subsisten muchas lavadoras, cocinas y otros artefactos viejos? Corresponden a tiempos en que la tecnología no era parte de la mercadotecnia. Ahora, un televisor tiene una vigencia de 18 meses cuando sale a la oferta.

El artículo comentado expone que en algunos países se regula en contra de tal ‘obsolescencia programada' y se dictan medidas para que no se haga norma industrial. Nuestra tradición del consumo excesivo, hace difícil adoptar medidas similares. Resulta fundamental tomar conciencia y reorientar el gasto excesivo. Solo así se puede luchar contra este fenómeno que termina por encarecer el debilitado bolsillo.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.

Lo Nuevo