Con un consumo per cápita de hasta 400 litros diarios —el más alto de la región—, Panamá enfrenta una crisis de eficiencia donde la mitad del agua procesada...
El Sábado de Gloria es, en la tradición, el día del silencio y la espera. Sin embargo, en la geografía centroamericana, ese silencio ha dejado de ser una devoción para convertirse en una imposición de la fuerza. Mientras en Panamá meditamos sobre la esperanza, en Nicaragua el régimen de Daniel Ortega ha sellado las puertas de los templos, prohibiendo que la fe camine por las calles y desplegando un ejército de catorce mil agentes para custodiar el miedo. Este asedio a la Semana Santa en Nicaragua es la prueba irrefutable de una dictadura que le teme incluso a los símbolos. No es solo un ataque a la Iglesia Católica; es un atropello sistémico a los derechos humanos y a la libertad de conciencia. Forzar al clero al exilio y vigilar los rezos como si fueran actos de subversión revela la fragilidad de un poder que solo sabe sostenerse mediante el fusil. La redención no puede existir sin libertad. Al conmemorar este sábado, es imperativo que la conciencia regional despierte ante el calvario nicaragüense. Una fe que no denuncia la opresión es una fe incompleta. Hoy, el silencio del sepulcro se funde con el silencio de un pueblo amordazado que, a pesar del asedio policial, aguarda con dignidad la inevitable pascua de su propia libertad