Los familiares de los presos políticos en Venezuela cumplen este lunes, entre la fe y la impaciencia, la quinta noche de espera de nuevas excarcelaciones...
La corrupción ha sido, durante años, el gran ruido de fondo del país: una herida estructural que debilita instituciones, distorsiona prioridades y erosiona la confianza. La encuesta Vea Panamá, de La Estrella de Panamá no niega esa realidad; la confirma. Pero también muestra un giro silencioso: la corrupción sigue allí, aunque ya no explica por sí sola el malestar nacional. Ese cambio tiene un nombre concreto: la vida está más cara. El alto costo de la vida crece como preocupación porque se experimenta a diario, sin tregua y sin discurso que lo maquille. Se siente en el carrito del supermercado, en la cuenta de luz, en el transporte y en el precio de lo básico. No es un problema abstracto, es una presión que se instala en cada hogar y en cada conversación. Y cuando una sociedad empieza a medir su bienestar en función de lo que puede —o no puede— comprar, algo profundo se está moviendo. A esa asfixia se suma otra alarma igual de reveladora: el empleo ya no garantiza tranquilidad. La preocupación por la falta de trabajo aumenta, sí, pero el dato clave es otro: incluso con trabajo, el ingreso se vuelve insuficiente. El país está pasando del “no consigo” al “no me alcanza”. Esa transición es peligrosa porque amplía la vulnerabilidad y empuja hacia el desaliento a sectores que antes resistían. El Estado debe leer la señal con claridad: gobernar hoy es proteger el poder adquisitivo y sostener el empleo con medidas concretas, transparentes y medibles. Cuando el país aprieta el cinturón, también aprieta su paciencia. Y la paciencia, en democracia, siempre pasa factura.