El presidente de la Comisión de Energía y Combustibles de Apede, Rafael Williamson, explicó que con la puesta en marcha de la Agenda Nacional de Transición...
La corrupción ha sido, durante años, el gran ruido de fondo del país: una herida estructural que debilita instituciones, distorsiona prioridades y erosiona la confianza. La encuesta Vea Panamá, de La Estrella de Panamá no niega esa realidad; la confirma. Pero también muestra un giro silencioso: la corrupción sigue allí, aunque ya no explica por sí sola el malestar nacional. Ese cambio tiene un nombre concreto: la vida está más cara. El alto costo de la vida crece como preocupación porque se experimenta a diario, sin tregua y sin discurso que lo maquille. Se siente en el carrito del supermercado, en la cuenta de luz, en el transporte y en el precio de lo básico. No es un problema abstracto, es una presión que se instala en cada hogar y en cada conversación. Y cuando una sociedad empieza a medir su bienestar en función de lo que puede —o no puede— comprar, algo profundo se está moviendo. A esa asfixia se suma otra alarma igual de reveladora: el empleo ya no garantiza tranquilidad. La preocupación por la falta de trabajo aumenta, sí, pero el dato clave es otro: incluso con trabajo, el ingreso se vuelve insuficiente. El país está pasando del “no consigo” al “no me alcanza”. Esa transición es peligrosa porque amplía la vulnerabilidad y empuja hacia el desaliento a sectores que antes resistían. El Estado debe leer la señal con claridad: gobernar hoy es proteger el poder adquisitivo y sostener el empleo con medidas concretas, transparentes y medibles. Cuando el país aprieta el cinturón, también aprieta su paciencia. Y la paciencia, en democracia, siempre pasa factura.