23 de Feb de 2020

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Rafael Carles

Lector Opina

Impuesto para combatir la obesidad

La legislación se produjo a través de una iniciativa de la Alianza para la Salud Nutricional

Con los índices de obesidad en la estratosfera, es hora de establecer un impuesto para frenar el consumo de productos tóxicos y adictivos disfrazados de alimentos como son las sodas y demás bebidas azucaradas, que según expertos en salud pública a nivel mundial son causantes de enfermedades no transmisibles y que en Panamá cobran más de 8000 vidas por año.

Salvo México y Berkeley en California, y algunos otras acciones aisladas en Europa, todos los esfuerzos por crear un impuesto a la comida chatarra han fracasado. En México se estableció en 2013 un impuesto nacional de un peso por litro (más o menos el 10 por ciento) de bebidas azucaradas y el ocho por ciento de la comida chatarra. La legislación se produjo a través de una iniciativa de la Alianza para la Salud Nutricional, conformada por más de 650 organizaciones no gubernamentales y una alineación de intereses entre el presidente Peña Nieto, asesores de Hacienda y Crédito Público (el equivalente del MEF y la DGI en Panamá) y miembros de los partidos de oposición.

Por supuesto que las poderosas empresas embotelladoras en México lucharon para oponerse al impuesto, pero hubo un factor importante que motivó al presidente y legisladores a tomar una decisión determinante de salud pública: en 2012 México se convirtió en el país con mayor porcentaje de obesos y su consumo de sodas superaba el de agua y leche juntos. Más allá de eso, había otra realidad: la crisis de salud pública estaba afectando la economía y al sistema de salud social basado en cuotas. Además quedó definido en la nueva ley fiscal que los $1500 millones provenientes del nuevo impuesto se usarían para asegurar agua potable en todas las escuelas del país. Es decir, no solo se creó una nueva tasa impositiva, sino que también se definió la ruta para garantizar una alimentación saludable para todos los mexicanos. De hecho, el mensaje que envió la 14va economía más grande del mundo es que la salud pública va por encima de las ganancias de una industria importante.

Y si esto se pudo hacer en México, que no es Nirvana ni mucho menos el país de las maravillas, perfectamente es posible hacerlo en Panamá, donde también la obesidad y el sobrepeso son galopantes y el consumo anual per cápita de sodas y bebidas azucaradas rebasa los 50 litros, aproximadamente un 15 por ciento de las calorías de la dieta. Es vergonzoso que con todos los Estudios de Dieta, Nutrición y Prevención de Enfermedades Crónicas realizados por la Organización Mundial de Salud y el Ministerio de Salud, todavía el Ejecutivo mira de reojo y el Legislativo se hace el desentendido.

Seguramente, al igual que en México, si preguntáramos a los panameños si están a favor de un impuesto a las sodas, la mayoría contestaría que no. Pero si la pregunta la hacemos en función de que el 10 % de las ventas de sodas se usarán para prevenir la obesidad y dotar de agua potable a todas las escuelas, la mayoría contestaría que sí. Especialmente en las zonas rurales, donde la gente puede ir a las escuelas para conseguir agua para sus hogares, lo que haría más probable que las escuelas se utilizaran para distribuir frutas y verduras subsidiadas, otro objetivo esencial para mejorar la salud pública.

Comprar y consumir sodas nunca pasará de moda. De hecho, las tabacaleras no han desaparecido y siempre habrá fumadores que no les importa morir de enfisema. Pero algo queda claro: la batalla contra la obesidad no será fácil. Imagínese en México donde tuvieron un presidente que fue expresidente de Coca-Cola México. O en Panamá, donde el anterior presidente es dueño de supermercados en que las ventas de sodas, bebidas azucaradas y alimentos procesados equivalen al 70 %, o donde el actual mandatario es dueño de licoreras en que sus productos se exhiben en las primeras estanterías de abarroterías y minisúper del país. Por eso y en gran parte, gracias a la proximidad con México y consciente de que nuestra mayor embotelladora es mexicana, no nos debiera sorprender que estos impuestos a la soda y comida chatarra tarde o temprano llegarán para quedarse. Con lo cual sería apropiado comenzar desde ya a allanar el camino hacia una dieta más sana, signo de los nuevos tiempos y timbre de orgullo de un país donde los gobernantes se preocupan por su gente.

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