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23 de Jan de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

De tragamonedas y otros males

E s sorprendente la cantidad de dinero que los panameños nos gastamos en juegos de azar o ‘chinguia’, en buen argot, y en particular en ...

E s sorprendente la cantidad de dinero que los panameños nos gastamos en juegos de azar o ‘chinguia’, en buen argot, y en particular en maquinitas tragamonedas, (‘one-arm-bandits’, bandidos zocos, las llaman los gringos y no se equivocan en su terminología).

De acuerdo a reportes de este diario, a octubre del 2011 los juegos de azar muestran flujos de efectivo de $1,404,000,000, de los cuales el 75%, o sea, $1,059,000,000 corresponden a lo gastado en tragamonedas, $266,200 millones en ‘mesas de juego’ y $41,200 millones en hipódromo. Un total que representa un incremento del 17.5%, comparado con el mismo periodo el año anterior, tasa significativamente mayor que la del crecimiento de nuestra economía durante el mismo periodo. Al total de $1,404 millones habría que agregarle los $493 millones gastados en lotería (con cierta libertad estadística, pues el último valor cubre once meses), para un total de flujos de $1,892 millones productos de juegos de azar y lotería. Si aceptamos correcto asumir que este tipo de actividad es característico de nacionales y residentes y no de turistas y si contando con una población adulta de 1, 500,000, tendríamos que el adulto panameño gasta en ‘chinguia’ alrededor de $1,222.00 al año o $102.00 mensuales, una buena porción restada del dinero disponible para cubrir el gasto de la canasta básica, cuyo alto costo es el mayor problema que confronta el panameño, según las encuestas de opinión. ¡Patético¡, ¿verdad?

Más patético aun, cuando consideren que mi somero análisis no incluye lo que gastamos en apuestas en deportes (observen la proliferación de anuncios de casas de apuestas), casinos (ahora ofrecen tragos, espectáculos gratis y otra amenidades, ¿se habrán quedado cortos de turistas?), lotería o chance clandestino (no muy ‘clandestino’ en mi ciudad, David, según me cuentan).

La situación es mucho más deplorable cuando consideramos la irresponsable ubicación estratégica de estas salas de juego en aéreas de población consideradas populares, o sea, de reducidos ingresos o en ciudades del Interior apartadas de los sitios considerados de alto atractivo turístico. Una situación que irrita, por decir lo menos, por cuanto los gobiernos nos metieron el cuento de que la apertura de casinos y salas de juego era parte del esquema de estímulo a la industria del turismo, con la idea de atraer turismo de masa, imitando algunas islas del Caribe y Las Vegas y que solo se concedería permiso de operar si estas estuviesen asociadas con hoteles de turismo. Sin duda nos metieron el cuento, porque pregunto, sin ánimo de ofensa, solo para ilustrar una realidad, ¿qué tipo de turismo de masa se espera en Chitre, La Chorrera, David o barrios como Río Abajo?

En suma, los panameños nos gastamos una buena parte de nuestros ingresos en ‘chinguia’, que restamos de los ingresos disponibles para sufragar nuestro costo de vida, incluyendo gastos escolares y otras necesidades más apremiantes, un comportamiento altamente criticable, que tristemente los gobiernos aúpan. Sobre todo, lo más grave, es que lo anterior refleja un claro síntoma de degradación social.

Sobre todo, cuestiono la validez de la tesis elaborada por los gobiernos de que dichas actividades contribuyen a estimular turismo, dudo que una masa de turistas escoja a Panamá para venir a ‘chinguear’, inclusive para frecuentar nuestros mejores casinos, cuando existen opciones de destinos para estos fines más atractivos. Hace unos meses leí que los nacionales somos los mayores contribuyentes a los ingresos de los casinos. Estoy convencido de que esa realidad persiste, lo que descarta su justificación como estímulo al turismo.

Categóricamente me opongo a las políticas de los gobiernos que justifican estas malas prácticas sociales. No encuentro justificación posible, porque cualquier posible beneficio, es opacado por su alto costo social y riesgo de uso indebido para fines delictivos.

BANQUERO Y EXDIPLOMÁTICO.