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29 de Sep de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Menos gritos de guerra

F ue un discurso de un cinismo desconcertante. El esperado mensaje, no llenó las expectativas. En el inicio de su cuarto año de gobierno...

F ue un discurso de un cinismo desconcertante. El esperado mensaje, no llenó las expectativas. En el inicio de su cuarto año de gobierno, Ricardo Martinelli afirmó que ‘digan lo que digan y hagan lo que hagan’ sus críticos, mantendrá su conducta de no rendir cuentas a nadie y seguirá pisoteando las leyes y la Constitución Nacional.

Dejar de lado la banda presidencial para mimetizarse en Cambio Democrático (CD), el partido de su propiedad, fue un episodio grotesco. En la Plaza 5 de Mayo se entregó al desenfreno, antes de prometer que el CD hará primarias transparentes para elegir al candidato del continuismo. Algo irrisorio, porque ese partido es un apéndice de sus empresas.

En su discurso dibujó un país irreal. En ese país los ciudadanos tienen empleos de calidad, comida barata, transporte público, salud, educación y vivienda, no existe narcotráfico ni inseguridad, la democracia está intacta, se garantizan los derechos civiles y se respeta la libertad de expresión. Ese país es gobernado por un presidente que pone los intereses del pueblo en primer lugar, que sabe controlar sus arrebatos, que no deja que sus preferencias políticas y sus negocios se involucren en las decisiones de Estado. Existe un gobierno que, como ningún otro, ha invertido en la familia y en la calidad de vida de los panameños, que ha manejado en forma honesta y responsable el presupuesto nacional y que garantiza un futuro mejor para todos.

Demagogia pura, sin un compromiso serio con la ciudadanía. Si por un lado el Frente de Defensa de la Democracia ha contribuido a atemperar los ánimos, no existe la intención en Martinelli de dar ejemplos de corrección de errores, de respetar a quienes lo adversan, de cesar la confrontación y dar señales para crear condiciones que permitan alcanzar consensos.

El amago de compostura mostrado en la Asamblea de Diputados es solo temporal, mientras gana tiempo y hace lo que está en su ADN: generar tensiones con su estilo belicoso. Hace suturas provisorias mientras trata de contrarrestar los sobresaltos que ocasiona a su paso.

El resto es decorado. El divorcio cada vez más pronunciado con la realidad, revela una carencia de planes para enfrentar un presente que difiere mucho del que imperaba cuando asumió el poder. Ahora debe confiar menos en sus gritos de guerra y más en la urgencia por recuperar algún grado de credibilidad y confianza ciudadana.

Es que Martinelli ha creado demasiados obstáculos para ceder o siquiera dialogar. En medio está una confianza excesiva en su capacidad de salirse con la suya y su propensión de saldar todas las disputas con dinero. Pero no se da cuenta de que transita un tiempo de problemas incontables. La economía no tiene la robustez de meses anteriores, la inversión privada ha decrecido, las finanzas públicas están en entredicho y la inflación castiga cada vez más a la ciudadanía.

Eso está llevando a que los ciudadanos, que han perdido el miedo y tienen conciencia de la gravedad del momento, se sientan alentados a unirse a los ya decididos a dar batalla tras banderas comunes que señalan al gobierno como único responsable de los actuales problemas nacionales.

Por su parte, el Frente de Defensa de la Democracia ha superado el discurso de oponerse a toda práctica oficial y propone una agenda de Estado. Eso incluye el adecentamiento de la política, el fin de la impunidad y la corrupción, una verdadera justicia social, y el fortalecimiento de la democracia y sus instituciones.

Existe conciencia de que el bienestar nacional no vendrá de la mano de Martinelli, porque personifica el autoritarismo, la corrupción y la inmoralidad. Alejado de toda ética política, confunde lo público con lo privado. Por eso hay que desenmascarar cada una de sus triquiñuelas para que no continúe engañando y burlándose de la ciudadanía.

Todo eso hace comprensible el clamor ciudadano porque se imponga en el país una nueva cultura política que convierta la verdad, el diálogo, la libertad, la equidad y la solidaridad, en sus emblemas más preciados.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.