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24 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Un hombre

‘Quien se resigna no vive, sobrevive’.. En un viaje a Tucson, cruzando la noche, en dirección a Sierra Vista, de visita a mi hijo, sostu...

‘Quien se resigna no vive, sobrevive’.

En un viaje a Tucson, cruzando la noche, en dirección a Sierra Vista, de visita a mi hijo, sostuve una inolvidable conversación, con quien conducía el auto. Un joven africano, ilustrado y conversador, con quien tuve una empatía inmediata, en medio camino coincidimos haber leído un mismo libro, que aún conservo; emocionados no logramos disimular las huellas que nos dejó su lectura. Lo repasábamos, mientras conducía hacia mi destino. Fue mi padre, le conté, el que me introdujo a la lectura de los reportajes de la periodista italiana ORIANA FALLACI, una corresponsal de guerra que cubrió los conflictos de su época, haciéndose célebre por entrevistas desafiantes a figuras poderosas del momento. La que más me marcó, insistí, fue la entrevista que años después convirtió en este libro, que juntos analizábamos, titulado ‘UN HOMBRE’; la asombrosa y trágica historia de la vida íntima de ALEJANDRO PANAGULIS, quien llevó en la sangre la inclinación de un héroe.

FALLACI llegó a escribir que en todas las entrevistas que realizó solo en rarísimas ocasiones tuvo la certeza de encontrarse ante criaturas nacidas para guiarnos. Curiosamente relata, esos casos eran los de hombres que no se hallaban en el poder, más bien, lo combatían, con el riesgo de su propia vida. NI KISSINGER, NI ARAFAT, NI INDIRA GHANDI la impresionaron. Fue ALEJANDRO PANAGULIS, ‘ALEKOS’, nacido en 1939, en Atenas, el segundo de tres hermanos extraordinarios, demócratas y antifascistas. Fundador y jefe de la Resistencia Helénica adversa a la junta militar y autor del atentado contra la vida del presidente griego GIORGOS PAPADOPOULOS en 1967. Detenido, torturado y condenado a muerte. Esposado durante ocho meses, pese a tener las muñecas putrefactas. No lo dejaron leer ni escribir y él escribía igual, con minúsculos trazos de cartulina, utilizando su sangre como tinta y como papel la envoltura de una venda.

Permaneció años recluido solo y sepultado en una cárcel hecha a su medida en una caja de cemento un poco mayor que su lecho. Construida con el propósito de doblegarlo; estoico, nunca pidió perdón, con un heroísmo digno de los mártires del coliseo.

Era un símbolo; el del valor y dignidad. Ahí sentada una tarde, FALLACI, nerviosa lo conoció y entrevistó, el día que sale de la cárcel; cada rincón de la casa, llena de visitantes y centenares de periodistas y él, sentado con aquel rostro de CRISTO. Cubierto de cicatrices, perpetradas en las manos, las muñecas, los brazos, los pies, el costado, a la altura del corazón. Su madre entraba a menudo, vestida de luto, con un rostro lleno de arrugas profundas, como sus dolores. Pero no habían conseguido doblegarla. Ni con amenazas, ni chantajes. En una carta a un periódico de Londres, había escrito una vez a sus hijos, ‘Los árboles mueren de pie’, en alusión a sus hijos.

ALEKOS muere una noche de mayo de 1976, en un simulado accidente automovilístico. Uno de los automóviles que lo seguía lo empujo de la calzada y murió casi en el acto, que el poder se apresuró a calificar hipócritamente de desgracia fortuita. En la víspera en que iba a entregar los archivos de la policía militar helénica, cuya publicación se había prohibido. Se había convertido en el hombre más incómodo de Grecia. Sabía demasiado acerca de los amos de una democracia falsa, además valeroso para dejarse intimidar.

Finalizada la entrevista ella le pregunta: ‘¿Qué es un hombre ALEKOS?’. El responde: ‘Tener valor, dignidad. Significa luchar y vencer; y ¿para ti?’, pregunta ALEKOS a FALLACI, ‘¿qué es un hombre?’. Ella le responde: ‘Diría que un hombre es lo que eres tú, ALEKOS’.

Recordaba con el joven africano que esta historia fascinante es la experiencia dramática de los años de plomo en Grecia, y Fallaci, nos relata con calificada prosa, una voz que se alza contra el olvido. Cuando la muerte adquiere un sentido, como un símbolo de lucha, para una vida más justa. Ella nos cuenta, con esa pluma ágil y nerviosa, de esta figura fuerte, que enfrentó situaciones con la dignidad de su estirpe: aguerrido y patriota.

Esta escritora cautivante nos narra que la convicción política de este hombre, en los momentos más agudos de la clandestinidad y persecución; nunca lograron encerrarlo en ese espacio donde la muerte ronda la derrota. Es la eterna leyenda del héroe que se bate solo. La eterna tragedia del individuo que no se adapta, que no se resigna, que piensa por su cuenta y por eso lo matan entre todos.

El coche avanzaba. La ciudad dormía. No habíamos terminado nuestra conversación cuando se detuvo frente al hotel donde me hospedaría. En forma amable nos despedimos. Camino al lobby, largo y angosto, quedaba atrás esa conversación profunda. Mientras, me venía a la memoria con tristeza el entierro esa tarde calurosa en Atenas. El rugido de dolor y rabia que se alzaba sobre la ciudad, millón y medio de personas exclamaban: ‘¡ZI, ZI, ZI, ALEKOS!’ —‘¡VIVE, VIVE, VIVE ALEKOS!’—, portando su retrato con carteles de amenazas y desafíos, guirnaldas de laurel y coronas de rosas.

*ABOGADO