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26 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

¿Son compatibles la ética y la política? (II)

E stos son tiempos especialmente difíciles para la política, para los políticos y para los partidos. Tal vez siempre lo han sido. Son ta...

E stos son tiempos especialmente difíciles para la política, para los políticos y para los partidos. Tal vez siempre lo han sido. Son tantas las necesidades y transformaciones sociales que se producen tras la vertiginosa tecnología, que si los gobiernos no las resuelven ni encaran de manera seria, honesta, eficiente y equitativa, pierden ellos y perdemos todos. El origen primario de las crisis financieras mundiales se ubica, como perciben analistas, periodistas, académicos, en la codicia, la avaricia, en la miseria humana. La justicia aún no toca de manera ejemplar y preventiva, ni al hecho ni al causante.

La política navega a sus anchas en mares revueltos, sin asumir el liderazgo que, por mandato popular le corresponde. La impunidad que resulta de jueces y tribunales políticamente escogidos, lejos del merecimiento y la capacidad, para patrocinar el delito anticipado de funcionarios venales, se convierte en estímulo y aliciente, especialmente para una juventud que a diario se debate, por una parte, entre la recia competitividad fundamentada en el conocimiento, la capacidad y la dedicación y, por la otra, el manejo habilidoso de la oportunidad acomodaticia, la manipulación de factores propicios de influencia pública y privada, en la que juega con frecuencia la política un papel no muy transparente.

No se trata de demonizar el tema ni sentar preocupantes e innecesarias premoniciones que no se conozcan de sobra. Lo que urge es el diseño efectivo de acciones rectificadoras y factibles que ubiquen y fortalezcan la presencia indeclinable de la ética, del compromiso personal, no sólo de grupo, de comportamiento moral en todos los aspectos; lo que mostraría la buena fe en la relación política es un acuerdo formal de medidas solidarias, el permanente encaramiento del hombre con su conciencia, y la definición de su destino, no sólo para definirlo en términos de triunfos y derrotas individuales y colectivos, sino para influir, para estructurar, más de acuerdo con las necesidades de una sociedad en cada vez más compleja evolución, en el marco de una humanidad que deambula tras siglos incontables, en búsqueda de su bienestar, seguridad y progreso.

La escasez de recursos fiscales, su malversación o manejo sospechoso afectan gravemente la realización y funcionamiento de obras y servicios sociales de sentida y urgente necesidad, estableciendo desigualdades vergonzosas, que luego se trata de resolver con subsidios humillantes, porque no siempre se conceden a base de comprensión y equidad, sino a cambio de votos y afiliaciones partidarias, de materiales de construcción y favores personales o colectivos.

Recuerdo que una visita que hice a África del Sur coincidió, justamente ese día, con la legitimación de la independencia del vecino Zimbabwe; se comentaba en los diarios que miles de primitivos bajaban de sus aldeas con grandes cestas y canastos para que se las llenaran de la ‘libertad’ que ese día les estaban concediendo. Así conviene al político mantener en la ignorancia y en la sumisión al electorado, para que los mandatarios puedan mantenerse en el poder ‘que es el primer deber del político’, conforme a conocido hombre público panameño, como lo ha hecho el presidente de Zimbabwe, que lleva ya veinticinco años en el poder, resultado de reformas constitucionales, con apoyo de las cuales ha ganado todas las elecciones desde la independencia de su país, denunciadas y sancionadas internacionalmente por Estados Unidos y la Unión Europea como manipulación, intimidación y fraude. En México, bajo diferentes circunstancias, el Partido Revolucionario Institucional mantuvo el poder por setenta y un años, de 1929 al año 2000.

El orgullo secular del propio esfuerzo y el indeclinable hábito de trabajo provechoso, por más arduo y modesto que parezcan, pierden su empeño y justificación y se tornan en parasitismo social ante la dádiva política, que se vuelve cada vez más exigente y el político rapaz cada vez menos capaz y generoso, para llevar a la confrontación sino a la ruina hasta a la economía de países otrora ricos y prósperos, como estamos observando sorprendidos.

La política no debe concentrarse sólo en el proceso electoral, como parece hacerlo la gran mayoría, sino todos los partidos. La tarea de plasmar y consolidar orientación y solidaridad a base de ideología, principios, doctrinas, programas, planes de acción o de trabajo no es responsabilidad que se encara y practica con fervor. Por lo tanto, fuera de la sujeción, de la coacción y del populismo que se exacerban alrededor de las campañas y elecciones, la participación de directores y copartidarios en el análisis diario y objetivo de los problemas regionales y nacionales, y en el aporte de soluciones realistas es prácticamente nula. El concepto de lealtad y sacrificio se convierte en un proceso de transacciones utilitarias sin mayor consecuencia social ni de lealtad de ninguna trascendencia.

Es tan agudo el interés personal por el poder o la riqueza, y tan compleja la madeja de distribución y jerarquía de posiciones y prebendas, que la lucha por el dominio de la cosa pública se convierte en ejercicio feroz, denigrante y destructivo. Las campañas sucias, negativas o de otra índole no son características exclusivas de una cultura o de una región geográfica. Los encuentros, reclamos o insultos se repiten, con preocupación y hastío en los electorados europeos, norteamericanos, asiáticos y latinos, sin mencionar a los africanos.

Y no son simples señalamientos, sino acusaciones que van desde revelaciones de comportamiento personal o familiar e infidencias contra la seguridad pública, comparaciones gráficas en impresionantes vallas de publicidad entre homicidios brutales con resultados dolorosos de política exterior, como en la campaña norteamericana actual, y la presión para que se publiquen declaraciones de ingreso personal y certificados legítimos de nacimiento, hasta las denuncias de financiamiento ilegal y lavado de dinero que se hacen partidos políticos en México, o el señalamiento en Panamá del uso indebido de recursos públicos para investigar y revelar faltas en empresas de oposición política, y el señalamiento de actos venales atribuidos a altos funcionarios oficiales. Esto, entre miles de situaciones conflictivas que bien pudieran y debieran ventilarse, de manera seria y formal ante confiables tribunales de justicia. Porque una de las grandes debilidades o fallas de la política es el encubrimiento y la falta de valor cívico para delatar formalmente casos de corrupción ante las autoridades pertinentes, si hubiera la seguridad de su manejo imparcial y firme.

Sigue mañana...

PRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN PANAMEÑA DE ÉTICA Y CIVISMO.