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26 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

La sensibilidad de los poderosos

Los políticos panameños son muy dados, en particular durante las fiestas de fin de año, a metamorfosearse en seres bondadosos llenos de ...

Los políticos panameños son muy dados, en particular durante las fiestas de fin de año, a metamorfosearse en seres bondadosos llenos de buenos deseos para con el prójimo. Se preguntarán ustedes ¿y, qué tiene de malo? Si ustedes no lo ven, yo sí: mucha hipocresía social. Pues si realmente fueran tan buenos cristianos, nadie debería necesitar decretos festivos y calendarios religiosos para desear y hacer siempre el bien, todos los días del año.

En medio del hartazgo que producen estas buenas intenciones políticas (¿no conducen acaso al infierno?), la última, que rebotó como patada en mi ánimo fue la que expresó el presidente Martinelli desde los escenarios legislativos, donde montan tantas parodias nacionales.

El mandatario dijo, durante su reciente Informe a la Nación del pasado 2 de enero, que ‘todos queremos lo mismo’. Recordé, entonces, cuando uno de sus asesores, en defensa de un macroproyecto inmobiliario que impulsaba en Amador, desafiando los intereses de Alberto Vallarino (gurú económico del gobierno), argumentaba que quién no deseaba ‘vivir con un yate en un muelle en su casa’. Aturdida por lo que escuchaba, me pregunté si era un extraterrestre. Me preocupa cuando un poderoso —quién más que un presidente millonario— no entiende de diferencias. Me preocupa también cuando desde el poder se expresan sensibilidades que terminan en estrategias de comunicación y ‘desinformación’ en tiempos de campañas electorales.

Cambio Democrático, siguiendo la despiadada doctrina neo-liberal que impera desde hace décadas, ha mostrado las garras del sistema: un modelo de gestión autocrático que intenta liquidar la pluralidad política, estrangular mediante leyes abruptas la convivencia social, debilitar la participación ciudadana y suplantar el valor público del servicio institucional por lo privado.

Vender y comprar es el paradigma de CD. Han adoptado peligrosas fórmulas de shock capitalista (concepto de Noami Klein, en su crítica al modelo de los herederos latinoamericanos de Friedman), que se aplican sin consenso, mientras se descapitaliza al Estado mediante decisiones rápidas y sin tiempo para reaccionar. Desde el poder venden tierras, aeropuertos, corredores, playas, islas y acciones estatales empleando alambicados negocios. Sabemos quiénes venden y sospechamos quiénes compran. ¿Queremos todos lo mismo, y de la misma manera?

Sus anteriores discursos son más genuinos a lo que realmente es CD. Aun no pasaban por el tamiz de las estrategias de un brasileño experto en imagen política.

Hay suficientes intervenciones donde el mandatario expresaba claramente la lógica empresarial de su gobierno: individualista, privatizador y que preconizaba la supremacía del más fuerte, de los ‘exitosos’ (entiéndase sólo dinero, no educación, ciencia o cultura). La verdadera cara de CD quedó al descubierto cuando, pese a las ‘maravillas’ que supuestamente representa lo privado, invirtieron 10 largos años —tiempo que realmente duró Martinelli en campaña— para llegar a la presidencia, y no se quieren ir.

Algunos han querido ver en las palabras del presidente (‘todos deseamos lo mismo’) una señal de conciliación y paz. Es increíble que no se percaten del señuelo político que nos tienden, pues aunque me encantan los cuentos navideños, éste suena a fábula marciana o leyenda urbana. Los verdaderos asesores del mandatario (a los que realmente les debe su caída en las encuestas), preconizaron abiertamente la búsqueda de las ganancias rápidas eliminando obstáculos institucionales, moviéndose en las fronteras legales, arropándose con diputados ‘leales’ y desechando escrúpulos morales y éticos. ¿Acaso la sociedad civil —no importa que se trate de ‘cuatro gatos’—, quiere lo mismo? No, señor Presidente.

La estrategia del brasileño llega tarde y puede descarrilarse, pues podría ocurrirle al candidato de CD lo que le pasó a Gregorio (el personaje de Franz Kafka), quien, de la noche a la mañana, quedó cruelmente transformado en una repugnante figura. No olvidemos que seres kafkianos abundan en el Caribe panameño. Además, ¿necesitaba el gobierno un asesor extranjero para hacer lo que Panamá entero le pedía: acabar con las confrontaciones? Hasta la Iglesia se hizo eco de estas exigencias.

CD está inevitablemente asociado al incordio nacional. Se lo debe a los desaciertos de sus ministras de gabinete, tan dadas a la guerra verbal que las caracteriza; y cómo no mencionar las continuas expresiones arrogantes del jefe de la seguridad pública. Nadie olvida al verdadero y —ahora— super-contenido mariscal turístico, autor intelectual de las meteduras de pata de campañas sucias. O al gladiador mayor de la secretaría de comunicación que no atina a expresarse con coherencia, y eso que nadie espera que explique ‘el imperativo categórico de Kant’. Nadie ha olvidado en Panamá la imagen de Noriega con el machete en la mano y tampoco la imagen del presidente con el mazo en Amador. La memoria debe ser nuestra arma para salvar la democracia.

PERIODISTA