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04 de Apr de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Un último adiós con respeto y dignidad

Los panameños siempre hemos guardado una honda consideración y respeto a nuestro principal emblema patrio, a tal punto que la primera ba...

Los panameños siempre hemos guardado una honda consideración y respeto a nuestro principal emblema patrio, a tal punto que la primera bandera panameña (ideada por Manuel E. Guerrero y doña Angélica Bergamota de Ossa), fue bautizada en una solemne ceremonia pública el 20 de Diciembre de 1903.

Correspondió al capellán Castrense, fray Bernardino de la Concepción García, impartir la bendición y apadrinaron el acto don José Agustín Arango, presidente de la Junta Provisional de Gobierno, Gerardo Ortega, Manuela Méndez de Arosemena y Lastenia Lewis. Con este sublime gesto de respeto al tricolor nacional, el pueblo selló el juramento de amarla, respetarla y defenderla como símbolo sagrado e inspirador de un profundo sentimiento de patria y libertad.

Un documento de la Asociación Nacional de las Muchachas Guías de Panamá, en calidad de reglamento, señala el destino y tratamiento final, que ha de dispensarle a la bandera panameña, una vez luzcan marchitos sus vividos y representativos colores. ‘Por su carácter de representación de la majestad de la Patria, la bandera en desuso o deteriorada jamás debe botarse, ni romperse; debe ser destruida por el fuego en ceremonia muy especial, en la cual se le rendirán los honores reglamentarios’. Para ello, se escogerá un sitio en el cual se habilitará una bandera izada, un aparato incinerador y finalmente se recogerán las cenizas para enterrarlas en una fosa.

Esta ceremonia de despedida a la enseña patria —que se inicia con el juramento a la bandera, seguido por cantos y recitales— es honrada en calidad de fiel testimonio, por las más altas autoridades del Estado (Ejecutivo, Legislativo, Judicial) y miembros de Cuerpo Diplomático acreditado en el país, así como por autoridades de los Gobiernos Locales, estudiantes de colegios, escuela, universidades y público en general, quienes con su presencia tributan y denotan el más arraigado orgullo de vivir en una tierra que, por más de 100 años, ha estado cobijada por la sombra de una sola bandera.

Muchos panameños, especialmente la niñez y la juventud, ignoran este último tratamiento rendido a la bandera, cuando se inhabilita del uso público y el significado de extinguirla al fuego y luego depositar sus cenizas en las extrañas de la tierra. Algunos pensarán que cuando esté descolorida o rota, puede tratarse como cualquier trapo que se tira a la basura, no. Nuestra bandera es un símbolo sagrado, que guarda estrecha relación con heroicas jornadas de luchas patrióticas, que han librado varias generaciones a sangre y fuego, por la reivindicación de la soberanía plena; por ello merece, igual que un ser querido, todo amor y consideración, más allá de su existencia.

Considero que se debe ir pensando en institucionalizar, mediante ley de la República, un acto tan delicado como es la destrucción física del emblema nacional, cuando al entrar en deterioro, se prohíba su uso oficial. De esa manera, la ceremonia de cremación de banderas pasaría a formar parte de los actos protocolares en conmemoración a las efemérides patrias. De igual forma, la sociedad en general tomará conciencia y evitará malos manejos en cuanto a la confección, uso y posterior destrucción de nuestra bandera, cuando ya no exhiba el esplendor y el donaire que identifica la pureza del panameño.

La ocasión es precisa para promover una campaña de recuperación de valores cívico y culturales, que por inaceptables circunstancias, han ido perdiendo vigencia, en perjuicio de la dignidad y los principios morales que todo ciudadano debe conservar, por su razón de ser y existencia misma.

Corresponderá a las futuras generaciones, recoger esta bandera y mantenerla enarbolando en lo más alto del altar de la patria; de lo contrario, descenderá al istmo —como bien lo sentenció Gaspar Octavio Hernández en su inmortal poema— convertida en fuego para luego extinguir con su febril desasosiego los que amaron su esplendor un día.

‘Nadie ama a su patria porque sea grande, sino porque es suya’, SENECA.

ADMINISTRADOR PÚBLICO Y DOCENTE.