Sobre la República Popular China se dicen en nuestros medios impresos, en la radio y en la televisión (especialmente, en las redes sociales), algunas verdades, medias verdades, “mitos orientales” e informaciones simplemente falsas. Como geógrafo e historiador, me ha interesado China, con un gran pueblo -17,8% de la humanidad- que aporta al mundo su cultura, sus productos y su tecnología. En mi libro titulado “500 Años de la Cuenca del Pacífico” (España, 2016) hablo mucho de China durante ese largo período de la historia universal. Además, desde 2018 he publicado tres ensayos sobre nuestras relaciones con la potencia asiática en mi libro “Reflexiones sobre Panamá y su destino de 1990 a 2024” (disponible en: www.omarjaen.com.pa) y otros dos ensayos en 2025 en este diario.

La presencia china en Panamá es antigua. En los siglos XVII y XVIII, llegaban productos del Imperio Celeste, porcelanas y sedas principalmente, que traía el Galeón de Manila al puerto de Acapulco, desde donde se redistribuían al resto de Hispanoamérica. Barcos con esas mercancías comenzaron a llegar directamente también al Callao desde 1800.

Hace 172 años arribaron los primeros chinos para trabajar en la construcción del Ferrocarril de Panamá (1850-1855). Esa presencia extranjera se intensificó en el siglo XX con la llegada a nuestras costas, buscando nuevas oportunidades, de miles de inmigrantes chinos, individuos laboriosos que sufrieron discriminaciones legales incluso en la racista Constitución de 1941, muchos de los cuales se dedicaron al comercio, y cuyos descendientes conforman hoy más del 6,5% de la población nacional. Ellos aportan un valioso elemento a nuestra diversidad cultural, que debemos reconocer de manera más apropiada. Esos descendientes representan ahora una proporción todavía mayor entre los estudiantes más sobresalientes de nuestras escuelas, reflejo de la importancia que la educación tiene en la civilización china, mentalidad positiva trasladada a sus familias en Panamá.

En 2017, establecimos relaciones diplomáticas, con gran retraso, pues era una necesidad impostergable para la República de Panamá, pequeña potencia geopolítica en el centro del continente americano, con la República Popular China, segundo mayor usuario del Canal y principal proveedor de la Zona Libre de Colón. Sin embargo, la negociación para alcanzar acuerdos políticos fue deficiente. Hubo dos enormes e inexplicables ausencias: el compromiso de China de adherirse al protocolo del Tratado de Neutralidad Permanente del Canal en apoyo y respeto de nuestro país, y la apertura de una oficina de Representación Económica y Cultural de Taipéi en Panamá y la panameña en Taiwán. Los chinos de Pekín complacieron al presidente Varela, que sepamos, principalmente con el compromiso de realizar un estudio de viabilidad sobre un ferrocarril de Panamá a Chiriquí, proyecto de escasa prioridad.

En el primer caso, los diplomáticos chinos sostenían que no podrían adherirse al protocolo del Tratado de Neutralidad mientras lo hiciera Taiwán, excusa débil porque ambos Estados forman parte, por ejemplo, de la APEC, OMC, COI y otras entidades internacionales. Recordemos también que la República Popular China, Estado comunista creado por Mao Zedong (1893-1976) en 1949, nunca ha ostentado soberanía sobre la isla de Taiwán, que es una próspera democracia liberal.

El segundo caso es imperdonable. Muchos Estados soberanos que mantienen relaciones diplomáticas con la República Popular China también mantienen relaciones económicas con Taiwán. Recuerdo la importante representación comercial de Taiwán en París, que conocí cuando fui embajador en Francia (2004-2008). Hay 94 oficinas comerciales taiwanesas (la mayoría llamadas de Taipéi) en ciudades de todo el mundo, como en Estados Unidos, Rusia, Japón, Vietnam, Filipinas, India, España, Francia, Australia, Turquía, México, Brasil, Chile, Argentina, Colombia y Perú, entre muchas otras, y sus equivalentes en Taiwán. ¡Es urgente abrir oficinas comerciales en Panamá y en Taipéi!

Mientras tanto, debemos vigilar otras actividades para evitar problemas. En 2018 se instaló un Instituto Confucio en la Universidad de Panamá, incapaz hasta de fiscalizar un organismo extranjero que ha sido excluido de muchas universidades de países democráticos como Australia, Canadá, Estados Unidos, Suecia, Alemania, Francia, etc., porque está controlado por un gobierno totalitario de partido único, que además del idioma transmite sus valores antidemocráticos.

No obstante, debería considerarse con más atención la cooperación china en la educación, cuya alta calidad revela el elevado puesto que ocupan sus universidades en el “ranking” mundial, gracias asimismo a la rigurosa selección de sus profesores y estudiantes, a diferencia de Panamá y su pésimo sistema educativo, lamentablemente uno de los peores de América.

Debemos también evitar que agentes de la República Popular China instalen aquí “policías clandestinas” como existen en otros países para perseguir a ciudadanos chinos disidentes, sin llegar a los extremos de la Rusia de Putin, que también los asesina fuera de sus fronteras.

No es en absoluto mi intención desdeñar a la República Popular China, inmensa potencia ascendente llena de vitalidad y recursos, cuya amistad debemos cultivar en un mundo más complejo, peligroso y multipolar. Registramos que el aumento de su influencia en América Latina y el Caribe suscita cierta preocupación, porque se acompaña de una relación más estrecha con regímenes dictatoriales alejados de la democracia liberal y del respeto de los derechos humanos, entre los que se destacan Cuba, Venezuela y Nicaragua, con gobiernos opuestos a la potencia estadounidense. Las implicaciones geopolíticas son relevantes al producirse este avance de China Popular en la región en el contexto de la creciente rivalidad con Estados Unidos, potencia aliada que ha inventado un supuesto control del gobierno chino sobre el Canal de Panamá y sus puertos aledaños. Mito oriental, narrativa falsa, como la de algunos políticos e “influencers” locales... ¡Verdaderos creadores de cuentos chinos!

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