La propuesta del Tribunal Electoral elimina el voto en plancha y permite el voto cruzado en circuitos plurinominales, abriendo el debate entre partidos...
Siguiendo con las crónicas de mi más reciente libro, Luchar sin Permiso, accesible en Editorial Portobelo en Vía Argentina, en Morrisson, Hombre de la Mancha y supermercados Riba Smith, me refiero hoy a la relación que el entonces presidente de Cambio Democrático (CD), Ricardo Matinelli, tuvo con el Idaan.
Un sobrino, Ramón Martinelli, era el tesorero de Cambio Democrático y diputado del Parlacen. El vicepresidente del partido era Carlos Sánchez Frías, Gerente del (Idaan). Esta gerencia fue confiada por la presidenta Moscoso al partido CD como una de las cuotas políticas. Sánchez Frías, al mejor estilo de los arnulfistas de los 40, obligaba a los trabajadores nuevos del Idaan a inscribirse en CD, dando un porcentaje de sus salarios a esa tolda política.
Lo primero que preguntaba —con su puño y letra— al recibir solicitud de trabajo, era: “¿Está inscrito en CD?”.
¿Cómo me enteré de lo que pasaba dentro del Idaan?
Una abogada interna me dio detalles de la ilícita operación. Por el carácter abusivo, generaba mucha molestia entre el personal que ingresaba nuevo a la entidad. Al ser diputado del Parlacen, Ramón Martinelli ilegalmente ostentaba en el Idaan el cargo de jefe de informática y cada quincena recogía el cobro de las cuotas. Las depositaba en cuenta bancaria a nombre de CD, abierta en el Banco Nacional sin documentación que sustentase su apertura. Lo hacían autorizados por acta de Junta Directiva de CD, firmada por Ricardo Martinelli. Allí se establecía el porcentaje que tenía que pagar cada uno de los nuevos funcionarios, de acuerdo a su salario.
Tuve dudas para presentarlo en la Fiscalía Electoral, por la cantidad de abusos cometidos por el PRD, que incluían elaboración gratuita de sus banderas en el IPHE, impresión de material político en la Universidad de Panamá, distribución de sacos de cemento a sus candidatos en Azuero, compra de adherentes para el Partido Laborista (PALA), cuyo presidente era cuñado del general Noriega, etc. Me preocupaba que, desde el gobierno de Endara, se politizó la Fiscalía Electoral. Carentes de toda independencia, me tocó vivir que, minutos después de presentar una denuncia allí, el denunciado ya se había enterado.
Como si fuera poco, el fiscal electoral era Gerardo Solís, a quien había denunciado por utilizar recursos públicos para remodelar el Colegio de Abogados. Siendo Solís presidente del gremio, simultáneamente que director del Fondo de Emergencia Social (FES), logró que de las partidas circuitales de los legisladores, 27 “donarán” $10,000 cada uno, para la remodelación que hacían allí, algo que de público no tenía nada, y no siendo los “donantes”, dueños de esos fondos. Los nombres de los “generosos” donantes aparecen plasmados en una placa de bronce en la entrada de ese Colegio.
Presenté la denuncia. Me apersoné al Idaan en la vía Brasil, junto a mi socio, Víctor Martínez, estacionándonos en las afueras, mientras el fiscal Solís y su equipo requisaba dentro, para confirmar o descartar mi denuncia. Tras dos horas de espera, salió Solís, comunicándonos que los agarró con las manos en la masa, encontrando la lista de los funcionarios a quienes se les quitaba su dinero, los registros de la cuenta en el Banco Nacional donde se hacían los depósitos y el nombre de los involucrados en la operación prohibida por la Constitución y la ley.
Todo había sido confirmado. Lo hicimos saber a los medios. Se generó un gran escándalo político. Ricardo Martinelli consideró que Cochez le había declarado la guerra y reaccionó en consecuencia: demandándome por calumnia e injuria, importándole poco si se trataba de una denuncia bien fundamentada. Hasta hizo que me secuestrasen mi salario como profesor en la Universidad de Panamá. Siempre lo mismo: se trata de “ataques políticos”. Me sentí un David frente a un poderoso Goliat.
Quedaron una docena de personas procesadas y se desató una abierta enemistad con Martinelli. El fiscal electoral nunca quiso confrontar la copia del comunicado de CD, firmado por Martinelli como su presidente, donde autorizaba el cobro de las cuotas. Adujo que “no era la firma original”. Por más que pedí nombrara un perito caligráfico, llamándole a declarar, jamás lo hizo. Tampoco investigaron a Ramón Martinelli, por su inmunidad en el Parlacen. Los que subieron y bajaron escaleras, siendo condenados por el ilícito, fueron los chivos expiatorios de lo dirigido desde la cúpula de CD.
El 20 de enero de 2003, Ricardo renunció a su cargo en el gobierno de Mireya Moscoso para lanzar su candidatura presidencial. Alguien le habría dicho que tratara de resolver el problema conmigo y así terminamos todo. Después llegó a decir que mi denuncia había servido para corregir lo malo que se hacía.