Temas Especiales

04 de Dec de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Ética y Periodismo

El hilo conductor de esta tragedia en la que el instrumento se convierte en fin, lo tenemos hoy, como el pan nuestro de cada día: ‘comun...

El hilo conductor de esta tragedia en la que el instrumento se convierte en fin, lo tenemos hoy, como el pan nuestro de cada día: ‘comunicadores’ travestidos en vedettes de teatro —deslucidos (as) actores, en su mayoría mujeres, inspiradas en actrices de operetas, tan preocupadas por estar bien ‘fashion’, simples ‘presentadores’ (as) exhibiendo caras, piernas, entre otras menudencias. Todo, menos una capacidad de análisis y orientación de la opinión pública de los ciudadanos (as) de este país, ‘que nació pobre —pueblos recolectores y pescadores— y sigue siendo pobre’, movido como las veletas, al son que le toquen los ‘factores externos’, al decir de respetables historiadores... (Historia improbable por misión imposible, in Dominical, 2 de diciembre de 1973), gracias en parte al drama de un Periodismo ‘a la panameña’ que habría que encauzar, proponiendo un ‘código de ética’ —no muy largo— a la medida de lo, también, panameño.

La otra parte del drama habría que rastrearla en la naturaleza misma del ‘hecho’/fuente periodístico o de cualquier otra índole. Es Jurgen Habermas (2002), quien toca esta arista, ante la escandalosa manipulación del genoma humano, ligada a la medicina de la procreación: diagnósticos prenatales que vienen haciéndose desde mediados de los 70 y por supuesto, la inseminación artificial, a partir de 1978. Estamos hablando de procreación médicamente asistida o de la fecundación in vitro, de vientres de alquiler, de procreación más allá de la menopausia. Sin contar con todo el debate de conservación de células madres y los tests genéticos previsionales —los mismos que llevaron a Angelina Jolie a amputarse los senos—. Y es, dirá Habermas, que estamos necesitados de ir más allá de la simplista reflexión jurídico-política que se queda atascada en el lodazal del fundamento moral del hecho. Este aspecto también lo subraya Giorgio Agamben (Lo que queda de Auschwitz, 1992) y la propia Hannah Arendt, en otros términos, en su Eichmann en Jerusalem, Informe sobre la banalidad del mal (1994).

Y no es que no haya necesidad de un fundamento moral de los hechos, no. La apuesta moral exigiría, en realidad de verdad —Carlos Manuel Gasteazoro, dixit— sumarles la referencia a la ‘fuerza normativa’, propia que ellos acarrean e impondrían, si nos doblegamos ante lo puramente factual. ¡Ojo! Aquí es Federico Mayor, nuestro ex director general de UNESCO, quien advierte el gran peligro de caer en lo que llama el ‘sin remedismo’ o el ‘fait accompli’, una especie de ‘imperialismo fáctico’, que no daría para más... si no, bajar la cabeza y resignarse, ‘tolerar’..., porque es así y no puede ser de otra manera...

Al igual que el técnico, biólogo o médico, a secas, manipulando genes, descomponiéndolos, se me antoja el trabajo del periodista... En una combinación de, a la vez, técnico y fabricante peligroso, en cuanto a riesgos y posibles ‘metidas de pata’, al tratar ‘la noticia’. ¿Fabricar o reparar?, he allí el dilema. No soy tan ingenua como para no incluir aquí los intereses muy particulares de los señores dueños de los medios de comunicación, y los propios Estados, quienes tendrán un enorme peso al inclinar la balanza en un sentido u otro.

Si la moral tiene su nicho propio en una forma de vida estructurada por el lenguaje y no el de cantos de ruiseñores y turpiales y menos por los hechos mismos, sino en la palabra escrita, hablada o hecha imagen, chocamos con otra línea de querellas y reproches al momento de admitir que ‘consumimos’ todo eso: palabras, imágenes, chorreantes día y noche, y a toda velocidad, ahora vomitadas por los medios virtuales, que permiten enviar mensajes, hasta el límite de la intoxicación... como aquel ‘chorro de vitriol’ del que habla Obama en su Audacity of Hope (2006).

Importa pues que el Periodismo ‘a la panameña’ no pierda el bosque, por mirar los árboles. El bien ‘común’, no es equivalente a ‘la bondad’... Entre uno y otro existe un abismo infranqueable, impuesto justamente por los hechos / fuentes y su infinidad de aristas interpretativas. Inmersos en el tiempo, estos últimos darán su jugo ‘natural’ y hasta bilioso. Mientras que aquel hueso duro de roer la antinoticia, ‘hablará’ de otra naturaleza, más allá de lo físico y mental: es, pues, el terreno de la Metafísica. Espanto, lo sé. No tengo otra palabra que diga que existe una verdad ‘fáctica’ con toda su procesión de santitos... que habría que desmontar para alcanzar a tocar el bien.

FILÓSOFA Y ESCRITORA.