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05 de Apr de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

La fama destruye

La fama y el éxito no son de digestión fácil. Cantantes, artistas, actrices, actores, protagonistas de la peor película de terror de sus...

La fama y el éxito no son de digestión fácil. Cantantes, artistas, actrices, actores, protagonistas de la peor película de terror de sus vidas, con comportamientos nada edificantes, que con el transcurrir del tiempo se autodestruyen producto de la fama, las cámaras, luces, manzanillos, y dinero. Dejando en sus seguidores un mal sabor y molestias, y la mayoría lloran y se compadecen de ellos. Nombres tan conocidos como los de Lindsay Lohan y Paris Hilton han acaparado titulares por reincidir en sus devaneos con el alcohol y las drogas. Lohan, se convirtió en ícono adolescente con tan solo 12 años y parece pasar más tiempo detrás de los barrotes que en su casa. Heath Ledger, River Phoenix, Michael Jackson, Marilyn Monroe, Whitney Houston entre otros, tuvieron menos suerte y propiciaron un fin apresurado. Y, así muchos otros casos de celebridades víctimas de su propia fama.

¿Pero, qué motivos llevan a los famosos a perder el control sobre sus vidas de esa manera? La propia Hilton admitió al salir de la cárcel que la fama le generaba ansiedad, ataques de pánico y claustrofobia, además de un terrible miedo a la soledad. Y, es así, a medida que la fama aumenta, también lo hace la soledad. ‘Aparentemente todo el mundo te quiere y busca estar contigo, pero la realidad es que uno ya no sabe si es por ti mismo, por cómo eres o por el glamour y el dinero que te rodean’, dijo Hilton. Para los famosos es fácil hacerse de amigos, más que amigos, son sus enemigos, convirtiéndose éstos en su peor pesadilla.

La realidad es que los famosos no pueden salir a la calle a tomar un café sin ser reconocidos. Y, no todos consiguen sobrellevar de buen grado esa renuncia a la normalidad de la que goza la gran mayoría de la gente. Algunos pierden los estribos y explotan en una violencia inesperada. El declive de Mel Gibson, cuya carrera artística estuvo en la cúspide, pendió de un hilo por las acusaciones de maltrato de parte de su expareja, después de 28 años de sólido matrimonio y siete hijos. Sus múltiples reacciones descontroladas lo han llevado a declarar que es dueño de Malibú y que los judíos tienen la culpa ‘de todas las guerras del mundo’. También es un gran consumidor de bebidas alcohólicas.

El caso más reciente es Justin Bieber, de tan solo 19 años, que parece haber llegado al punto de no importarle con sus seguidores, y ni siquiera con el símbolo sagrado de un país al pisotear y humillar su bandera. Este cantante de fama mundial no descansa en protagonizar, y lo sigue haciendo sin reparo alguno, escenas de la peor película de un joven rebelde que se niega a encarrilarse por su propio bien.

La presión ante los medios puede desestabilizar completamente a una persona. Se requiere mucha madurez, seguridad y tener las ideas muy claras para no doblegarse, ya que, la imagen del famoso está en continuo juicio. Las tensiones y obligaciones van en aumento, y tanto la ansiedad como los miedos hacen su aparición. Son inseguridades propias que se hacen públicas. Las drogas y el alcohol son un refugio para ellos.

Cuando de famosos me refiero, no hay que llegar a ser un gran cantante, artista o actor de cine. Aquí en mi país la fama parece apoderarse de los políticos. Las luces, las cámaras, el dinero y los manzanillos también han de jugar un rol protagónico en la vida de algunos de ellos. Y, si el político es repetitivo en actitudes como la arrogancia, la prepotencia, el creerse dueño del mundo, y el sentirse omnipotente por el solo hecho de ocupar un puesto público, como por ejemplo, diputado en la Asamblea Nacional, entonces estamos expuestos ante un abuso desconsiderado y que afecta a toda una población. Este es el caso reciente escenificado por el presidente de la Liga Provincial de Béisbol de Los Santos, cuando retiró del terreno de juego a su novena, porque a él no le permitieron el ingreso al estadio copado por miles de aficionados, que en ese momento disfrutaban de un partido de béisbol. Su conducta nada virtuosa ha sido noticia en todos los medios.

‘Como yo no puedo entrar, nadie puede entrar, y si no me dejan entrar, me llevo al equipo’, expresó el diputado. Su conducta nada humilde la describo como el niño malcriado, en plena pataleta, que destruye todo si no consigue lo que quiere. En el terreno de juego esto se llama mala jugada, en el terreno de la mente de este diputado, se llama egoísmo e irrespeto hacia la afición y a sus coprovincianos en general, a esos que él representa como diputado ante la Asamblea Nacional. ¡Vaya manera de destruir el deporte en manos de políticos insensatos! Aquí queda demostrado lo inoportuno, dañino y perjudicial que es inmiscuir la política en el deporte.

No tenemos por qué ser condescendientes y sumisos ante personas difíciles e insoportables. Si lo haces una vez, lo harás una segunda vez, y el irreflexivo lo sabe. Y, su actitud de omnipotencia la volverá a repetir. Este endiosamiento de ciertas figuras públicas impulsa traiciones, desilusiones y golpes bajos a la vida del panameño. Panameño: ‘No te dejes llevar por el orgullo tóxico y el individualismo de personajes como el que mencioné’. Todo sería más fácil si tuvieran un interés verdadero por el bienestar de la población.

ESPECIALISTA DE LA CONDUCTA HUMANA.