El maestro de Palmira

  • 01/08/2017 02:05
Paulino Romero, orgulloso de escribir en ‘La Estrella de Panamá' desde 1957, ha dedicado su vida a la docencia y ha representado a su patria y a su Colón natal en Alemania y otras naciones de Europa

Víctor Urrutia fungía como ministro de Educación. Una camada de estudiantes del colegio ‘Abel Bravo' estaba por graduarse. Urrutia vio los boletines y entre todos los graduandos, diez sobresalían. Uno de ellos era Paulino Romero. Lo mandó a llamar al ministerio y la secretaria, apenas éste se identificó, lo hizo pasar. Urrutia lo saludó con un fuerte estrechón de manos y le dijo: ‘¡Estás entre los diez mejores de la promoción y escoge a dónde quieres que te nombre!'.

‘Me crie en Colón, pero no olvido mis raíces y quiero devolverles algo de lo que aprendí...',

PAULINO ROMERO

DOCENTE Y COLUMNISTA DE ‘LA ESTRELLA DE PANAMÁ' POR MÁS DE SESENTA AÑOS

Romero, sorprendido, le dio las gracias y seguidamente pidió: ‘Quiero que me nombren en Palmira'.

Pero... ¿cómo? La gente se pelea lugares céntricos. ¡Usted pide un lugar en que ni siquiera hay matrícula..!

Romero lo interrumpió: ‘Yo se la consigo. Es que ese es el pueblo donde nací. Me crie en Colón, pero no olvido mis raíces y quiero devolverles algo de lo que aprendí...'.

No le fue difícil, Romero consiguió la matrícula y se hizo maestro de Palmira. Centrado en su quehacer docente, sintió la necesidad de expandir lo que predicaba. Su forma de hacerlo fue publicando un artículo sobre la educación en La Estrella de Panamá. Lo escribió en una vieja máquina Underwood y tomó un bote que lo trasladó a Colón. La travesía de Palmira a Colón duraba entre seis y ocho horas, dependiendo del oleaje. Ya en Colón, fue al telégrafo a cumplir su misión. El artículo demoró unas dos semanas en llegar a las manos de Leonidas Escobar, entonces jefe de Redacción de La Estrella de Panamá , quien, al leerlo, decidió publicarlo de inmediato y así, en 1957, hace sesenta años, Romero comienza su peregrinar como columnista que no ha parado hasta el momento.

Los años transcurrieron. La matrícula en Palmira era cada vez más numerosa y organizada. Fue trasladado a la ciudad de Colón, donde llegó a ser supervisor. Se casó con otra educadora, Carmen Fernández. Se hizo de un hogar y seguía escribiendo.

El viernes 11 de octubre de 1968, su esposa le comentó que algo serio había ocurrido. Él, sorprendido, empieza a interesarse por las noticias. ¡Todos los medios estaban intervenidos! Su vecino en Colón era Juan Materno Vásquez. Con él conversaba rutinariamente.

‘Mi deseo es volver a ser supervisor de Educación en Colón, de donde salí para convertirme en viceministro',

RESPUESTA DE PAULINO ROMERO A OMAR TORRIJOS HERRERA,

DESPUÉS DE QUE ÉSTE LE PREGUNTÓ POR QUÉ RENUNCIÓ AL CARGO DE VICEMINISTRO

El lunes 14 de octubre de 1968, se interesó al ver que la casa de Vásquez estaba llena de policías. Le entró la curiosidad y Juan Materno, al verle, le dio las gracias por ir a visitarlo y a felicitarlo. Romero no sabía por qué lo felicitaba, hasta que allí mismo descubrió que Vásquez era el nuevo ministro de la Presidencia del nuevo gobierno militar. Juan Materno le pidió su teléfono. Henchido de orgullo y poder, el flamante ministro lo despidió con un fuerte abrazo.

Ya en la escuela, ocupado en sus quehaceres, la secretaria del plantel le comunica que tiene una llamada. Era Juan Materno Vásquez, quien le dijo lo que había meditado rápidamente cuando viajaba hacia la ciudad de Panamá: ‘Si no temes, aceptas el cargo de viceministro de la Presidencia y esta misma tarde tomas posesión', le dijo.

Romero se despidió del ministro y fue adonde su esposa. Le contó lo que había conversado. Su mujer le espetó que cómo iba a decidir sin antes haberlo consultado con ella. Él solo atinó a decirle que no era una consulta, sino que le informaba que en ese instante abordaría su auto rumbo al Palacio de Las Garzas.

Un cuñado lo acompañó en el viaje y a la altura de la ‘Y' de Chilibre, los detuvo un gendarme policial. Romero les habló fuerte y les recriminó que estaban parando al viceministro de la Presidencia. Los guardias llaman a Panamá para verificar la información y de inmediato se cuadraron en señal de obediencia al importante funcionario. En el Palacio de Las Garzas, Romero toma posesión del cargo y entre sus funciones están los nombramientos del aparato estatal.

Ya posesionado como viceministro, Romero ve de todo. Participa en los Consejos de Gabinete y ejecuta lo que allí se aprueba. ¡Está en la boca del monstruo! Comparte con Omar Torrijos y Boris Martínez, el verdadero poder detrás de la Junta Provisional de Gobierno.

Rápidamente, su participación en el gobierno se hace notar en los medios. Entrevistas en los diarios, en las televisoras, en la radio... Su paso acelerado en el gobierno y su proyección mediática se acrecientan cada día más y para cuando Torrijos asume total poder del gobierno con la expulsión de Boris Martínez, Romero ya estaba bien cimentado en el quehacer gubernamental. Era, quizás, una figura indispensable, lo que le va creando una fricción con el ministro Vásquez.

Una mañana la secretaria de Romero tiene una conversa con su jefe. Le dice que se ha dado cuenta de las diferencias que hay con Juan Materno. Él le confiesa que ha sentido eso mismo y le promete resolver el asunto cuanto antes.

Romero va a su oficina, se sienta frente a su máquina Underwood y redacta su renuncia. Le comunica a su secretaria que saldrá un momento y va directo a Televisora Nacional. Conversa con el director, Mario Velásquez, y le entrega la renuncia. A cambio de la primicia, le pide que mientras lee la renuncia, su foto (la de Romero) aparezca en pantalla.

La noticia corrió como pólvora y Torrijos lo llamó de inmediato. Romero, por primera vez, acude al cuartel y se ve cara a cara con el general. Torrijos le pregunta qué quiere. ‘Pídeme lo que quieras, que te lo doy', le dijo.

Romero, decidido, le contesta que su deseo es volver a ser supervisor de Educación en Colón, de donde salió para convertirse en viceministro.

Torrijos, comedido e interesado, le pregunta por qué se va del gobierno. Romero le responde que quien es amigo del general es Juan Materno Vásquez, no Romero.

La conversación terminó allí. Se dieron la mano y Romero regresó a su puesto de supervisor de Educación en su entrañable Colón. Se dedicó de cuerpo y alma a la educación y hoy, a sus 83 años de edad, continúa escribiendo sobre este apasionante tema, porque para Panamá sigue siendo el maestro de Palmira.

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