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- 19/05/2026 22:38
A sus 83 años, Sergio Ramírez conserva una presencia que impone sin esfuerzo. No necesita elevar la voz ni dramatizar sus palabras: hay algo en la manera en que se sienta, en las pausas que deja entre frase y frase, en la precisión serena con la que recuerda, que transmite la sensación de estar frente a alguien que ha vivido varias vidas dentro de una sola. Novelista, intelectual, exvicepresidente, exiliado. Todo eso convive en él con una naturalidad casi silenciosa.
Durante su conversación con La Estrella de Panamá, hubo momentos en que su mirada se desviaba hacia algún punto indefinido, como si dejara por instantes la sala de entrevista para regresar mentalmente a Nicaragua. Era especialmente evidente cuando hablaba de la infancia, de la lengua, del país perdido. Y fue entonces cuando pronunció una frase que resumía no solo el peso político de su historia, sino también su dimensión más humana: “Lo más doloroso del exilio es la imposibilidad de volver”.
Ramírez se encuentra en Panamá en el marco de Centroamérica Cuenta, que celebrará su edición 2026 del 18 al 23 de mayo. Pero incluso lejos de Managua, Nicaragua parece seguir habitándolo en cada recuerdo, en cada silencio y en cada palabra.
¿Qué recuerdos de su infancia en Nicaragua siguen apareciendo, consciente e inconscientemente, en todo lo que escribe?
Los recuerdos están determinados por el ambiente en que uno vivió de niño. Hay distintas maneras de vivir la infancia. Yo nací en un pequeño pueblo de la meseta cafetalera del Pacífico de Nicaragua, que tenía, topográficamente, un arriba y un abajo, ¿no?
Arriba vivían los ladinos, descendientes de españoles y mestizos; y abajo, la antigua población indígena, en la medida en que la pendiente topográfica desciende hacia la laguna de Masaya y hacia el volcán Masaya. Entonces, ese es el ambiente de mi infancia, que tiene mucho que ver también con la lengua.
Allí se hablaba una lengua que todavía tiene mucha carga del náhuatl, de la antigua lengua de los pobladores, y donde se originaron muchos términos arcaicos del lenguaje.
El lenguaje se va quedando represado en los lugares campesinos, que tienen poco acceso al ambiente urbano, ¿no? Y entonces ese es el lenguaje que queda en mi memoria y a partir del cual yo construyo mis imágenes literarias y construyo mi propia literatura.
Sus novelas mezclan historia, humor, política y vida cotidiana de una manera muy centroamericana. ¿Cómo encontró esa voz propia y cuándo sintió que ya estaba escribiendo como “Sergio Ramírez”?
Bueno, la voz propia siempre es una búsqueda, ¿no? Una búsqueda constante. Para un escritor joven, necesariamente se comienza imitando a los autores que lee. Yo leía muchísima literatura vernácula, que en mi adolescencia era lo que dominaba en Centroamérica.
Los cuentos de Salarrué hicieron toda una época. La literatura de la vida campesina se distanciaba mucho de la realidad; era una construcción meramente literaria. Y bueno, luego fui evolucionando en la medida en que iba leyendo, pero un escritor joven nunca debe extrañarse de encontrar las voces de los escritores que lee en su propia escritura.
Y como tú decías, la búsqueda de la voz propia llega con el tiempo, hasta que esa voz madura. Es lo que decía don Antonio Machado en uno de sus poemas: “A distinguir me paro las voces de los ecos”. Es decir, cuando uno deja de ser eco y encuentra su propia voz. Es lo que en la literatura ya se llama el estilo propio, ¿no?
En América Latina siempre existe la expectativa de que el escritor opine políticamente. ¿Alguna vez ha sentido que la figura pública amenaza al novelista?
Sí, es una dicotomía con la cual nos hemos acostumbrado a vivir en América Latina y que es propia de nuestros países: el intelectual que opina.
Yo lo veo como la consecuencia de que, en el siglo XIX, cuando se dan los grandes movimientos de independencia, los líderes de la independencia —que a veces llegan a montarse al caballo del libertador— son muchas cosas a la vez.
Son poetas, escriben grandes tiradas de versos patrióticos, son periodistas, son tribunos, saben decir discursos, saben escribir leyes. Y es una unidad que luego se va separando, ¿no? Y entonces el poeta, el escritor, tiene una voz pública desde entonces.
Y además se espera que un escritor, por el hecho de serlo, se exprese públicamente sobre los problemas de la sociedad. Eso no sería muy extraño en los Estados Unidos, por ejemplo, o en Europa. No deja de ser extraño, pero en América Latina es muy corriente.
Usted participó directamente en la revolución sandinista y luego terminó perseguido por el mismo régimen que ayudó a construir. ¿Cómo procesa personalmente esa paradoja?
En la línea de eso mismo que estábamos diciendo, ¿no? No solo soy el escritor que prefiere expresarse en público sobre los problemas, sino que en determinado momento de mi vida me sentí impulsado a la acción política.
No porque me interesara la política como tal, sino porque se trataba de un proceso de cambio profundo y yo fui protagonista de ese proceso de cambio. Abandoné la escritura para dedicarme a ese cambio.
Uno no piensa, en ese momento de fervor revolucionario, en las decepciones que le esperan en el futuro, en los fracasos que todavía no se anuncian. Pero cuando las decepciones y los fracasos se presentan, como en el caso de la revolución —que fue un hecho histórico frustrado que desembocó en una dictadura, que es la que ahora persigue a tantos nicaragüenses—, pues uno tiene que asumirlo como consecuencia de su propia acción, ¿no?
Es decir, no puede librarse de su pasado. El pasado está allí, parte de mi vida, parte de lo que yo hice, y tengo que asumirlo dentro de mi propia experiencia de vida, que a la vez se transforma en mi propia experiencia literaria.
¿Hay algo que la experiencia del poder le enseñó sobre la naturaleza humana que no habría aprendido solo desde la literatura?
Sí, yo creo que a mí me gusta siempre repetir que la literatura tiene muy pocos temas: el amor, la locura, el poder, la muerte. Y uno no puede hablar del amor sin haber experimentado una relación amorosa apasionada, ¿no? Así como uno no puede hablar del poder sin haber estado metido dentro de la entraña del poder.
Entonces, el hecho de que yo fui parte de un aparato de poder... y el poder tiene sus propias reglas, independientemente de que sea de derecha, de izquierda o de la ideología. El poder es el poder: sus propios mecanismos, sus propias seducciones, su propia erótica, la famosa erótica del poder. Entonces yo acumulé esa experiencia y la puedo convertir en un instrumento literario.
Desde el exilio, ¿qué es lo más doloroso: la distancia física de Nicaragua o la sensación de pérdida simbólica del país?
Yo creo que lo más doloroso del exilio es la imposibilidad de volver. Es decir, es antinatural que a alguien lo priven del derecho de regresar a su patria cuando quiera. Vivir o no vivir en su propio país es parte de la libertad inherente del individuo, ¿no?
Entonces, cuando hay una barrera dictatorial, política, que te impide regresar al propio país, te acompaña esta tristeza permanente de la imposibilidad de volver y de saber que tienes que hacerte la vida de nuevo fuera de las fronteras de tu país, donde naturalmente deberías estar.
¿Sigue siendo Nicaragua la patria de Sergio Ramírez?
Mi patria es América Latina, ¿no? Pero mi patria particular es Nicaragua, como ahora también mi patria es España, desde que me concedieron la nacionalidad española. Pero esa patria de la infancia, que es la patria profunda, es la que siempre me acompaña.
¿Cómo se escribe el país que uno cuenta cuando cambia tan radicalmente y además ya no se puede habitar?
La memoria se vuelve un instrumento muy importante de ese país. No solo cambia el país: cambia la lengua. Todos los días la lengua es un organismo vivo que está mutando, cambiando, alterándose.
Cada generación agrega nuevos vocablos, crea sus propias estructuras de lenguaje. Y yo me voy quedando con el español mío, el de mi tiempo, ¿no? Y ese es el que tengo que usar.
Vivir al día, si uno está fuera de ese idioma —que es estar fuera del país a la vez—, es muy difícil. De manera que hay que reconstruir ese idioma todos los días en la memoria y en la imaginación, ¿no? Es decir, el escritor existe mientras tenga memoria y tenga imaginación.
En muchos países se habla hoy del desgaste de las democracias y del auge de los autoritarismos. ¿Cree que América Latina aprendió realmente algo de su propia historia política?
Creo que estamos viviendo momentos muy difíciles. No creo que haya cambiado mucho la atmósfera política. Polarizaciones ha habido siempre en la historia de América Latina. Estas polarizaciones, desde los tiempos de la independencia, llevaron a las guerras civiles entre liberales y conservadores.
Dos visiones distintas de ver el mundo que se confrontaban y terminaban en choques armados, ¿no?
Hoy, al menos, nos hemos librado de la guerra civil y yo creo que eso es un enorme progreso. La polarización verbal se da en los parlamentos, se da en la calle, se da a la hora de las elecciones, se da en las redes sociales, pero hemos aprendido a no dilucidar con violencia esta oposición de pueblos.
Debería existir una atmósfera distinta, de mayor concordia entre las distintas ideologías que están en el poder en América Latina. Hoy en día, ver a los jefes de Estado y de gobierno en América Latina sentados alrededor de una mesa se vuelve una cosa casi inimaginable.
Acabamos de ver cómo África, que siempre consideramos un continente muy complejo, acaba de celebrar la cumbre de los países africanos. Estuvieron todos, y no piensan igual.
Y yo creo que el primer elemento de civilidad es ese: ser capaces de sentarse alrededor de una mesa y discutir los asuntos en los que difieren los países, pero también discutir aquellos en los que podemos ponernos de acuerdo y llevar proyectos de cooperación adelante, ¿no?
Usted creó Centroamérica Cuenta en una región donde muchas veces la cultura sobrevive más por obstinación que por apoyo institucional. ¿Qué necesidad quería llenar cuando lo fundó?
El gran vacío de la comunicación intercentroamericana, en primer lugar. No acostumbrarnos a ese mote de que somos países desconectados, fragmentos de una unidad que se quebró hace tiempo, sino entender que sí tenemos conexión, y la primera conexión visible es la cultural, y hay que hacerla posible.
Los escritores y los artistas centroamericanos viven realidades muy parecidas; distintas, pero muy parecidas. Y por lo tanto, el diálogo entre los escritores centroamericanos, entre ellos y luego con escritores de otras latitudes, ayuda a hacer visible la cultura centroamericana, a hacer visible que tenemos escritores que vale la pena leer.
¿Qué cree que la literatura centroamericana todavía no ha logrado contar sobre sí misma?
La literatura centroamericana tiene un gran desafío que otras literaturas no tienen. Es decir, si nosotros hablamos de la literatura mexicana, colombiana o argentina, detrás de esa idea de una literatura nacional hay grandes editoriales, grandes cadenas de librerías, suplementos culturales, crítica literaria, que es lo que nosotros no tenemos.
Y si acaso podemos contar con una librería por país, pequeñas editoriales que sobreviven gracias al esfuerzo de quienes las promueven, y unos niveles de lectura muy bajos. Entonces, contra eso tiene que enfrentarse el surgimiento de una literatura que está allí, que es muy creativa y que merece la pena conocerse.
Durante años el boom latinoamericano definió una imagen muy masculina y muy específica de la literatura de la región. ¿Siente que hoy existe una narrativa latinoamericana mucho más diversa e interesante?
Sí, sin duda alguna. La literatura del siglo XXI es sobre todo femenina. Los grandes nombres de la literatura latinoamericana hoy en día son de mujeres.
Eso me parece una transformación profunda. Y bueno, que existan escritoras mujeres... del otro lado nosotros vemos quiénes son las que leen en Centroamérica y en América Latina: la mayor cantidad de lectoras son mujeres.
¿Qué autores jóvenes latinoamericanos le generan entusiasmo actualmente y qué ven ellos que quizás no veían generaciones anteriores?
Mariana Enriquez, que tiene muchísima pegada no solo en español, sino en otras lenguas. Ha creado un tipo de literatura de terror nueva, ¿no?, que llega muchísimo a los lectores.
Podría seguir mencionando una gran cantidad de escritoras, como Leila Guerriero también, de Argentina, que está en la línea del testimonio periodístico, pero muy literario.
Hoy competimos constantemente con pantallas, redes sociales y contenidos rápidos. ¿La literatura está perdiendo centralidad cultural o simplemente está transformando su lugar?
Yo creo que debería ampliarse el número de lectores, obviamente, a través de redes de bibliotecas, de clubes de lectura, de promoción del libro. Al Estado le toca un gran papel, a través de los ministerios de Cultura, para llenar estos déficits en Centroamérica.
Diría que la literatura es un valor por sí mismo, que está destinado siempre a tener lectores, aunque sean pocos lectores. Tradicionalmente nunca ha habido una gran cantidad de lectores y la literatura siempre tuvo otro tipo de competencias.
Cuando yo era adolescente, la competencia de la literatura era la radio, las radionovelas que contaban historias; luego vino la televisión, que también contaba historias; y ahora estamos en manos de TikTok, que cuenta historias de manera muy breve y superficial. Ese es un gran desafío.
Usted ha vivido distintas épocas de censura, propaganda y manipulación del discurso público. ¿Qué le preocupa más del presente: la censura tradicional o la desinformación masiva?
Me preocupa la autocensura. Me preocupa que un escritor sienta que no le conviene decir ciertas cosas porque afecta su propia seguridad o su propio confort y que, por lo tanto, es mejor callarse. Eso es lo peor que puede haber.
La literatura siempre es aventura, es ejercicio de la libertad, es riesgo. Es decir, cuando uno no quiere tomar riesgos, entonces la literatura va a mediatizarse y a mediocrizarse.
Después de tantos libros, premios, derrotas políticas y años de exilio, ¿qué siente que sigue buscando todavía en la escritura?
Escribir mi mejor libro, siempre, que está en el horizonte. Es decir, no conformarme; encontrarme con algo nuevo en la literatura, la experimentación permanente. Para eso no debe importar la edad que uno tenga.
¿Hay alguna historia que todavía no se ha atrevido a contar?
Muchas. Tengo muchísimas historias que contar todavía.
¿Qué libros recomendaría a las figuras que hoy gobiernan Latinoamérica?
Es tan difícil encontrar un solo libro que pueda iluminar tantas mentes distintas, ¿no? Pero Meditaciones, de Marco Aurelio, por ejemplo. Ese es un libro del que deberían aprender, un libro que abre mucho las inteligencias.