Noches de rock ‘n’ roll y decadencia

  • 16/11/2014 01:00
Lo subieron al taxi. Sonrió y dejó escapar un suspiro desde lo más profundo de su borrachera

Se reventó los labios con el piso. Lamió el piso, o más bien la sangre que dejó en el piso. La gente del bar lo metió en un taxi. El zarandeo del auto le causó un malestar que no pudo contener. Cuando vio los pedazos de manzana de la sidra, la espuma de cerveza y los restos de pollo al ajillo flotando en el tapiz, imaginó metáforas para una nueva canción. Sonrió y dejó escapar un suspiro desde lo más profundo de su borrachera. Cerró los ojos y un hilo de baba amarillenta empezó a manar de su boca.

El conductor del taxi se llevó las manos a la cabeza al ver el desastre. Tomó la guitarra y la arrojó fuera del auto, luego lo agarró por debajo de las axilas y lo arrastró hasta dejarlo tirado en la acera. Estuvo toda la madrugada balbuceando, respirando hondo, viajando entre pedazos de manzana, burbujas de cerveza y pollo al ajillo; sumiéndose en territorios donde los sonidos estridentes de guitarra, los golpes subterráneos y acolchados del bajo y el ritmo de la batería eran explosiones dentro del alma, las líneas de sus canciones: vidas condensadas en un segundo; de vez en cuando volvía, abriéndose paso entre los aplausos y las risotadas del público, a esa otra sustancia concreta en la que no era más que un borracho tirado en la acera.

Se reconoció y trató de levantarse, pero sus fuerzas le fallaron rotundamente. Podía sentir las diminutas piedritas de la acera hundiéndose en su mejilla. Abrió los ojos y vio su guitarra tirada a unos metros. Estiró su brazo en un esfuerzo para tomar aquel instrumento que era lo único que lo hacía sentir persona entre el olor a insecto urbano que percibía en el cemento. Se desconectó, inmerso en un sopor lleno de zumbidos, en un tiempo en el que las horas se encogían hasta sentir que su cuerpo era trasladado a un estado horizontal desde el cual pudo ver nubes girando a través del vidrio trasero de un auto.

Por momentos recuperaba el sentido y unas manos que pasaban sobre su rostro le parecían más real que el vitoreo de las masas. Sus pensamientos se hicieron menos viscosos y fue capaz de distinguir voces. El paulatino retorno a la realidad era como un clavo hundiéndose en la sien, irrevocable y lapidario. Una corriente eléctrica que le recorrió hasta el último rincón de su cuerpo lo hizo levantarse de repente, jadeando, tratando de tragarse todo el aire del mundo. Fue entonces que sintió la fuerza de unos brazos que lo devolvían a la posición horizontal en la que estaba, y una voz que decía, ‘Tranquilo, mi amor, tranquilo, vas a estar bien’.

Dolor punzante, vértigo, un tren que avanzaba hacia él a toda máquina; pero aquella voz, aquella voz… Entonces recordó, con sus ojos aún cerrados, que la boca de donde salían aquellas palabras había sido la inspiración para muchas de sus canciones. Finalmente abrió los ojos y vio la guitarra en el asiento delantero. Cuando saliera del trance por completo, aquella voz que decía, ‘tranquilo, mi amor, tranquilo’ sería la única cosa que valdría la pena, de ese lado en donde estaban las metáforas, la fantasía, los sonidos, las manos, la ternura. Un beso. Pena. Fantasía.

MÚSICO Y POETA

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