• 16/08/2020 00:00

Virtualidad

El esfuerzo titánico que ha realizado la Cámara Panameña del Libro este año para suplir una necesidad de miles y miles de panameños debe reconocerse y aplaudirse

No me lo repitan. Me niego a creerme que esto tenga que ser la nueva realidad. Lo cierto es que ya estoy hasta el moño de las palabritas que se han empeñado en meternos en la cabeza a machamartillo, nueva realidad, nueva normalidad. La madre que los parió a todos. No hay ninguna nueva realidad, aún no hemos sido capaces de superar la barrera del espacio y el tiempo, aunque las horas encarcelados se nos hayan hecho eternas. No hay ninguna normalidad en lo que está pasando. Para los ciudadanos de a pie todo es extraño, todo es raro. Para los que tienen corona y salvoconducto y pueden ir a la playita y hacer lo que les da la gana, a esos no, claro, esos siguen viviendo su vida normal.

Y me niego a condescender y aceptar que esto sea en lo que los que nos gobiernan pretendan que vivamos de ahora en adelante. Por favor, si llevamos décadas conviviendo con el virus de inmunodeficiencia adquirida y aún hay cafres que embarazan niñas por violarlas sin usar un condón.

En fin, que no. Que hablaremos en unos cuantos meses y quizás tenga que tragarme mis palabras, pero que esto no va a ser la nueva normalidad es casi seguro. Es probable que, cuando esta marejada pase, los que nos gobiernan hayan robado todo lo potencialmente robable, y podamos volver a salir a la calle, todo sea igual que antes. Y podamos abrazarnos, y besarnos. Y podamos volver a la Feria del Libro en vivo y en directo. Pero en el 2020, año de infausta memoria, la Feria ha sido virtual.

El esfuerzo titánico que ha realizado la Cámara Panameña del Libro este año para suplir una necesidad de miles y miles de panameños debe reconocerse y aplaudirse. El haber montado el tinglado que se requiere para un evento virtual de esta magnitud en medio de la incertidumbre, sin plazos claros de reapertura, en la debacle de negocios y el auge del desempleo, es una labor que debe ser exaltada.

La Feria del Libro este año ha sido, y sigue siendo, (ya que, cuando salga esta columna aún nos quedarán varias horas de Feria), virtual.

La pantalla ha sustituido a la mesa y al micrófono. Los salones han cambiado por el rincón hogareño bien conocido. Pero he extrañado muchísimo a mis amigos, siempre sonrientes, siempre atentos, los que me guiaban al salón que me tocaba cuando me veían perdida, como suele sucederme, por Atlapa. Los que, a pesar del cansancio y las horas sin dormir, siempre tenían una sonrisa, una palabra, un saludo. Los que conocen a todos los escritores y recuerdan a qué hora es cada evento.

La Feria del Libro este año ha sido virtual, pero la comunidad literaria necesita la cercanía de los que son como nosotros, de las hordas de niños que deambulan sin orden ni concierto, de los que cuentan las moneditas para ver si les alcanza para comprar el libro que quieren. La maravilla de ver a la gente cargando bolsas llenas de libros. La magia de encontrarte con amigos.

Este año, un virus nos ha obligado a sentarnos detrás de una pantalla, pero el año próximo, o el siguiente, o el de más arriba, la Feria del Libro volverá a ser nuestra. De papel y tinta. De piel y voz.

Volverá a ser de ruido de hojas, de olor a café y a gritos de niños. Volverá a ser de preguntas y de cartelito que aparezca por la puerta y diga: 'Le quedan cinco minutos'.

Volveremos, y esto es promesa o amenaza, pueden ustedes tomárselo como quieran.

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