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05 de Feb de 2023

Cultura

Vaya a que se la revisen

Negamos nuestra responsabilidad con la misma cabezonería con la que aborrecemos la maldad del mismo Diablo

La Primera Dama se refiere a Su Malignidad como a un viejo amigo, y asegura, en redes sociales, saber lo que le gusta y lo que no le gusta. Flipemos.

Lucifer. Phosphorus. El que trae la luz. Luzbel. Satán. El adversario. Llamémosle como queramos, Él recoge en su figura el deseo absoluto de poseer el conocimiento, el placer y la risa; y, a la vez, el miedo visceral a no poder dominarlos y a que nos castiguen por intentar ser como dioses. Es esa dicotomía la que nos arrastra, a los pobres seres humanos, en un tortuoso camino de negación. Tal y como hacemos con los vampiros, negamos al Diablo para no tener que invitarlo a entrar en nuestra casa. Creemos, como los niños pequeños, que cerrando los ojos y tapándonos con las sábanas, en este mundo cortoplacista y miope que nos hemos construido a imagen y semejanza de nuestros miedos, desaparecerá lo que todos llevamos dentro. Rechazamos nuestros deseos y nuestras acciones creyendo que son de alguien más, que nos los pone en la mente alguien malévolo que nos obliga a hacer lo que no queremos. Pero, aunque Alguien nos tiente, no debemos perder de vista que somos nosotros los que, al fin y al cabo, caemos en la tentación. En la tentación de viajar con dineros públicos, por ejemplo, poniendo excusas pendejas para ello.

A Lucifer, a lo largo del tiempo, lo han ido cargando con todo aquello que provocaba repulsión y miedo, de ser el Ángel más hermoso a la derecha de Dios, (‘Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabada belleza en el Edén' Ez. 28, 12) pasó a tener las patas de cabra y la lujuria de Pan, los cuernos de Cernunnos, y la capacidad de engaño del Loki germano. El dios lejano, que no ríe ni una sola vez en todas las páginas del Antiguo Testamento, se contrapone al que retoza entre nosotros y se divierte con nosotros. El dios que nos deja solos para que tomemos nuestras decisiones y seamos castigados por ellas, se opone al que se condena para ofrecernos la capacidad de distinguir entre el Bien y el Mal.

El Diablo es hermoso o temible en tanto en cuanto odiemos o admiremos nuestra propia capacidad ética. La libertad, el honor, el conocimiento del bien y el mal no nos arrojaron del Paraíso, eso fue lo que nos hizo humanos, con nuestras miserias y nuestra capacidad maravillosa de sorprendernos a nosotros mismos, alcanzando las más altas cotas de entrega al bien común, y abriendo ante nosotros las simas más profundas de egoísmo. Cualquiera de estos sentimientos y deseos son humanos, están dentro de nosotros, no son externamente imbuidos en nosotros.

Negamos nuestra responsabilidad con la misma cabezonería con la que aborrecemos la maldad del Diablo, hecho a nuestra imagen y semejanza; ese Ángel Obscuro cambia de imagen y de parecer con cada siglo y con cada nuevo conocimiento y sentir humano, adaptándose ‘plastimórficamente' a la relatividad del deseo y del miedo en cada época.

Pero la libertad de elegir y de decidir es nuestra, ahora y siempre. La sensación de haber hecho algo mal es suya, estimada señora de Varela. No es al Diablo al que no le agradan sus viajes, es su conciencia, retorciéndose, la que la reconcome.

Ahora bien, si usted afirma que es cierto que el Diablo le habló y le dijo que no le gustaba su última parranda religiosa en Cuba, le recomiendo que vaya a que le revise la cabeza un psiquiatra o un exorcista. O ambos.

COLUMNISTA