Integrantes de cuerpos de emergencia buscan víctimas este miércoles, luego de dos fuertes terremotos sacudieron el Caribe venezolano en Caracas (Venezuela)....
‘Apretaba la garganta para no llorar’: los médicos que sostienen a Venezuela tras el terremoto
- 26/06/2026 22:45
Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.
Agrega La Estrella en Google ↗️Nota: Los nombres de los médicos entrevistados fueron modificados a petición de las fuentes, quienes aceptaron relatar su experiencia bajo condición de preservar su identidad.
La aguja atravesó la piel por última vez y el hilo cerró la herida. Frente al médico, una mujer seguía llorando. No por el corte que acababan de suturarle en el rostro. Lloraba porque, minutos antes, había contado que el edificio donde vivía se desplomó con casi todos adentro. Ella, su familia y otras dos familias sobrevivieron. Todo lo demás quedó bajo los escombros.
El doctor Andrés respiró hondo. Bajó la mirada apenas unos segundos. Tenía que seguir trabajando. En medio de un hospital desbordado en La Guaira, no había demasiado espacio para quebrarse. Había heridas abiertas, rostros cortados, extremidades fracturadas, niños quemados, pacientes acostados sobre colchones y puertas de madera convertidas en camillas.
“Estaba suturando a una señora y ellos, entre lágrimas, nos contaban que gracias a Dios estaban vivos, pero que lo habían perdido todo”, recuerda. “Yo estaba apretando la garganta para no llorar”.
El terremoto que sacudió a Venezuela el miércoles 24 de junio dejó una estela de muerte, destrucción y desesperación. Las autoridades elevaron a 920 la cifra de fallecidos y reportaron miles de heridos, mientras La Guaira, el estado más golpeado por los sismos, fue declarado zona de desastre. En Catia La Mar, cientos de familias duermen en la calle, sobre colchones, sábanas, sillas o campamentos improvisados, a la espera de refugio, ayuda y respuestas.
Pero dentro de los hospitales, la tragedia tiene otro sonido: el de las ambulancias entrando sin pausa, el de los familiares preguntando por desaparecidos, el de los médicos pidiendo gasas, suturas, agua, camillas, espacio. El de quienes intentan salvar vidas mientras también están viendo derrumbarse su propio país.
Andrés vive en Caracas, en El Hatillo. El día del terremoto sintió el movimiento durante unos 45 segundos. “Fue más largo de lo normal. Estaba temblando, estaba temblando y la cosa no paraba”, relata. En su casa se rompieron portarretratos, platos y algunos libros cayeron al piso. Luego se fue la luz. Después, el internet. Después, la señal.
Durante unos minutos, lo que había ocurrido parecía apenas un sismo fuerte. Llamó a su novia. Llamó a su familia. Todos estaban bien. Como muchos venezolanos, salió a la calle, lejos de los edificios, siguiendo el protocolo aprendido a fuerza de miedo.
La dimensión real de la tragedia llegó cuando volvió la señal.
Entonces vio las imágenes de La Guaira.
“Ahí fue cuando entendí lo devastador que había sido”, dice.
Al día siguiente fue a su hospital, un centro pequeño en Caracas donde, según cuenta, la emergencia se manejó con cierto orden. Pero pronto supo que en otros hospitales más grandes, como el Domingo Luciani y el Pérez Carreño, la situación era otra: emergencias desbordadas, pacientes esperando afuera, médicos sin capacidad para atender la magnitud del desastre.
Luego bajó a La Guaira en una ambulancia junto a su jefe. Antes de partir, pasaron por un centro de acopio. Cargaron agua potable, medicinas e insumos. La carretera Caracas-La Guaira estaba llena de personas haciendo el mismo recorrido: carros particulares, mototaxistas, voluntarios, vecinos bajando ayuda como podían.
“Había muchísima gente prestando colaboración”, recuerda. “No solo eran ambulancias trasladando heridos. Eran carros particulares, motos, personas cargando pacientes en brazos”.
Cuando llegó al hospital de La Guaira, la realidad cambió por completo.
“Ahí sí viví momentos superrudos”, dice.
Había pacientes en colchones. Camillas improvisadas con puertas. Heridos en pasillos. Personas con laceraciones en el rostro, heridas en el tórax, lesiones en brazos y piernas. Andrés es cirujano maxilofacial. Su trabajo era revisar fracturas en cara, mandíbula, maxilar, pómulos, y suturar heridas abiertas. Pero en una emergencia de esa magnitud, las especialidades se vuelven secundarias.
“Nosotros no somos médicos de emergencia. Pero en ese momento debíamos ayudar todos como podíamos. Porque en algo aportamos”.
Entre los pacientes que más lo marcaron recuerda a un niño de seis años con una pierna amputada. Ya estaba tratado. Ya estaba estable. También a otro niño, de unos diez años, con quemaduras de tercer grado en casi todo el cuerpo.
Lo cuenta con cuidado, como quien todavía intenta ordenar imágenes que no deberían pertenecerle a nadie.
Afuera, la ciudadanía hacía lo que podía. Adentro, los médicos hacían lo imposible.
La queja se repetía en las calles y en los testimonios de los afectados: la ayuda oficial no llegaba con la rapidez ni la fuerza que exigía la emergencia. Familias enteras aseguraban estar solas, esperando a las autoridades, mientras los vecinos removían escombros con picos, palas y sus propias manos. En sectores de La Guaira, la falta de maquinaria y equipos especializados convertía cada rescate en una carrera desigual contra el tiempo.
Andrés no lo dice como consigna política. Lo dice desde la frustración de quien vio demasiados cuerpos llegar tarde.
“Cuando pasa algo así es que verdaderamente nos damos cuenta de la precariedad que tenemos”, afirma. “El personal médico de Venezuela está preparado, pero las instalaciones hospitalarias normalmente no están en condiciones óptimas. Mucho menos para albergar una tragedia de estas dimensiones”.
En otro punto de La Guaira, el doctor Gabriel llevaba días coordinando traslados desde el Hospital Periférico de Pariata hacia centros de Caracas. También es cirujano maxilofacial. También bajó desde la capital para ayudar. Desde el día del suceso, se dedicó a organizar ambulancias, estabilizar pacientes y decidir quién debía ser trasladado con urgencia.
El hospital, cuenta, también había sufrido daños. Las paredes se abrieron. La zona de quirófanos quedó comprometida. Terapia intensiva también presentaba afectaciones. Aun así, allí se daban los primeros auxilios, se estabilizaba a los pacientes y se los enviaba a hospitales con mayor capacidad.
“Llegaban muchos pacientes mutilados, niños, adultos, fallecidos, personas ya sin signos vitales”, relata. “Muchos politraumatizados, problemas respiratorios o amputaciones”.
Al principio, los insumos no alcanzaban. No porque no hubiera voluntad de atender, sino porque ninguna reserva parecía suficiente ante la cantidad de heridos que llegaban. Con el paso de las horas, la ayuda comenzó a organizarse mejor. Llegó comida, agua, suministros. Pero el problema era más profundo: no había capacidad física para atender adecuadamente a tanta gente en un hospital también golpeado por el terremoto.
“Los pacientes que están llegando ahora son distintos”, explica Gabriel. “Ya llegan fallecidos o con complejidades muy grandes. Enseguida hay que trasladarlos”.
Cuando se le pregunta cómo se vive algo así desde adentro, hace silencio.
Primero intenta explicarlo desde la razón. Dice que es una situación insólita. Que ya había visto tragedias, que recordaba lo ocurrido en Vargas en 1999, pero que esto lo superaba por el tipo de pacientes, por la cantidad de niños, por la complejidad de las heridas, por la sensación de estar dentro de algo dantesco.
Luego habla de Dios.
Dice que es católico, aunque no practicante. Que no suele hablar demasiado de su fe. Pero que, después de ver niños mutilados, cuerpos sin vida y familias enteras destruidas, dudó.
“Uno como católico duda”, alcanza a decir.
Después se queda callado.
Al otro lado del teléfono parece que la señal se ha perdido, como ocurre tantas veces en La Guaira desde el terremoto. Pero no es la señal.
Está llorando.
Durante varios segundos no puede continuar.
Cuando vuelve a hablar, no menciona una cirugía ni una ambulancia ni una cifra. Menciona a una mujer de 90 años.
La señora llegó al hospital con unas arepas. Había preparado veinte. No tenía mucho más que ofrecer. Vivía en una zona humilde, también golpeada por la emergencia. Pero quiso ayudar a quienes estaban ayudando.
Se acercó a Gabriel, le dio una arepa y le dijo: “Hijo, quédate tranquilo”.
Eso fue lo que lo quebró.
En medio de un país herido, una anciana sin casi nada le estaba dando de comer a un médico que llevaba días intentando sostener a otros.
La escena resume algo que las cifras no alcanzan a contar. La tragedia venezolana no solo se mide en muertos, heridos, edificios colapsados o personas desaparecidas. También se mide en quienes tienen que actuar antes de sentir. En quienes deben decidir qué paciente sube primero a una ambulancia. En quienes suturan rostros mientras escuchan historias de familias sepultadas. En quienes ven llegar niños mutilados y aun así deben seguir de pie.
Mientras la emergencia crece, la ayuda internacional comienza a movilizarse. Panamá envió un equipo de 61 rescatistas y cuatro perros especializados en búsqueda y rescate urbano, además de asistencia humanitaria. Estados Unidos desplegó un avión militar C-17 con personal y equipos de búsqueda y rescate para apoyar las operaciones entre los escombros. Otros países también han comenzado a coordinar asistencia.
Pero en La Guaira, la urgencia todavía se mide minuto a minuto.
Afuera, cientos de personas siguen durmiendo a la intemperie. Algunos esperan noticias de sus familiares. Otros ya saben que no podrán volver a sus casas. Muchos insisten en que la respuesta institucional ha sido insuficiente y que, durante las primeras horas, fueron los vecinos, los voluntarios, los médicos, los motorizados, los taxistas y las comunidades quienes sostuvieron buena parte de la emergencia.
Adentro, los hospitales continúan recibiendo pacientes.
Las camillas no alcanzan. Los pasillos se convierten en salas. Las ambulancias suben y bajan entre La Guaira y Caracas. Los médicos siguen suturando, estabilizando, trasladando, decidiendo, consolando.
Andrés todavía recuerda a la familia que sobrevivió al derrumbe de su edificio. Gabriel todavía recuerda a la anciana de las veinte arepas.
Ambos hablan desde el cansancio, pero también desde una forma de orgullo difícil de nombrar: la de ver a un país roto ayudándose con lo poco que tiene.
En las tragedias, suele decirse que los médicos salvan vidas. Pero pocas veces se cuenta lo que esas vidas les dejan por dentro.
Esta vez, mientras Venezuela sigue contando muertos, buscando desaparecidos y removiendo escombros, sus profesionales de salud también cargan una parte invisible del desastre.
No aparecen en todas las fotos. No siempre tienen nombre. Algunos prefieren callarlo por miedo o prudencia. Pero están allí, en la primera línea, haciendo lo único que pueden hacer cuando todo se cae alrededor: seguir.
Seguir aunque no haya camillas.
Seguir aunque el hospital también esté herido.
Seguir aunque tengan que apretar la garganta para no llorar.
Seguir aunque una arepa, entregada por una mujer de 90 años, les recuerde de golpe que ellos también son humanos.
Seguir, porque mientras haya alguien respirando bajo los escombros, todavía no pueden permitirse romperse.